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Por Oto Higuita

¿Continuismo o cambio?

Colombia | 26 de febrero de 2018

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La tendencia política que apuesta por el continuismo en Colombia cuenta aún con una amplia influencia en diferentes sectores sociales y populares, aunque cada día es más evidente su desfase con la realidad nacional y su decadencia. La conforman los viejos partidos tradicionales Liberal y Conservador nacidos tras las guerras de Independencia hace dos siglos, hoy bajo nuevos ropajes como el partido de la U, el Centro Democrático, Cambio Radical, Mira y unos cuantos movimientos de derecha.

Es la vieja clase oligarca, corrupta y parasitaria que ha gobernado Colombia.
La tendencia del continuismo está representada por varias facciones de la élite dominante tradicional.

Esta clase de privilegiados es intransigente en la defensa de los valores entorno a la familia tradicional monógama y heterosexual, de la gran propiedad privada e improductiva; es heredera del pensamiento restaurador laureanista, confesionalista y devota de un catolicismo camandulero; está apalancada en el poder gamonal, terrateniente y en los grandes grupos financieros; opone la biblia a la Constitución; es aliada incondicional de los intereses de Estados Unidos en la región; es seguidora incondicional del neoliberalismo, la apertura de mercados, la liberalización de la economía y las privatizaciones de derechos fundamentales como la salud, la educación, la vivienda, el acceso al agua potable y la energía.

Es la misma que impuso el Tratado de Libre Comercio (TLC) con una potencia económica como Estados Unidos que subsidia sus productores; tratado desventajoso que arruinó la producción agrícola y destruyó la economía de millones de familias, sobre todo campesinas, quienes han visto reducidos sus ingresos y quebraron por la competencia desigual de alimentos y bienes de consumo que se importan desde allí, sin aranceles ni restricciones. Es el paraíso del mercado libre, nos enseñaron.

Como no tiene propuesta de gobierno diferente al continuismo y su modelo económico neoliberal, privatizador y extractivista, su arma predilecta en la disputa por el poder político en su empeño por preservarlo sin las más mínimas concesiones, es la utilización del miedo como estrategia política con campañas de publicidad atiborradas de mentiras, noticias falsas y un odio anticomunista que raya con el exterminio de la oposición.

No tiene nada de extraño que su principal caballo de batalla sea lo que malintencionadamente llaman “castrochavismo”, aprovechándose como aves de rapiña de la crisis que atraviesa Venezuela, después que sus gobiernos apoyaran los diálogos de paz, como sofisma para ganar adeptos contra la avalancha del cambio que saben que vendrá. Colombia puede ser la sorpresa en un continente que camina hacia la restauración conservadora.

La tendencia del continuismo está representada por varias facciones de la élite dominante tradicional; quienes desde una postura liberal apuestan por un gobierno sin cambios sustanciales, como Humberto de la Calle, quien cuando más promete apoyo a la implementación de los acuerdos de paz de los cuales fue el principal negociador por el gobierno de Juan Manuel Santos.

Pero incluye otros que desde una postura ideológica de extrema derecha y enarbolando las anacrónicas banderas con que gobernó Álvaro Uribe, seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social, que significaron una inmensa tragedia humanitaria y una guerra sin vencidos ni vencedores, le proporcionó amplias ventajas y beneficios tributarios a la inversión extranjera y los grandes grupos económicos nacionales; y en lugar de cohesión y unidad nacional creo una polarización política extrema que estimula la violencia y la eliminación de los opositores políticos y los líderes sociales; tendencia que se opone a los acuerdos y está empeñada en hacerlos trizas.

Encabezan la tendencia de extrema derecha los mismos que hicieron la campaña sucia en el plebiscito sobre los acuerdos que aseguró el triunfo, aunque pírrico, al No. De ella hacen parte monseñor, exprocurador Alejandro Ordóñez, la ex ministra de defensa de Uribe, Marta Lucía Ramírez, e Iván Duque, el que dice Uribe; el radical de derecha Germán Vargas, heredero de la vieja oligarquía gobernante.

Sergio Fajardo no necesariamente representa la extrema derecha. Tampoco es seguro que haya votado el No en el plebiscito, es un neoliberal vestido de profesor universitario que busca ganar influencia afirmando que no tiene ideología política; quien como alcalde de Medellín (2004-2007) y gobernador de Antioquia (2012-2015), cambió la imagen de la ciudad pero muy poco las condiciones de vida de los sectores más pobres, con propuestas sobre lucha anticorrupción en alianza con el partido Verde y un sector del Polo, es candidato presidencial por esta alianza; los otros candidatos de derecha, un ex ministro de defensa que no suena para nada y una ex senadora que tiene la Constitución en una mano y varias biblias en la otra, no pasarán de recoger unos votos.

II

La tendencia política que está por el cambio en Colombia tiene una amplia influencia en diferentes sectores sociales, y cada día es mayor su auge. La conforman nuevos movimientos y partidos políticos que han surgido en los últimos quince años tras largas luchas populares, sindicatos, movimientos campesinos, afros y estudiantiles. Así como quienes han pactado acuerdos de paz con diferentes gobiernos, incluido el acuerdo del presidente Juan Manuel Santos con las FARC.

