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Por Alexandra Cepeda

A 100 años: 27 de febrero de 1917

Internacional | 27 de febrero de 2017

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Los terratenientes imponían en el campo el despojo y la explotación; en las ciudades, hacían su parte las grandes industrias. La guerra contra Alemania sacrificaba pobres y recursos por los intereses de las grandes potencias. El régimen monárquico, despiadado, agonizante, se mantenía desconectado de la realidad. La burguesía, siempre oportunista, crecía gracias al apoyo de los capitales extranjeros. El pueblo, harto de vivir en las peores condiciones políticas y económicas, se encontraba en profunda politización, originada en la insurrección de 1905, que creó el primer consejo popular (soviet) y fue brutalmente reprimida. Con el tiempo y las experiencias, fue atando los cabos… en febrero de 1917, estalló en la capital (Petrógrado).

“La idea de la acción había madurado ya en las mentes del pueblo desde hacía tiempo, aunque en aquel momento nadie suponía el giro que había de tomar” aseguró un líder obrero. La falta de pan, los costos y sacrificios de la guerra, la explotación laboral, la represión política, la pobreza estructural, entre otras, fueron llevando a los obreros, campesinos y soldados a identificar en el poder establecido, la causa de todos sus problemas. El momento crítico se dio el 23 de febrero (viejo calendario ruso), durante la celebración del Día Internacional de la Mujer, cuando una serie de asambleas y manifestaciones alcanzaron un fuerte tono político y económico, que logró la adhesión de diferentes barrios y fábricas de la ciudad. Esta iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del pueblo: las obreras del ramo textil, entre las cuales había no pocas mujeres casadas con soldados que se encontraban en el frente, perdiendo la guerra por la ineptitud del régimen.

El movimiento ‘espontáneo’ se volvió huelga, la cual se generalizó el día 24, con movilizaciones que exigían pan, el fin de la guerra y de la monarquía. Cerca de la mitad de los obreros industriales de la capital participaron de la misma. Los soldados, enviados a reprimir, mostraron por primera vez neutralidad; las y los trabajadores se habían encargado de hacerlos cuestionarse a quién debían apuntar sus fusiles.

El día 25, se sumaron a la huelga un número considerable de pequeñas empresas, pararon los transportes, cerraron los comercios, se adhirieron los estudiantes universitarios. En las calles, se dieron los primeros choques armados con la policía, órgano represivo por excelencia del Estado.

Durante toda la jornada del 26, el régimen lanzó al ejército a las calles, el cual se encontraba en seria crisis política y moral. Por esto, se produjeron motines en los diferentes regimientos de la guarnición de la capital. “¡Disparen sobre el enemigo!, ordenaba la monarquía. ¡No dispares contra tus hermanos y hermanas!, gritaban los obreros y las obreras. Y no sólo esto, sino: ¡Únete a nosotros! En las calles y en las plazas, en los puentes y en las puertas de los cuarteles, se desarrollaba una pugna ininterrumpida, a veces dramática y a veces imperceptible, pero siempre desesperada, en torno al alma del soldado”. 40 personas murieron ese día.

Las asambleas en los barrios, fábricas y regimientos, balancearon el desarrollo de los acontecimientos y resolvieron que la lucha debía seguir. A esta altura, esto significaba avanzar en la toma del poder. El día 27, desde la mañana, se fueron sublevando, uno tras otro, los batallones. ¿El plan de acción? Apoderarse de las comisarías de policía y desarmar a todo el cuerpo; liberar a los presos políticos de las cárceles; destruir los destacamentos gubernamentales de la ciudad, unirse a los soldados que no se han sublevado aún y a los trabajadores de los demás barrios. Se enfrentaban de manera definitiva el pasado y el futuro. La insurrección obrera y la sublevación de los soldados, unidas, se dirigieron al palacio de gobierno. El zar, sin fuerzas militares con las cuales controlar la situación, renunció. La bandera roja ondea sobre el Palacio de Invierno.

Aquellos políticos oportunistas, relacionados por su pasado con la democracia, aunque no fuera más que por equívoco, y que habían visto la insurrección desde sus ventanas, se apresuraron después de la victoria a recordar su existencia, o, respondiendo al llamamiento directo de los demás, se pusieron “al servicio de la revolución”. Eran en buena parte diputados de la asamblea zarista, quienes ahora de rojo, asumieron los cargos directivos. Estos seudodemócratas consideraban como cosa natural que el poder pasara a manos de la burguesía. La entrega del poder a esta no sólo no dio estabilidad al Estado, sino que, lejos de eso, se convirtió desde ese mismo día en la raíz y fuente de la ausencia de poder; en la causa mayor de los caos, de la exasperación del pueblo, del desmoronamiento del frente y, luego, de una guerra civil extrema y desesperada.

A partir de marzo, vendrá la disputa por la participación política y el poder del pueblo, organizado desde el 27 de febrero, en los consejos de obreros, campesinos y soldados.

Principal fuente: Historia de la Revolución Rusa, de León Trotsky


Fuente: Prensa Alternativa

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