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Por Chris Gilbert (*)

Chavistas vs. Chavistas: la lucha de clases pasa a primer plano tras las elecciones del 10D

Venezuela | 21 de diciembre de 2017

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El domingo pasado, cuando se cumplían 187 años de la muerte de Simón Bolívar, el líder popular Ángel Prado planteó que él y su gente han sido, como el propio Libertador, abandonados por el nuevo estado que ellos mismos ayudaron a construir. Las razones que conllevan a esta reflexión son obvias: Prado, que fue el candidato chavista de base del municipio de Simón Planas, logró una aplastante victoria el 10 de diciembre contra el candidato del gobierno, victoria que le fue arrebatada por decreto.

Prado es un líder de base extraordinario. Durante la última década ha trabajado para desarrollar El Maizal, una de las comunas más emblemáticas de Venezuela. Cabe recordar que para Chávez la comuna representaba el pilar fundamental en la construcción del socialismo en Venezuela. El Maizal recibió al Comandante en 2009, justo cuando se iniciaba el proyecto, y hoy la comuna produce 4000 toneladas métricas de maíz al año, además de grandes cantidades de carne y queso.

Para evitar la usurpación de la alcaldía por Jean Ortiz, la figura impuesta desde Caracas, las bases de Prado ocuparon espontáneamente la plaza central de Simón Planas. Sus métodos son pacíficos: plantón permanente frente a la alcaldía, música patriótica y decenas de niños jugando en la plaza. Los comuneros del municipio se refieren a la victoria de Prado como una expresión de la “voluntad del pueblo”, y dicen que no cesarán hasta obtener respuesta del gobierno.

El caso de Angel Prado y el municipio Simón Planas no es único. Ahora que la oposición casi salió del panorama político venezolano —en parte porque sus métodos violentos recibieron rechazo masivo y en parte porque el gobierno de Maduro ha adoptado la mayor parte de su programa económico—, es lógico que las contradicciones entre las diferentes tendencias chavistas pasen a primer plano.

En Caracas el candidato alternativo chavista Eduardo Samán, quien contó con el apoyo del PCV, se midió con Erika Farías del PSUV. La gente de Farías jugó sucio, utilizando clientelismo descarado para apalancar a los votantes y posicionando a miembros del partido alrededor de los centros de votación para difundir el rumor de que su oponente había renunciado. En este caso, la presión sobre los votantes fue innecesaria: Farías ganó por un amplio margen porque su oponente es poco conocido entre los votantes, especialmente entre los más jóvenes.

Nos podemos preguntar por qué las cúpulas juegan tan duro contra las alternativas Chavistas, incluso con las opciones dentro del propio Polo Patriótico (PCV, PPT, Tupamaros, Redes). Una respuesta es que la cultura política en Venezuela ha sido generalmente despótica y clientelar durante al menos un siglo. El Partido Socialista Unido de Venezuela se construyó rápidamente y desde arriba, reproduciendo las características más problemáticas de esta cultura del poder.

Sin embargo, el auge reciente de esta política intransigente tiene también mucho que ver con la coyuntura. Cuando un gobierno con antecedentes revolucionarios o populares pacta con su enemigo histórico, necesita obediencia ciega en sus bases originarias. El PRI mexicano actuó de forma similar en su giro hacia la derecha en la década de los 40, tras la presidencia de Lázaro Cárdenas. En Venezuela las negociaciones con la oposición política y las grandes concesiones a la clase capitalista local apuntan hacia un “giro a la derecha” que se está dando delante de nuestras narices.

Este año hemos visto el nacimiento de organizaciones y proyectos de masas como Somos Venezuela y Plan Chamba Juvenil. Por medio de estas agrupaciones poco espontáneas, el gobierno captura a jóvenes con escaso conocimiento del impulso original de la Revolución Bolivariana y quienes, debido a la difícil situación económica, son fácilmente coptados por modestas becas. Junto con otros programas similares (o “subsidios directos”), dichas organizaciones forman la base de un nuevo chavismo con el que el gobierno se propone asegurar apoyo acrítico mientras transa con los enemigos históricos de clase.

Para los chavistas opuestos a los pactos y comprometidos con preservar el proyecto socialista originario será necesaria mucha astucia política. Las contradicciones con el gobierno deben ser gestionadas creativamente e incluso minimizadas, ya que el grupo gobernante tiene el sello de aprobación de Chávez y es un baluarte contra el imperialismo. Los diversos movimientos populares chavistas no pueden trabajar solos y aislados, sino organizados en todo el territorio nacional, en una sólida alianza entre el chavismo revolucionario rural y el urbano. Solo así se logrará la fuerza necesaria para seguir el rumbo hacia el socialismo.

(*) Chris Gilbert es profesor de Estudios Políticos en la Universidad Bolivariana de Venezuela.

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