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Yldefonso Finol

Amores y letras del maestro Uriana

Venezuela | 25 de septiembre de 2020

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Una generación de jóvenes del pueblo wayúu tuvo por vocación la docencia. El oficio de enseñar -ese tan urgente en sociedades que requieren formarse para ver la luz y zafarse las cadenas- atrajo a pioneros que corrieron desde las arenas asoleadas a las aulas escolares donde por su bizarro empeño, fueron ellos la escuela.

El anhelo de saber, las ansias de atrapar el conocimiento de otros mundos –ya que el propio lo aprenden en el hogar con sus madres y ancianos- lanzó a muchachos (jimai’irrua) como José Antonio Uriana y su hermano Roberto al viaje hacia las urbes donde la educación oficial les planteaba el reto de apropiarse de saberes de la cultura dominante sin renunciar a unos orígenes que, en el caso wayúu, se aferran a la existencia con la perseverancia de los viejos cujíes y cardones que siguen erguidos en medio de la sequía y el olvido.

Pero el maestro Uriana, al igual que su paisano y amigo Ramón Paz Ipuana, también sucumbiría ante el sortilegio de Erato: musa griega de la poesía. Estos hombres vivieron maravillados por las letras, por el idioma; primero por el suyo propio que bebieron en el seno materno, con el cual simbolizaban todo lo que existe en el mundo material e inmaterial (incluido el de los sueños y el de la muerte), así como sentir las emociones que cada vivencia despertaba en sus entrañas y almas; en segundo lugar, la lengua oficial heredada del proceso colonial, el castellano, lo asumieron como vía de expresión hacia la sociedad criolla mayoritaria, con sapiencia y practicidad, con elegancia y adaptabilidad.

El poeta José Antonio Uriana es un wayúu destacado en el ambiente cultural maracaibero de su tiempo. Entabla amistad con los bardos de moda, participa de los grupos literarios locales, pero no abandona sus encuentros con la figura emblemática de la incursión wayúu sobre Maracaibo: el “Chino Julio”.

Su obra se debate entre la influencia en las letras zulianas de autores como José Ramón Yépez y Udón Pérez, ambos interesados en los temas “indianos” para recrear tragedias y épicas de tono greco-romano, y la oralidad terrígena con que la sociedad matrilineal le mostró una cosmogonía absolutamente diferente del culto eurocéntrico predominante. Entonces, José Antonio Uriana, como precursor de la literatura escrita desde el diverso mundo sentipensante indígena, se abre paso con un verbo original que encierra el combate doloroso por legitimar la ancestralidad frente a la comunidad nacional hispanohablante; esa construcción poética nace en el flujo existencial germinado desde la oralidad wayúu’naiki, siendo luego transportada al colectivo mayoritario en la palabra escrita con el idioma oficial.

Uriana es por esto el primer poeta indígena bilingüe del país; grande deuda se tiene aún con esas creaciones raigales marginadas por la burocracia cultural de la república, el estado y los municipios, que no se interesaron en publicarlas, difundirlas, estudiarlas y valorarlas. Es parte del racismo subyacente, tan trajeado de ignorancias ofensivas y arrogantes, que aún la fraseología rimbombante de empoderados indigenistas, no resarce, todo lo contrario, exacerba la evidencia de su fracaso.

Sólo circunstancias tan repugnantes impidieron que la obra literaria de aquellos sabios y vates, no fuese motivación suficiente para haber creado instituciones serias y estables para la preservación, estudio y fomento de los idiomas originarios de la región. Este Cronista testimonia con absoluta veracidad cómo se bloqueó en 1997-1998 la Ley de Pueblos Indígenas del Zulia que propuse como diputado de la extinta Asamblea Legislativa y se ninguneó la creación del Instituto de Lenguas Indígenas promovido en mis artículos desde finales del siglo pasado y comienzos del presente. Las gloriosas reivindicaciones plasmadas en la CRBV y sucesivas leyes en materia indígena, no se han logrado concretar en gran parte por esa falta de voluntad política e inconsistencia científica que padecen determinados liderazgos burocratizados.

Honrar la vida y obra del maestro José Antonio Uriana, y con él, a todas las generaciones de poetas y docentes wayúu, no puede hacerse sino desde la inconformidad y rebeldía planteada en sus versos que reafirman con orgullo la condición india, el apego vital a la “madre telúrica”, la veneración por el ancestro común, el respeto por la otredad, aún aquella que pretende negarte; reencontrarse con el mito y la épica, invocar a Mara como legendario referente combativo, al Mohán como nombradía misteriosa que emana de las lagunas, y a Nigale como héroe de una lucha que no ha cesado, que el mismo Uriana está librando en cada gajo de derechos que logra arrancarle al sistema negador de nuestras nacionalidades. Estas presencias en los textos y en la cotidianidad del maestro José Antonio, testifican su cercanía afectiva hacia el pueblo añú, siempre presente en su quehacer poético.

Hombre de familia, esposo y padre amoroso, cosechó junto a Matilde Pocaterra -su compañera de vida- un ramillete de críos, en quienes sembró el amor por el estudio y el trabajo, como era lógico de su honorable proceder. También al nombrarles vertió la impronta filosófica de sus impulsos más sensibles: Atala, Maruma, José Antonio, Bolívar, Zulia, Camilo, Waldo, y los nietos José Martí, Nigale, Sucre, Huascar, Urimare, entre otros; la literatura admirada, la revitalización de lo ancestral, la convicción patriótica, las inquietudes políticas, todas las substancias fundadoras se fusionaron en la alquimia particular de un joven enérgico y tierno que no evadió el compromiso con una nueva humanidad pacífica y solidaria.

Los estragos de las guerras, las coerciones antidemocráticas, las carencias impuestas a los humildes, son realidades que Uriana confronta desde una lírica por ratos adepta de las beldades del lenguaje, pero que no duda en estallar en un grito libertario, allí donde la épica reclama las entregas heroicas.

Sueño con una tertulia donde José Antonio Uriana, junto a otros sabios wayúu como Ramón Paz Ipuana y Miguel Ángel Jusayú, entre jayeshi y shirrú’una, nos deleiten con sus inmarcesibles lumbres en la noche de Tou’main.

Cronista de Maracaibo

Vaya mi sentido homenaje a la familia Uriana Pocaterra, especialmente a mi entrañable amiga Atala, heredera de la poesía wayúu, en esta hora triste de despedir a su hermanita Maruma. Un abrazo solidario


Yldefonso Finol/Alba TV

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