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Contratiempo | Por Alejandro Ochoa

La verdad como contratiempo en la política

20 de julio de 2016

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“Nada está perdido si se tiene el valor

de proclamar que todo está perdido y

hay que empezar de nuevo”

(J. Córtazar)

Quizás el silencio sea el remedio más radical para evitar a la mentira, pero siendo esencialmente humano el silencio, es inevitable reconocer que es insuficiente. En este sentido, la ausencia de este espacio de reflexión en las últimas semanas responde a una creciente incomodidad derivada de la imposibilidad de distinguir un lugar desde el cual enunciar el proceso político venezolano sin caer en el panfleto fácil y vacío o, en la inútil prédica apocalíptica propia de quienes anuncian el final de los tiempos, porque el tiempo político de un proyecto se encuentra gravemente perturbado. La calma que demanda poner en su justa dimensión las palabras por escribir ha impuesto su propio tiempo. Este sea quizás un último contratiempo y, por razones de coherencia, es menester escribirlo. El quizás no debe leerse como amenaza sino como una justa advertencia. Salgamos entonces del silencio.

Probablemente no nos cansaremos jamás de decir que la primera víctima en toda guerra sea la verdad. Si algo de acertado tiene el planteamiento en forma de pregunta “¿Es la política la continuación de la guerra por otros medios? (Foucault, 1977), es que en la política la verdad es una rareza estructural. Es decir, cuando aparece abre un espacio enorme en la razón política y crea las condiciones para una situación inédita en la política de las circunstancias: la verdad como eje de construcción del discurso político. Ese es el espacio de la apertura e inicio de la revolución. Sin embargo, ese espacio de la verdad revolucionaria como proyecto histórico puede tener una vida efímera. Se cierra cuando la revolución muta en gobierno, en defensa, en un proyecto cuya justificación deja de estar del lado de lo posible para contarse en el lado de lo conveniente. Eso no invalida el proyecto revolucionario sino los medios que se han escogido para realizarlo. Allí, aquel viejo adagio que reza: “el fin justifica los medios” queda a medio camino y nos percatamos que medios y fines se definen y realizan de forma recursiva. La complejidad entonces en lograr lo propuesto radica en poder escoger los medios que sean los apropiados para esa realización. Es por así decirlo, una enseñanza sistémica. La totalidad del proyecto político no se resume en los propósitos sino que se encarna con igual importancia en los medios. La razón instrumental (escoger y debatir los medios sin cuestionar el fin) cede su paso a la razón práctica puesta en el plano de debatir por igual el fin que alienta los medios ya no en términos de la conveniencia inmediata sino en el plano de la acción con pretensión de trascendencia.

En la actual coyuntura de crisis económica que se ha reconocido tardíamente por el gobierno venezolano, se han deteriorado dos aspectos centrales de la credibilidad de la revolución. El primer aspecto es la insistencia en señalar la victoria sobre las formas de sabotaje económico como al alcance de la mano, cuando es evidente que las condiciones estructurales de la economía venezolana revelan que ese es un clamor que por incierto se erige en mentira. No importa que se diga que el dólar paralelo vaya bajando cuando lo hace tan lentamente y empuja al dolar DICON a una velocidad que aterra. Estamos en tiempos en los cuales las medias verdades se convierten en verdades absolutas porque no tenemos manera de mostrar que las medias verdades son también mentiras. El discurso económico del gobierno hace aguas porque adolece de claridad y coherencia ante los ciudadanos. Los esfuerzos se hacen titánicos para todos, pero poco avanzamos si lo hacemos en la oscuridad de lo incierto y con el cálculo puesto en lo inmediato. La invención y resistencia del pueblo no encuentra paralelo en las acciones de gobierno.

