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Por Katu Arkonada

21F: un balance

Bolivia | 27 de febrero de 2017

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Toda constitución es fruto de la correlación de fuerzas de un momento histórico determinado. No solo eso, si no que toda constitución es flexible e interpretable. Si no fuese así, la Constitución de los Estados Unidos no se hubiese mantenido vigente durante 230 años.

Es por eso que el debate sobre el respeto a la Constitución Política del Estado es un debate falso al que nos quieren llevar los que nunca creyeron en la misma, los que despreciaron la Asamblea Constituyente y el núcleo duro del proceso de cambio que impulsó esa Asamblea, el movimiento indígena originario campesino.

21F

Lo que sucedió el 21 de febrero de 2016 fue la consolidación de una forma de hacer política muy propia precisamente de la política estadounidense, la deslegitimación del líder mediante una operación que incluye la construcción de una mentira que es amplificada por medios masivos con gran impacto en la ciudadanía.

Las aristas oscuras de la trama ya se han esclarecido. Gracias a los mecanismos e instituciones del Estado de Derecho sabemos que no hubo hijo (una jueza dictaminó su inexistencia) y que no hubo tráfico de influencias (una comisión de investigación de la Asamblea Legislativa Plurinacional así lo determinó, y ni siquiera el informe en minoría de la oposición muestra ningún indicio).

Lo que sucedió el 21 de febrero de 2017 es una disputa política y simbólica, un campo de batalla en dos terrenos diferentes, las calles y las redes sociales. Y así como la disputa por el relato se salda a favor del oficialismo durante los meses posteriores al 21F, pero solo una vez que el Caso Zapata cumplió su objetivo de impulsar la victoria del No en el referéndum, esta vez el campo de disputa que son las calles y las redes, se ha saldado con una derrota de la oposición.

Hay que reconocer que la movilización opositora en La Paz fue importante. Pero fue la única imagen en todo el país que se puede contraponer a las movilizaciones convocadas por las organizaciones sociales. Bolivia es mucho más que las “clases medias ilustradas” paceñas. De hecho, Bolivia es mucho más que el eje central que sale en todas las encuestas.

En el campo de lucha que son las redes sociales, esta vez el oficialismo tomó la delantera y logró posicionar una idea, la de la mentira que convierte en ilegítima una victoria en las urnas, frente a una oposición con un mensaje disperso y fragmentado. Bolivia dijo No es un mensaje del pasado que no le sirve a la oposición para proyectarse al futuro. No hay proyecto en ese mensaje, no hay ideas para interpelar a la población boliviana con ese slogan.

Debates pendientes

Entre los debates pendientes para cerrar el 21F y comenzar la etapa 2017-2019 el más importante es el de la ética periodística. Todavía no se ha hecho desde los medios una autocrítica de porqué se sumaron a una campaña de mentiras y desprestigio contra el Presidente. Salvo que su objetivo fuese político, y no periodístico, y algunos medios privados busquen convertirse en los verdaderos partidos de oposición ante el descrédito de la oposición política de este país.

El otro debate es el de los límites. ¿Cuáles son los límites para hacer oposición? ¿Vale todo para golpear a un gobierno aunque las consecuencias sean desenterrar un clasismo y racismo que también se manifiesta en nuestras calles en las marchas opositoras?

Todo ello nos conduce a mirar la etapa política que se viene. Los sectores que apoyan el gobierno ya han definido que Evo Morales será su candidato, y que se habilitarán las vías que sean necesarias para una nueva postulación del Presidente, vías siempre democráticas y constitucionales. Enfrente, una oposición fragmentada y dispersa, a la que si bien el “No” le permitió unirse detrás de una sola opción en las urnas, parece poco probable que puedan dejar a un lado sus egos e intereses particulares y conformar una única candidatura que enfrente a Evo Morales en 2019.

Finalmente, y más importante aún que esas famosas clases medias urbanas, la juventud como escenario de disputa política. Una juventud, como en cualquier sociedad, inconforme; una juventud que no tiene memoria histórica de la época neoliberal; una juventud que no valora de la misma manera que otros sectores los logros de gestión; una juventud que busca canalizar su deseo de vivir mejor, no siempre en sintonía con vivir bien; una juventud que debe ser objetivo de una nueva etapa de seducción política, y que debe saber que lo mejor está por venir.

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