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Por Reinaldo Iturriza

Comentaristas del Morbo

Venezuela | 11 de octubre de 2017

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Lo viejo no termina de morir, lo nuevo no termina de nacer. ¿Cuántas veces no escuchamos a Chávez repetir estas palabras? Lo hizo en no menos de cien ocasiones, y es por eso que nos resultan tan familiares. Solo durante los dos meses de lock out empresarial y paro-sabotaje petrolero de 2002-2003 las empleó en una decena de intervenciones públicas.

Así, por ejemplo, el 7 de diciembre de 2002, durante rueda de prensa con medios internacionales, y reflexionando sobre aquellos días convulsos, afirmaba que “las verdaderas crisis ocurren cuando algo está muriendo y no termina de morir, y algo está naciendo y no termina de nacer. Nosotros estamos ahí… No es Chávez el causante de esto, no. Chávez es uno más, por supuesto con un rol o una responsabilidad. Se trata de que en Venezuela terminó una época y comienza otra, pero la época que terminó aún no ha muerto definitivamente. El régimen que pasó a la historia aún tiene cadáveres ambulantes, como dijo una vez un político venezolano, aún tiene presencia en lo que está naciendo… Y es que siempre ha sido así: las nuevas estructuras nunca nacen de la nada, siempre nacen contaminadas con lo viejo, o con presencia de lo viejo, de lo que está terminando… Es bueno siempre recordarlo para buscar la explicación lógica, racional y profunda a todos estos eventos… y sobre todo para llenarnos de paciencia”.

Por supuesto, y así lo refirió expresamente entonces Chávez, estaba haciendo paráfrasis de las palabras que escribiera Antonio Gramsci desde la cárcel: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”1.

Quince años después estamos inmersos en la misma crisis histórica. Una crisis que no ha hecho sino agudizarse: no es solo que lo viejo no termina de morir, sino que lo nuevo se ve acechado por crecientes y peligrosos obstáculos. Es preciso recordarlo, para no perder las perspectivas, para armarnos de paciencia.

De hecho, la crisis histórica por la que atravesamos guarda una sorprendente similitud con lo que describía Gramsci en su breve nota de 1930: eso que se nos muestra como “oleada de materialismo” está relacionado con la “crisis de autoridad”, que es lo que ocurre cuando la clase “dirigente” ya no puede dirigir o tiene enormes dificultades para hacerlo, es decir, cuando ha perdido el consenso. Entonces, las masas “no creen ya en lo que antes creían”, predomina el “escepticismo frente a todas las teorías y las fórmulas generales”, y prevalece la “aplicación al puro hecho económico (ganancia, etcétera) y a la política no solo realista de hecho (como lo es siempre), sino cínica en su manifestación inmediata”2.

Esto nos pone frente al dilema: actuar como agentes de lo nuevo o limitarnos al rol de comentaristas de los fenómenos morbosos más variados, que casi siempre termina siendo otra forma de actuar como agentes de lo viejo.

En efecto, vivimos en un interregno. No en el infierno, como afirman algunos. Escribía Peter Weiss a propósito de la Divina Comedia: “el Infierno aloja a aquellos, que en opinión del antiguo Dante están condenados al castigo eterno, pero que hoy día viven aquí, entre nosotros, los vivos, e impunes siguen cometiendo sus actos, y satisfechos viven con sus actos, sin reproche de nadie, admirados por muchos”3. De manera que no se diga que vivimos en el infierno: porque los usureros, que habitan el séptimo círculo del infierno de Dante, andan entre nosotros impunemente, lo mismo que los ladrones que huyen de las serpientes en el octavo círculo, o los traidores a la patria, que yacen con el cuerpo hundido en el hielo hasta la cabeza, en el noveno círculo, y en cambio caminan entre nosotros, libremente, y viajan cuando les viene en gana, y solicitan a imperios y demás países la intervención directa en los asuntos nacionales.

Por idéntica razón, no se diga que vivimos en el paraíso, por más que el pueblo históricamente explotado haya sido capaz de acumular “instantes de felicidad, de liberación personal, de confianza”4, diría Weiss, en buena medida mientras libraba su lucha, tal y como lo sigue haciendo, contra quienes tienen merecido el infierno dantesco.