Esta tendencia representa el cambio a partir de políticas sociales, económicas y culturales incluyentes y modernas; son herederos del librepensamiento, de la libertad, la igualdad social, la justicia social, la solidaridad, el bien común y el Estado de Bienestar; conquistas de las revoluciones más importantes de la humanidad; la tendencia del cambio es contraria a la política de sometimiento a los intereses de Estados Unidos, al modelo neoliberal; está por la implementación de los acuerdos y la defensa de la paz como uno de los imperativos éticos más importantes de una sociedad que estuvo sometida a más de 50 años de guerra.

Está por la redistribución de la riqueza, por eliminar el IVA para los productos de la canasta familiar, por aumentar los impuestos a las grandes empresas y los grandes rentistas, a los bancos y los bienes suntuosos; por desarrollar un modelo productivo de base nacional que genere empleo y salarios dignos para los trabajadores, que produzca bienes de consumo para la demanda interna; por ponerle freno a las importaciones que atenten contra la producción nacional; está a favor del subsidiar la producción interna para estimular la oferta y demanda, fundamental en una economía productiva que busque la satisfacción de las necesidades de su población y no exclusivamente la acumulación de renta para el beneficio de unos pocos capitalistas. En esencia, está por un modelo económico que rescate los fundamentos del Estado de bienestar.

El arma predilecta de la tendencia del cambio para lograr una transformación real en Colombia, es convocar a los sectores populares, la ciudadanía crítica, los jóvenes, los estudiantes, los maestros, los trabajadores, los desempleados, las víctimas, los campesinos, los afros, los indígenas y las mujeres con la verdad como bandera; exponiendo una propuesta de gobierno concreta en lugar de utilizar la mentira, el miedo y el odio visceral como estrategias electorales. Es innegable que la tendencia del cambio se ha convertido en un factor real de poder político después de un largo acumulado de luchas populares y movilizaciones, que hoy la tiene ante la posibilidad de acceder por el voto al poder presidencial.

III

Es verdad que los continuistas tienen miedo y por eso expresan con mayor agresividad su rabia, desespero, mentiras y odio, porque sienten amenazado su poder y statu quo. Les espanta que llegue a la presidencia alguien que signifique el cambio. No porque vaya a instalar un Estado o modelo socialista, pues se sabe bien que no será así, por una razón fundamental: los factores reales de poder, militares, económicos, culturales e ideológicos siguen mayoritariamente en la cancha de los continuistas.

A lo que realmente temen es que en un país cuya economía, la tercera de Latinoamérica, produjo en 2017 ganancias astronómicas como las del sector financiero por 13,1 billones, según la Superitendencia, de ganar la presidencia y una mayoría parlamentaria un gobierno progresista y humanista por el cambio, éste les exija que paguen mayores impuestos y que no sigan abusando de los millones de usuarios de la banca.

Les da pánico que un gobierno de cambio en un país donde mueren miles de niños de hambre al año; donde un puerto tan importante como Buenaventura no cuenta con empleo digno, ni hospitales, ni escuelas, ni agua potable para sus habitantes; están nerviosos que un gobierno alternativo le ponga freno al nivel de endeudamiento con la banca extranjera y con los poderosos grupos económicos nacionales que se van a llevar la astronómica suma de 48 billones, el 42%, del presupuesto general de la nación solo este año; deuda externa e interna que hoy asciende a $381 billones. Porque serían muchos los hospitales, escuelas, viviendas que un gobierno para el cambio construiría para el bienestar con esa riqueza; y la ayuda en asistencia social y humanitaria que ofrecería para que no se sigan muriendo de hambre miles de niños y Colombia deje los primeros puestos en estos humillantes títulos.

Claro que a la élite dominante le asusta que un gobierno para el cambio en un país con 13,3 millones de sus ciudadanos en la pobreza, el 28% de la población; y con más de 4 millones de ellos en la pobreza extrema, el 8.6% de la población, sin contar los miles de indigentes de todas las ciudades; se proponga acabar con esta humillante y miserable condición de sus habitantes. Porque le implicaría a los grandes capitalistas y las multinacionales pagar mayores impuestos y aceptar una distribución más democrática de la riqueza que produce el país que se están apropiando unas pocas familias, ese oprobioso sistema de concentrar la riqueza en pocas manos y distribuir la pobreza en millones de ciudadanos, un sistema tan inequitativo que hace que, el 10% de la población más rica gane 4 veces más que el 40% de la más pobre.

¿Por qué tienen miedo? Porque para dejar de ser el segundo país más desigual del continente y el séptimo del mundo, según el Banco Mundial, hay que hacer una distribución del presupuesto general de la nación de 235,6 billones, que tenga por principio la seguridad humana y no la seguridad del 10% más rico. Porque mientras en defensa, policía, inteligencia y Fiscalía se destinan 34,2 billones; en educación, cultura, ciencia y tecnología, escasamente 38,1 billones.

Está claro porqué la clase dominante tiene miedo que un gobierno alternativo le cambie la ecuación de la concentración de la riqueza, de la miseria, de la pobreza extrema, de los bajos salarios, del alto nivel de desempleo, de la falta de un sistema de salud de calidad y público, de la baja cobertura y calidad de la educación, de la falta de vivienda digna para millones de familias desplazadas por el conflicto. Le dan pesadillas.

La pesadilla de ellos, es la esperanza de millones en Colombia. No se puede seguir siendo un paraíso para los grandes capitalistas y al mismo tiempo un infierno para sus propios ciudadanos.

¿Qué pasaría si a la presidencia de Colombia llega el gobierno del cambio, podrá gobernar? Esta pregunta será objeto del próximo artículo.


Tomado de: Telesur

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