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Por Reinaldo Iturriza

Crónicas oficinescas: Estar despierto

Venezuela | 9 de mayo de 2016

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Por Reinaldo Iturriza

Cuando amaneció el 15 de junio de 2013 tenía la certeza de que sería un día gratificante, como solía serlo cada vez que mi equipo planificaba trabajo voluntario. Apenas diez días antes habíamos organizado la primera de muchas de estas jornadas de trabajo, junto a un grupo de familias que construían sus viviendas en Tanaguarena, en Vargas.

Luego de aquella primera jornada no tuvimos ninguna duda: si la circunstancia de los cargos no es aprovechada para demostrarnos que quienes los ocupan son iguales a nosotros, entonces no tienen ningún sentido. Salvo para quienes encuentran sentido en marcar distancia, pero ese no era nuestro propósito.

Por eso, aquel sábado de junio disfrutamos la oportunidad de trabajar un rato junto a obreros de la construcción en el barrio San José, parroquia Unión, en Barquisimeto, y por la misma razón me provocó mucha risa cuando me informaron que alguien encargado del protocolo había dispuesto una pequeña tarima para que yo me dirigiera a la concurrencia. “Hermano, nosotros no vinimos aquí a dar discursos”.

Con la misma actitud nos llegamos, a media tarde, hasta El Maizal. Nada de discursos. Que tomara la palabra todo el que deseara tomarla. De eso se trataba el gobierno de calle. Escuchar para construir la solución de los problemas de manera colectiva. Hablaron más de treinta personas. Estuvimos allí más de tres horas.

En El Maizal había estado el comandante Chávez, por primera vez, el 5 de marzo de 2009. Exactamente cuatro años antes de su muerte. Entonces, invitó al pueblo campesino a hacer de esas tierras una Comuna. Ángel, uno de sus líderes, me contó que a la sombra de aquel imponente samán, allá a la izquierda, se había tomado un café con Chávez y otros integrantes de su comitiva. Hasta allá fuimos. Hasta allá he vuelto varias veces, buscando refugio. Chávez volvió una vez más, el 29 de noviembre del mismo año, para hacer un Aló, Presidente.

Serían alrededor de las seis de la tarde cuando partimos rumbo a la Comuna Ataroa, en el oeste de Barquisimeto, donde nos esperaba otra asamblea. Ya en La Carucieña, decidimos hacer una parada previa en un puesto de perros calientes. “Dame uno con todo, sin repollo”. Estaban buenos, los condenados. Luego, a seguir escuchando.

Rondaba la medianoche cuando arribamos al hotel. No lo podía creer: un hotel cinco estrellas, de apellido Suites. Recuerdo haber llamado a Zulay para reclamarle la absoluta falta de coherencia. “Coño, más nunca me metan en una vaina así”. Entré a la habitación. Miré de un extremo al otro. Abrí la puerta del baño. Contemplé el paisaje. Los arreglos. Era como burlarme, en la intimidad, de toda la gente que nos había confiado su palabra durante todo el día.

Luego de darme un baño me fui a la cama. En posición horizontal, hundiéndome entre las sábanas, me sentí como Mickey (Brad Pitt), el boxeador gitano de Snatch, el film de Guy Ritchie, luego de recibir el gancho de derecha que lo llevaría, en cámara lenta, a una lona que se hizo aguas bajo su cuerpo, mientras Mickey devenido espectro observaba, desde las profundidades, cómo allá arriba en el ring seguía recibiendo la paliza de su contrincante. Pensé: “Bueno, pero… después de una jornada de trabajo como la que he tenido, ¿acaso no me merezco dormir en una cama tan cómoda como ésta?”.

Esa noche entendí el significado de la palabra aburguesamiento.

“Todo lo que tenía que hacer era quedarse allí, como muerto”, dijo Turkish (Jason Statham), voz en off. Habían arreglado la pelea, y sus propias vidas dependían de que Mickey simulara su derrota. Pero Mickey regresó desde las profundidades, se incorporó, y con un potente directo a la mandíbula mandó a dormir a su oponente.

Más nunca volví a quedarme en un hotel cinco estrellas. Al contrario, llegué a dormir en hoteles de mala muerte. Pero esa es otra historia.

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