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Por Luis Salas Rodríguez

Contra el aumento salarial

Venezuela | 15 de agosto de 2016

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Por Luis Salas Rodríguez

Siempre hemos sostenido desde este espacio que la especulación de precios y monetaria se alimenta de la especulación ideológica que busca impulsar y naturalizar la primera al circular “explicaciones” en sí mismas especulativas. En los buenos y viejos tiempos de la crítica de aquello que T. W. Adorno llamó la industria cultural, solía decirse que la ideología reflejaba la realidad alterándola. Es la famosa relación especular descrita por Marx y Freud, según la cual la ideología, como el reflejo en un espejo, reproduce la realidad pero al revés. Cualquiera que se haya parado al frente de un espejo entiende inmediatamente el símil: en el espejo lo que en realidad es mi brazo derecho aparece reflejado del lado izquierdo y viceversa.

El profesor estadounidense de Historia de la Ciencia de la Universidad de Stanford, Robert Proctor, llama agnotología a la ignorancia inducida con la publicación de datos e información tendenciosa. Otro investigador, Philip Mirowski, historiador y filósofo del pensamiento económico de la Universidad de Nôtre Dame, aplicó ese concepto a la economía, y lo presentó en su último libro titulado Nunca dejes que una crisis te gane la partida. Pues tanto en Europa como en Estados Unidos, Argentina y por supuesto nuestro país, existe una verdadera “banda” de analistas, economistas del establishment y hombres de negocios que son maestros en el arte de la agnotología, se dedican con entusiasmo a la fabricación deliberada de incertidumbre, duda e ignorancia, a hacer que la realidad aparezca trucada y adulterada, que lo beneficioso para un trabajador (un aumento salarial, por ejemplo, o una política de precios justos) parezca malo, mientras que lo definitivamente malo para la mayoría trabajadora e incluso un delito (la especulación de los comerciantes) parezca bueno y natural.

Esto último es exactamente lo que vemos en este momento. Luego del aumento salarial decretado por el presidente Maduro, como parte de una política sostenida de defensa del salario y el empleo, que además de una convicción es una obligación constitucional del Estado en la defensa de los derechos socioeconómicos garantizados por la CRBV, comerciantes y empresarios traducen dicho aumento en un inmediato incremento especulativo de los precios bajo la excusa de “compensarlo”, y se emprende por las más diversas vías una satanización de los aumentos de salario y hasta de los salarios en sí mismos. Tan abrumadora resulta esta satanización –terrorista, en el sentido duro del término– que entre algunos trabajadores y trabajadoras, no pocos analistas de izquierda y seguramente más de un cuadro de gobierno, cala la idea de que el aumento salarial o tener poder adquisitivo es malo, pensamiento que tarde o temprano se termina expandiendo a otros derechos y conquistas como la inamovilidad laboral o la seguridad social.

Así las cosas, lo primero que queda medianamente claro en este razonamiento es que para los “expertos” económicos y el sentido común mediatizado, no solo los salarios “altos” y los aumentos de salarios son siempre la causa de todos los problemas, sino que además los trabajadores y trabajadoras al organizarse y exigir mejores ingresos para tener un mejor nivel de vida, posibilidad de ahorrar, etc., están actuando en contra de ellos mismos, dando origen a la plaga inflacionaria que los castigará por su falta de criterio e ignorancia de las sagradas “leyes” del mercado.

Es por esta razón que la gente sensata de este país –la gran mayoría– siente que para los economistas y sus patrones, la miseria es el precio que la mayoría debe pagar para que los mercados no se “desequilibren”. Lo que plantea un dilema interesante: ¿y cuándo es entonces el momento para que, desde el punto de vista de dichos expertos, los trabajadores y trabajadoras podamos mejorar nuestro pedazo en la repartición de la riqueza social? Si cuando se presentan fases expansivas no pueden porque “se recalienta la economía y desata el diablo inflacionario y la escasez”, pero en las regresivas tampoco, porque son los momentos en que hay que “ajustarse el cinturón y recortar gastos”, entonces está visto que tenemos que resignarnos a la idea de que ese momento será… nunca.

Lo otro sobre lo que hay que llamar la atención en toda esta retórica “explicativa” sobre las causas y responsabilidades de la inflación, es que las ganancias empresariales y comerciales quedan convenientemente ocultas bajo la alfombra. Sobre este tema los sabios de la economía convencional guardan el mismo silencio profundo que Adam Smith –nada menos que el padre de la economía política burguesa– denunciaba de los comerciantes y fabricantes.

¿Son los salarios los que hacen subir los precios?

