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Por: Cristian Ariel Peña

Ayotzinapa: buscando un símbolo de paz

México | 16 de diciembre de 2014

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Analicemos el cuadro. La acción transcurrió en la gala-homenaje del Premio Nobel de la Paz desarrollada en el ayuntamiento de Oslo. Adán Cortés Salas, bandera mexicana en mano, es reducido por un custodio y arrastrado fuera de escena. Malala Yousafzai, con risa nerviosa en el rostro, sostiene sus galardones pero no consigue abstraerse del estudiante y sus palabras: “No te olvides de México”. En el fondo, Thorbjorn Jagland presidente del Comité Noruego del Nobel, aplaude e intenta superar el imprevisto. Su ira contra los garantes de la seguridad del evento se conocerá más tarde.

¿Quién invitó al mexicano?

“Lo volvería a hacer”, dijo Cortés Salas ante las cámaras del canal local TV2 la noche del jueves, en alusión a su irrupción en la ceremonia del Nobel y el pedido de justicia y atención mundial a la situación en México. El estudiante de la Facultad de Ciencias Políticas de UNAM, se refirió a los 43 estudiantes normalistas desaparecidos de Ayotzinapa y dejó entrever que dicho siniestro constituye solo una muestra de la connivencia entre terrorismo estatal y violencia parapolicial que aqueja al pueblo mexicano.

Cortés Salas permaneció desde el miércoles en una cárcel especial para inmigrantes a pesar de que un desconocido pagó la multa de 2.000 dólares que le impusieron por “alteración del orden público”.

El jueves 11 solicitó al gobierno noruego el “asilo político” tras asegurar que, en caso de regresar a México, su vida correría peligro. Las autoridades consideraron su presunción de “exagerada”, le prohibieron su estadía en territorio noruego (extensivo a todos los países del Schengen) y dispusieron su deportación a tierras aztecas para el lunes 15 de diciembre. Organizaciones sociales expresaron su disconformidad y se registraron movilizaciones frente al Parlamento y la embajada mexicana.

El trasfondo de la decisión noruega no resulta difícil de desenmarañar. Conceder el asilo político a Cortés Salas, significaría reconocer la situación de zozobra que vive el pueblo mexicano y las responsabilidades del Estado local en dicho escenario. En 2014 México inauguró su embajada en Oslo y la relación diplomática entre ambos países resulta armoniosa.

En materia geopolítica, México es, en el contexto latinoamericano, un aliado incondicional de EEUU quien, a su vez, constituye el socio fundamental del gobierno noruego en la OTAN y en el rumbo de su política exterior. Además, ambos tres, comparten el Consejo Europeo, entidad autoproclamada como el reservorio moral y ético de la mayoría de los estados que conforman la UE; y de la que México y EEUU participan como observadores.

De cómo debe ser un Nobel

Malala Yousafzai dijo “no haber tenido miedo cuando se acercó Adan Cortés Salas y realizó su petición”. Luego, con reflejos diplomáticos, aseguró estar en contra de toda forma de violencia y que el “terror” y el “miedo” pueden encontrarse en muchos países además de México. La joven paquistaní tiene el honor de ser la ganadora más joven del Premio Nobel de La Paz, galardón que se suma a una larga lista de reconocimientos que le han concedido, sobretodo, en Inglaterra y EEUU.

La ficha oficial de Malala (como cariñosamente la llama la prensa occidental) la destaca como activista en favor de los derechos civiles, especialmente de los derechos de las mujeres, que a partir de 2003 y por la creciente influencia talibán en la región, se vieron imposibilitadas de asistir a la escuela. Además, en 2012, Malala sufrió un ataque a manos del extremismo religioso que la tuvo al borde de la muerte y que determinó su traslado y posterior radicación en Londres.

Hasta aquí el relato que efectivamente ha construido occidente sobre la mártir pakistaní y que el Nobel de la Paz rubrica con prestancia solemne. Es innegable la capacidad de las usinas discursivas occidentales para ejercer la memoria fragmentaria sobre hechos y procesos. Como así también resulta innegable la violación de los derechos de las mujeres en importantes regiones de Afganistán y Pakistán a manos del avance del extremismo religioso.