El segundo aspecto es referido a la dimensión política. En formas políticas más propias de los acuerdos de las cúpulas partidistas de los años 60 a los años 90 en Venezuela, el gobierno habla de un diálogo con sus enemigos históricos y demanda afiliaciones dogmáticas al interior de sus propios aliados. El resultado es devastador en la necesaria revitalización de la razón política de la revolución. Los partidos políticos serán de vanguardia si lo hacen desde la convicción que emana de la coherencia programática y la gestión operativa de sus propios procesos. Esa incoherencia asesta un duro golpe a uno de los recursos más preciados del chavismo como movimiento político: la vocación anti-imperialista.

No nos referimos al anti-imperialismo como concepto geo-estratégico sino como forma de conducta política. Quizás la prueba más contundente del diálogo como forma de construcción política en el chavismo lo tenemos en los logros de la UNASUR y de la CELAC, mecanismos inevitablemente plurales en lo político pero que se construyeron como forma de hacer política sin la imposición unilateral de las mayorías. Es a ese imperialismo al cual nos referimos acá. No puede pretenderse desde ninguna instancia de un proyecto histórico humanista, socialista e incluyente, que la imposición prive sobre el diálogo. Mucho menos cuando se tratan de facciones que difieren al interior de un mismo bloque histórico. Desconocer a los aliados y reconocer a los enemigos es un acto no sólo de incoherencia política sino una equivocada estrategia de construcción política. La condición histórica del proyecto no radica en la claridad del objetivo sino en el reconocimiento de que ese proyecto es una construcción que demanda de una nueva narrativa histórica y eso es esencialmente una construcción colectiva, plural y dialéctica, con contradicciones.

Finalmente, debemos referirnos a un escollo que hace que el proyecto histórico bolivariano y chavista se formule la pregunta más fundamental y cuya respuesta puede generar la fractura política más profunda en el bloque histórico patriota. Nos estamos refiriendo a la apertura del arco minero como espacio de explotación mineral más ambicioso y, en esa misma medida, más peligroso del que tengamos historia en Venezuela. No basta con que sea la vuelta al extractivismo como actividad económica sino la restitución de su poder salvador lo que acarrea la derrota del proyecto desde una dimensión civilizatoria. La coincidencia en la Asamblea Nacional de las bancadas patriotas y antipatriotas en la declaración de la zona económica minera es una mala noticia para quienes defendemos la necesidad de un modo distinto de pensarnos como sociedad más allá del rentismo como forma de encuentro entre venezolanos. El silencio con el cual fue tratado por todos los medios el acuerdo en la Asamblea es definitivamente una mala noticia para la vocación política de los venezolanos en su cotidianidad.

El diálogo que queremos con todos los venezolanos no se puede resumir en el acuerdo de las conveniencias inmediatas sino en las condiciones de posibilidad para pensar y construir un país más grande. Convertirnos en una región que sea conocida más por sus virtudes ciudadanas que por sus riquezas. La tarea sigue siendo históricamente necesaria y en lo contingente, una imposición de la paz, para que no nos corresponda hacer realidad aquel viejo adagio que señala: “La guerra es la continuación de la política por otro medios” (Clausewitz). Es la verdad en estos momentos una necesidad urgente para todos los venezolanos. Que cada sector asuma sus verdades y las someta al escrutinio de los venezolanos.

A Tiempo: La evasión a la verdad es una apuesta arriesgada para vivir. Quizás nos debatimos sin mucho éxito entre la verdad que queremos y la verdad que la realidad nos impone. En estos días, quizás aquella frase atribuida a Jesús sea iluminadora: “La verdad os hará libres”.. pero eso no necesariamente nos hará felices. Es inevitable recordar acá una frase de Silvio Rodriguez cuando dijo “la historia es como el turismo..no tiene remedio”. Construir un país no es tarea de un sólo hombre, de una sola facción de la sociedad. Es la creación heroica y proto-agónica de todos. Será así, o no será. La única forma de defender la revolución es haciéndola.

Fuente: CONTRATIEMPO: La verdad como contratiempo en la política

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