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Por Alejandro Ochoa

La inevitabilidad en la política: La razón de la utopía

América Latina y Caribe | 23 de agosto de 2016

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La inevitabilidad en la política: La razón de la utopía

"La utopía es el horizonte

para guiar los sueños de la solidaridad"

(Libro de las revelaciones posmodernas)

Nada parecía augurar que en cuestión de meses, la situación del discurso político en Venezuela se viera sometido a la tensión del choque de aspiraciones civilizatorias tan contradictorias como las que estamos viviendo en estos días. Con una velocidad que deja atónitos a propios y extraños, el primer gobierno de la era post-Chávez acomete con un empeño digno de más nobles empresas, al desmantelamiento ambiental y cultural de un espacio nada despreciable del 12% del territorio nacional sin que sea posible apelar a las formas de decisión contempladas en la Constitución de 1999: el referendo consultivo cuando se trata de asuntos transcendentales para la nación.

¿Se trata de una traición a los ideales políticos de Chávez? ¿Se está construyendo finalmente un asalto que luce casi definitivo a lo que ha sido uno de los espacios físicos más elusivos del planeta tierra: La amazonía? O, ¿Se trata acaso del último salvavidas para una sociedad que no ha salido de su borrachera rentística y ahora hinca sus dientes hambrientos y feroces sobre El Dorado? ¿Será la inevitable inserción en un mundo globalizado que impone sobre cualquier ideología y proyecto histórico, las limitaciones y ambiciones del proyecto Occidente? ¿Se trata de un amargo "eterno retorno"?

Se trata de todo esto, pero hay razones mucho más profundas que las simples acciones de gobierno entendidas como la "disposición de las cosas de acuerdo con su naturaleza". Se trata de lo inevitable de un modelo de civilización global. Puestas así las cosas, entonces debemos enfilar nuestras críticas y miradas a espacios menos definidos por la racionalidad política del éxito o del fracaso. Intentemos, a contramarcha de la urgencia, pensar sobre si es posible que el ejercicio político contemporáneo pudiera arrojar un resultado distinto a este que nos deja a las puertas de un desierto en lo ambiental, en lo moral, en lo ético y lo político.

La devastación ambiental está aún por verse pero no hay razones para pensar que sea distinto a lo que hemos visto en el resto del mundo. Se argumenta que se trata de poner orden en un espacio territorial que ha sido elusivo a la gestión del estado venezolano. Un dato nos basta para ilustrar lo profundo e intrincado que es el espacio que rodea lo que se denomina el arco minero. Fue apenas a mediados del siglo pasado que se pudo llegar al nacimiento del río Orinoco. El estado venezolano tiene años tratando de ordenar la explotación artesanal de minerales en la región de Guayana. Aparentemente, sin éxito. Pero también sin muchas noticias que nos permitan al resto de los venezolanos apropiarnos de ese espacio como propio. Ahora, el arco minero luce como un salvavidas que nos pone en la extraña posición de enajenarnos y obviar que allí hay además de esos recursos materiales inmediatos, una biodiversidad desconocida, culturas que han residido allí mucho antes que América fuera América. Hay entonces razones para suponer que se impone sobre nosotros una razón instrumental depredadora que no nos impide seguir explotando a la humanidad en nombre del progreso.

La explotación de la humanidad adquiere así un rango civilizatorio. Se explota la humanidad como concepto regulador que impone la humanidad como una forma de vida que es mejor a otras formas de vidas o culturas que serán inevitablemente desplazadas de su entorno vital. En nombre de la humanidad, conquistamos y devastamos sus culturas. Se dirá que son retrasadas y que la nación no puede sucumbir al chantaje de los pueblos originarios. ¿Será esto un acto revolucionario? La pregunta no es retórica, es en esencia una pregunta estructural porque parece que como le corresponde a todo acto humano, la revolución también tiene límites y, en este caso, lo hemos alcanzado por el lugar más inesperado para algunos, pero no por ello menos inevitable. De esa dimensión es el arco minero. Pero, debemos recordar que la naturaleza histórica, política y económica del proceso que experimenta la sociedad venezolana es esencialmente la continuación de un proyecto civilizatorio moderno en su estructura y posmoderno en sus manifestaciones. No podía ser de otro modo en un mundo que cada vez más va revelando que su centro está en ninguna parte y su circunferencia cada vez se hace más reducida. La periferia del proyecto civilizatorio está en el centro de la idea misma de ese proyecto civilizatorio.