En el camino es preciso mantener distancia, particularmente, de dos tipos de personajes: unos, los indiferentes, esos que pueblan el vestíbulo del infierno de Dante, eso que también llaman el anteinfierno; esas “tristes almas de aquellos que vivieron sin merecer desprecios ni alabanzas” y que “están metidas entre el perverso coro de ángeles que no fueron rebeldes ni fieles a Dios, sino que solo vivieron para sí”; esos “miserables que se mostraron despreciables a los ojos de Dios y a los de sus enemigos”; esos “desgraciados que no habían vivido nunca”5.

Los otros son los negligentes o indolentes, las almas pasivas y quejumbrosas, que se encuentran en el antepurgatorio. En el Canto IV del Purgatorio, Dante refiere haber visto “algunas almas que yacían tendidas a la sombra detrás del peñasco, como acostumbraba a tenderse el hombre indolente”. Entonces dijo a Virgilio, su guía: “Oh, querido señor mío – dije entonces –, contempla a ese que se muestra más negligente que si hubiera sido hermano de la pereza”. A lo que el alma negligente ripostó: “Ve pues, allá arriba, tú que eres tan valiente”. En el Canto V, Virgilio le reclama a Dante que se ha distraído con las palabras de los negligentes: “¿Por qué se amedrenta tanto tu ánimo – dijo el Maestro –, que así acortas el paso? ¿Qué importa lo que allí se murmura? Sígueme, y deja que habla esta gente. Sé cómo una torre sólida, que no inclina sus almenas aunque los vientos arremetan contra ella”6.

Vivimos, pues, en un interregno. Y la crisis de autoridad, la crisis de la clase política en general, el escepticismo popular, su descreimiento, el imperio de las más brutales lógicas económicas y de la política más cínica, son fenómenos que le vienen dados. El papel histórico de los agentes de lo viejo es hacer pasar estos fenómenos como claro ejemplo de la incapacidad de lo nuevo para terminar de nacer. Es decir, crear confusión, intentar convencer al pueblo de que aquella felicidad no fue más que un accidente, algo no merecido; que aquella liberación era en realidad sujeción a nuevos amos, que aquella confianza era pura ilusión; que el chavismo todo, y no solo lo que de viejo tiene, es un error y merece morir de muerte violenta, no importa si esto significa asesinar todo lo que de nuevo hay en él.

Lo peor que podemos hacer es referirnos a estos fenómenos, sobre todo los que inspiran más morbo (la inflación, la dificultad para adquirir alimentos o medicinas, la corrupción, etcétera), olvidando que son la más cruda expresión de una crisis histórica; renunciar a la obligación que tenemos de encontrar una explicación lógica o, podría decirse, descubrir la lógica que explica la ocurrencia de estos fenómenos. Lo peor sería perder la paciencia, y terminar convertidos en muñecos de ventrílocuo de tantos cadáveres que deambulan por allí.

Como escribía Marx a Ruge en mayo de 1843, y por cierto, ésta es una frase que también solía usar Chávez: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos y los lloren”. No nos corresponde a nosotros el llanto. Es preciso abandonar el tono elegíaco, de canto fúnebre. Seguía Marx: “Pero es una suerte envidiable la de los primeros que penetran en la nueva vida; esa suerte será la nuestra. Es verdad que el viejo mundo es del filisteo. Pero no debemos tratar a éste como a un fantasma del que uno se aparta lleno de miedo. Lejos de ello, debemos mirarle fijamente a los ojos. Pues vale la pena estudiar bien a este amo del mundo”.

Estudiarlo para derrotarlo. Para que termine de nacer lo nuevo.


Notas

(1) Antonio Gramsci. Cuadernos de la Cárcel, tomo 2. Cuaderno 3. § 34. Ediciones Era. México. 1981. Pág. 37.

(2) Antonio Gramsci. Cuadernos de la Cárcel, tomo 2. Cuaderno 3. § 34. Págs. 37-38.

(3) Peter Weiss. Informes. Ejercicio previo para Divina Commedia. Editorial Lumen/Alianza Editorial. Madrid, España. 1974. Pág. 127.

(4) Peter Weiss. Informes. Diálogo sobre Dante. Pág. 137.

(5) Dante Alighieri. La Divina Comedia. Infierno, Canto III. Barcelona, España. 1973. Pág. 53.

(6) Dante Alighieri. La Divina Comedia. Purgatorio, Cantos IV y V. Págs. 186-188.


Publicado originalmente en Supuesto Negado el 8 de octubre de 2017

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