Sin embargo, lo que también es elocuente y oculta el discurso occidental, es que el fortalecimiento de las organizaciones talibanes regionales se produjo a partir del 2003 y de la ofensiva militar encabezada por EEUU; que los bombardeos con aviones no tripulados estadounidenses son responsables del asesinato de miles de mujeres pakistaníes y afganas; que la raíz del problema incluye a los gobiernos locales aliados a Occidente como por ejemplo el de Pakistán que invierte solo el 2 por ciento de su PBI en educación.

Puestas las cosas en su lugar, sobretodo la desmemoria, es comprensible que uno de los fervientes seguidores de Malala sea Gordon Brown, ex primer ministro británico que votó a favor de invasión a Irak y Afganistán, financió la guerra de baja intensidad entre las tribus de la región pakistaní y apoyó los crímenes de lesa humanidad cometidos por EEUU y la OTAN desde 2003. O que también otra de sus seguidoras sea la Reina de Inglaterra, cuya corona jugó un rol fundamental en 1947 para la conformación de Afganistán y Pakistán como dos estados separados y hasta enemistados, a pesar sus empatías económicas, históricas y culturales.

El hombre detrás del premio

Thorbjørn Jagland es el secretario general del ya citado Consejo Europeo y, desde 2009, preside el Comité Noruego del Nobel de La Paz. Su trabajo con el mentado premio, en tiempos de anhelos de un mundo multipolar y nuevas embestidas imperialistas, consiste en reforzar desde una dimensión simbólica el curso de la política exterior de EEUU y sus aliados.

Después de ser distinguido en 2009, Barak Obama lanzó la ofensiva militar sobre Libia que culminó con el derrocamiento y asesinato de Muamar Gadafi. En 2010 y en sintonía con la preocupación por la creciente influencia mundial del “Gigante Asiático”, le tocó el turno a un opositor del gobierno chino. En 2012, en plena crisis económica e implantación de planes de ajuste en los países europeos periféricos, la premiada fue la Unión Europea (UE). En 2013, ante la inminente intervención militar en Siria e Irán so pretexto de la existencia de armas químicas, fue galardonada una organización de los Países Bajos en lucha contra la tecnología nuclear aplicada a la guerra.

“Cuando no somos capaces de detener a una tiranía, la guerra comienza. Es por ello que la OTAN es indispensable. Es una organización que las Naciones Unidas pueden usar, cuando es necesario, para detener a una tiranía, como hicimos en los Balcanes”, dijo sin miramientos Jagland en 2009, el mismo año que asumió como presidente del Comité por el Nobel de la Paz.

Su carrera política incluye cargos como primer ministro de Noruega en 1996-1997, ministro de Asuntos Exteriores en 2000-2001 y presidente del Parlamento entre 2000-2005. Entre sus laureles como pacifista se puede contar su apoyo a los grupos rebeldes de la ex-Yugoslavia que culminaron con la Guerra de los Balcanes, la intervención de la OTAN y la incorporación de la región a la Eurozona en detrimento de la influencia rusa. Una vez finalizada la guerra, Jagland fue el primer invitado a los festejos suscitados en Belgrado.

En 2004, y pese a las masivas movilizaciones del pueblo noruego, impulsó desde el Parlamento la participación del país en el “Grupo de los Dispuestos” y el envío de militares a las invasiones en Irak y Afganistán. Tiempo después, cuando congresistas republicanos estadounidense enviaron a sus pares noruegos una carta de agradecimiento, resultó uno sus principales destinatarios.

Se busca comité para la paz

Tal vez sea necesario poner a Jangland en contexto. El Comité Noruego por el Nobel de la Paz está integrado por referentes del establishment partidario. Elegidos por el Parlamento, en él conviven experimentados políticos del Partido Laborista, Partido del Progreso y Partido de Derecha. No obstante, las decisiones del Comité guardan una coherencia inexpugnable con la política exterior noruega, alineada desde hace décadas a las decisiones de EEUU. A pesar de la resistencia de amplios sectores de la sociedad, dicha partidocracia ha avanzado en la implementación de una silenciosa pero efectiva política belicista.

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