Precisamente, en la cita que colocamos como epígrafe a este texto, Smith se despacha a propósito de una realidad convenientemente ignorada por los “expertos” y patronos a la hora de sacar sus cuentas: que no expresan igual las ganancias y los salarios en la formación de los precios, que la forma de distribuirse unos y otros es muy distinta, siendo que los salarios se reparten aritméticamente en los precios mientras que las ganancias los impactan geométricamente. Veamos con un ejemplo simple:

Imaginemos una empresa en la que trabajan diez personas. Supongamos, para facilitar las cosas, que cada una de ellas gana un salario mensual de Bs. 1.000, que es el mínimo legal. Pero entonces se decreta un aumento de 30%, pasando cada una a ganar Bs. 1.300. Eso significa que al patrón o patrona de dicha empresa le aumentará la nómina de pago 30%, pasando de Bs. 10.000 a Bs. 13.000 mensuales.

Ahora bien, supongamos que esa empresa produce zapatos. Y que cada zapato tiene un precio de Bs. 100. ¿Se supone entonces que el precio de los zapatos debe aumentar 30% para cubrir el aumento de 30% del costo de la nómina? Pues no.

Supongamos que la empresa vende 500 pares de zapatos mensuales. Si cada par tiene, como dijimos, un precio de Bs. 100, a la empresa le ingresan Bs. 50.000 al mes. Si tomamos como referencia la actual Ley de Precios Justos, bajo la cual es de esperarse que el comerciante transforme el “hasta 30%” de ganancia en un directo 30%, inferimos que de esos Bs. 50.000 por concepto de venta el patrono viene apropiándose como ganancia de Bs. 15.000.

Restan Bs. 35.000 de costos de producción, pero recordemos que la mano de obra antes del aumento equivalía a Bs. 10.000, lo cual –dicho sea de paso– es mucho comparado con la realidad de las estructuras de costos de nuestras empresas y negocios, cuyo peso de la mano de obra sobre los costos raramente suele superar el 20%. Para “cubrir” el aumento del 30% de la nómina el patrono decidió aumentar en 30% el precio de sus zapatos, pasando a costar al público Bs. 130. De tal suerte, suponiendo que no varíe la cantidad de zapatos que vende por mes, los ingresos de la empresa pasarán automáticamente a Bs. 65.000 mensuales.

En este punto debemos volver al inicio de nuestra contabilidad, recordando que nuestra hipotética empresa tiene 10 trabajadores, cada uno de los cuales en razón del 30% de aumento pasó a ganar Bs. 300 adicionales, mensualmente. Esos Bs. 300 adicionales sumados se transformaron en un aumento de Bs 3.000 para un total de Bs. 13.000 para el patrón, quien para cubrirlos decidió aumentar los precios en 30%. Sin embargo, ese 30% de aumento en el precio de los zapatos reportaron ingresos adicionales a la empresa por Bs. 15.000, esto es Bs. 12.000 por encima del costo adicionado por el aumento de 30% a la nómina: lo cual quiere decir que con el aumento de 30% en el precio de sus zapatos, el patrón no solo cubrió el aumento salarial, sino además obtuvo ganancias extraordinarias cuatro veces por encima de la “pérdida” que le representaba el aumento salarial.

Un argumento inmediatamente esgrimido por cualquier “experto” o por el propio patrón de nuestra fábrica para justificar el aumento de 30% o más en el precio de su producto, será que el aumento salarial no lo impacta solo por la vía directa de su mano de obra, sino por la indirecta de la mano de obra de sus proveedores. Es decir, el 30% del aumento salarial aumenta en 30% el costo de la mano de obra, pero también aumenta en la misma proporción el costo de la mano de obra de otros comerciantes a los cuales compra insumos o paga servicios, y por tanto debe cargarlo. También dirá, desde luego, que las cosas que él en cuanto persona consume también subieron. Eso puede ser cierto. Sin embargo, también lo es que en realidad lo único que ha variado es la escala del problema, en la medida en que pasamos de la consideración de un productor-comerciante a la de todos los productores-comerciantes juntos.

Entonces, el argumento de la gran mayoría de los comerciantes de elevar los precios en la misma proporción porcentual en que aumentan los salarios es falaz. Pero en realidad, más que falaz, es premeditadamente falaz: esgrimido tanto para hacer que los trabajadores en cuanto conjunto y como clase paguen sus propios aumentos o –dicho en términos más simples– para asaltarle todavía más los bolsillos usufructuando una medida que de origen es para beneficiarlos. Porque en efecto, el aumento salarial no solo queda automáticamente diluido por la respuesta patronal sino que, de hecho, esta última puede hacer retroceder al trabajador en la repartición de la riqueza social.