Venezuela es, a despecho de quienes siguen viendo a esta sociedad como un espacio de bárbaros insolentes, un curioso heraldo del agotamiento de la modernidad y la insuficiencia de la posmodernidad para conducir a un mundo más justo para los más desposeídos. Habiendo avanzado en la inclusión civilizatoria para tantos a quienes se les adeudaba la presencia del estado, ahora se impone la presencia del estado como elemento destructor de culturas milenarias pero débiles, accesorias, casi que de museo y entonces el zarpazo minero asesta el golpe final de quitarles lo que se les viene quitando desde hace décadas: su entorno vital. Pero más aún, la aparición del estado en ecosistemas tan sensibles y con la peor de las huellas que ha sabido dejar el hombre sobre la faz de la tierra: la minería, no es garantía de que esa administración sea transparente y beneficiosa para los bienes de toda la nación.

El silencio de la oposición que ha reclamado el fracaso de este modelo es la más perfecta forma de delatar sus propósitos y sus ambiciones. Ocultos detrás de la cosmética del silencio, la oposición espera agazapada para asestar un golpe que no devuelva la esperanza a muchos, sino el usufructo de unos pocos. Puestas las cosas en la dimensión de las posibilidades que ofrece el presente, el arco minero es una inevitabilidad histórica y una terrible tragedia a la humanidad como idea en Venezuela y al ejercicio de la soberanía política como acto definitivamente reivindicado por el proceso histórico inaugurado en 1999.

Si el arco minero es inevitable, entonces la necesidad de revivir las utopías que permitan el rescate de otras formas de vivir en la tierra e incluso de inventarse nuevas formas de relación con el entorno no sólo son deseables sino necesarias. La urgencia de nuevas formas de vincularnos con la tierra hace que la utopía nos luzca como un imperativo de sobrevivencia y no como un espacio para la holgura política.

El reto para la revolución bolivariana en estos momentos es, aunque parezca paradójico, mayor revolución en los estratos más profundos del pensamiento político, ecosocial y económico. No es sólo un asunto de interés nacional. Se trata de poder empujar a pensar la realidad de América Latina, depósito de grandes riquezas biológicas y minerales, más allá de ser el futuro de un proyecto que nunca nos ha incluido en nuestra especificidad sino en una generalidad que nos diluye como nación para convertirnos en colonia.

Son tiempos urgentes estos que demandan del pensamiento la mayor serenidad para acometer la tarea nada despreciable de poder criticar los límites de la revolución no para acabarla sino para revitalizarla desde el único lugar posible: sus propias contradicciones. La revolución está llamada a defender la verdad no como propiedad sino como la aspiración legítima de todo acto que se hace en nombre de la humanidad. Asumir la contradicción para superarla y no para ocultarla es lo que convoca este tiempo aciago de penuria económica.

A tiempo: Mientras más se aleja el revocatorio de las aspiraciones políticas de una oposición aturdida, más evidente se hace que es necesario un nuevo debate sobre el sentido histórico de la nación venezolana. Poner a la historia como testigo para justificar el regreso de quienes desangraron al país durante décadas, más que un acto de inocencia es la soberbia de quien no reconoce al otro. Es, por así decirlo, un acto de barbarie dentro de la propia civilización. ¿Podemos esperar de ellos un acto de apertura a las civilizaciones ancestrales? El silencio es su más elocuente respuesta

Columna Contratiempo publicada en la página tatuytv.org.

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