¿Sirve esto último para darle la razón a quienes aseguran que no son buenos los aumentos salariales o que no tienen sentido porque estos hacen que automáticamente suban los precios? Por supuesto que no. Pues dicho “razonamiento” más que una explicación es una justificación “teórica” de la resignación política: un blanqueo pseudoacademicista y pseudocontable de la posición de ventaja que los comerciantes-patronos tienen y ejercen sobre los trabajadores-consumidores. Y en las condiciones venezolanas actuales, un mecanismo para ejercer terrorismo psicológico y político contra los trabajadores y trabajadoras así como de chantajear al Estado.

Al final lo más paradójico del asunto es que termina también resultando cierto que los comerciantes y empresarios pequeños y medianos que se suman a estas prácticas, al conspirar contra los asalariados-consumidores, terminan conspirando económicamente contra sí mismos, y no solo está claro que la carrera especulativa en la cual se involucran finalmente la van a perder frente a los oligopolios y monopolios –por más que hagan ganancias extraordinarias y rápidas en lo inmediato–, sino que al correr contra el salario y ayudar a deprimirlo están deprimiendo la fuente sobre la cual se sostiene su actividad, en la medida en que sus bienes y servicios solo se pueden vender si hay salarios que puedan comprarlos. Lo que la mentalidad de pulpero que habita en muchos comerciantes no les permite ver es precisamente eso: que pagar salarios pobres y “baratos” termina resultándoles más caro que pagar buenos salarios. Que lo que se “ahorran” abaratando la mano de obra o subiendo los precios, lo padecen deprimiendo el consumo.

Esta es una experiencia que ya vivieron en los 90, pero que al parecer muchos ya olvidaron. Pero los que no la olvidaron y la tienen muy clara son los promotores de la guerra económica, quienes embaucándolos en una comunidad de intereses que no es tal, azuzando sus temores, prejuicios y miopías de “clase”, los utilizan como avanzada para desmantelar una política de inclusión y democratización socioeconómica de la que se han beneficiado tanto como los trabajadores que desprecian y temen.

La paradoja keynesiana de los agregados nos ayuda a comprender esto: si en un contexto determinado un actor económico sube los precios puede, en efecto, obtener ganancias extraordinarias. Pero si todos lo hacen se genera el efecto contrario y solo lo podrá ganar aquel que es más fuerte: la transnacional hiperconcentrada o el monopolio. Eso es justo lo que está ocurriendo actualmente, donde la depresión salarial induce a la mayoría a comprar solo lo estrictamente necesario en materia de alimentos, fundamentalmente a las redes más concentradas (Polar y compañía). Pero además, como el único en este contexto que no puede ajustar el precio de su mercancía es el trabajador asalariado que vende su fuerza de trabajo y a cambio recibe un salario (que es el precio de su trabajo) que ni fija ni mucho menos puede variar a voluntad, termina resultando que al reducirse su poder adquisitivo por el alza de los precios, forzosamente a la hora de consumir se vuelve más selectivo y disminuye, reorienta o simplemente suspende la compra de determinados bienes y servicios, lo que se traduce en una caída de las ventas que empieza por afectar a aquellos que son vendedores o prestadores de bienes o servicios no esenciales o de los cuales más fácil se puede prescindir.

La respuesta automática de los comerciantes y productores ante esta situación suele ser subir aún más los precios buscando “protegerse”. Pero está claro que por esta vía lo único que se logra es profundizar aún más la tendencia regresiva, tal y como estamos viendo.

Resumiendo, cada vez que se dice que los aumentos salariales son causantes de inflación, se olvidan dos cosas. La primera, que por lo general –y en el caso venezolano de los últimos años es más que evidente– los mismos suelen darse para reponer la caída del poder adquisitivo afectada por aumento de precios previos. Y la segunda, que en sentido contable estricto, los aumentos de sueldo generan en lo inmediato incrementos de costos, pero no de precios. En la medida en que solo de modo muy extraordinario un aumento de sueldo puede hacer incurrir en pérdidas, entre ambos momentos lo que media es la decisión empresarial de trasladar dicho aumento de costos a los precios finales para mantener su margen de ganancia. En este sentido, lo que hace el empresario es exactamente lo mismo que el trabajador reclama para sí: incrementar su ingreso nominal para mantenerlo en términos reales, es decir, para mantener su poder adquisitivo. ¿Por qué entonces en un caso es “bueno” y entendible y en el otro “malo” y condenable?

Todos los que demonizan los aumentos salariales –incluyendo no pocos de izquierda– invisibilizan la asimetría de poder que permite hacer eso al tiempo que toman partido en contra del débil jurídico y económico, que es el trabajador y la trabajadora. Pero paradójicamente también termina resultando que tomar partido contra ellos es un bumerang que acaba por socavar la existencia de una demanda efectiva y dinámica, nada menos que la condición de posibilidad de cualquier actividad económica.

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