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A 40 años de la voladura del avión cubano

Cuando el dolor une las historias

Cuba | 6 de octubre de 2016

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Se disculpa por los desvaríos, porque a veces trastoca las fe­chas y los lugares o no le vienen a la mente las palabras precisas. Ignacio Martínez es un hombre que ha andado mucho por la vida y ya pesan en la memoria 92 años. Pero cuando habla de su hijo no le gusta equivocarse y se esfuerza por recordar, aunque la mirada se nuble a ratos y el sentimiento sea casi palpable. «Hay tristezas que acompañan incluso en la almohada». En­tonces cambia el hilo de la conversación.

Trae al ahora algunos recortes del pasado y termina reviviendo aquellos días en que su pequeño «mataperreaba» por las calles de Luyanó o se bañaba en los aguaceros de mayo como cualquier otro niño. Porque eso fue mucho antes del sabotaje, mucho antes del dolor...

Lo bautizaron con el mismo nombre del padre. Para noso­tros fue Ignacio Martínez Gandía, el joven entrenador que con solo 25 años dirigió el seleccionado cubano de sable en los Juegos Centroamericanos de 1976. Para él, siempre será el mu­chacho estudioso que nunca dio dolores de cabeza a la madre y que guardaba con celo los afiches y pancartas colgados en la pared del cuarto, todos en alusión al deporte. «Vivo orgulloso de mi hijo, del hombre en que se convirtió, del maestro que era».

La hermana de Ignacito, Mercedes, llena los espacios en blanco. «Yo tenía 17 años cuando falleció. Aquel 6 de octubre lo estábamos esperando en casa, con la mesa servida y el plato que más le gustaba: sopa de pollo. ¡Mira qué gustos los de mi hermano! Pero esa noche nadie comió. Recibimos la noticia que uno nunca quiere escuchar».

Ella también se refugia en el pasado, porque hay penas que son muy íntimas, difíciles de compartir. «Era un niño noble, creo que es la palabra que mejor lo define. No le gustaba discutir con nadie ni buscar problemas. Muchas veces era yo, siendo más pequeña que él, la que salía en su defensa cuando otro niño empezaba a molestarlo, y quería fajarme y dar ‘piñazos’. Y él decía: “Mi herma deja eso, no importa”. Así de bueno era».

«Ya de grande siempre andábamos juntos. Incluso había gente que pensaba que éramos pareja porque salíamos a la calle de mano, y nosotros nos reíamos de eso. Él lo hacía también para cuidarme, porque noviecitas no le faltaban. Cuando el teléfono de la casa daba timbre y timbre, los recados eran para Ig­nacito».

Mechi —porque así él la llamaba— también nos cuenta có­mo su hermano tuvo que aprender a vivir con la diabetes luego que los médicos se la detectaran. Eso fue tres años antes del atentado, comenta.

«La enfermedad lo llevó a ser más disciplinado con lo que hacía. Seis cucharadas de arroz y seis de potaje, eso era lo que se servía en el plato, ni más ni menos. Además, todos los días apuntaba en una libreta el comportamiento de la glicemia. Era muy constante con ello».

De pie, en el pasillo de hace 40 años, la hermana saca del baúl otra historia: «Una vez estaba limpiando aquí mismo y él llegó. Entonces para molestarme se puso a bailar en medio de la sala, o mejor dicho, hacía como si estuviera bailando porque era un poco patón. Recuerdo que yo empecé a pelear y a decirle cosas e iba corriendo detrás de él para que no me ensuciara la casa. Él solo se reía. Eran cosas de muchachos».

Nos enseña un retrato, la última foto que Ignacito se hizo. Mercedes la guarda en el mostrador de la cocina, al lado de una réplica de la medalla que su hermano ganó como entrenador en aquellos Juegos Centroamericanos. Y descubro que Ignacio no solo había heredado el nombre, sino también esa mirada de gente humilde, sencilla, «bonachona» que delatan los ojos ya can­sados del padre.

Fue la foto que le tiraron para el pasaporte, relata. Enton­ces volvemos al 6 de octubre, al sabotaje a la aeronave cubana. «Ese viaje estuvo lleno de complicaciones. Las visas no acababan de llegar y no se sabía si finalmente iba a poder participar en los Juegos.

«Ante tantos percances, mi madre quiso decirle que no fuera, que se quedara en casa. Pero no dijo nada. Sabía que Ignacio no le haría caso a sus palabras. Él estaba muy emocionado con el viaje, quería ganar medallas para Cuba».

***

Estaba sentado en un peldaño de la escalera, de esas que tienen forma de caracol. Se le veía sereno, conversador, con ese carisma tan propio de él. Lo rodeaban amigos, compañeros del deporte. Quizá hablaban de esgrima y técnicas de combate, quizá hablaban de amores.

Es el primer recuerdo que tiene Milady Tack-Fang del que fuera su esposo, Orlando López Fuentes. Fue por allá, en 1964, en un tope que se celebró en La Habana. Después sabría que esa fue también la primera vez que Orlandito la vio, que había preguntado por ella, quería saber quién era esa muchacha con rasgos «achinados» que se desplazaba tan bien por la pista. Porque Orlando y Milady compartían muchas cosas en común, entre ellas, la pasión por la esgrima.

«Después coincidimos en otras competencias y entrenamientos, hasta que un día se acercó y elogió mi técnica, mi forma de atacar. En ese momento no me pasó por la cabeza que él estuviera interesado en mí». Nueve años de matrimonio. Ese sería el re­sultado de aquella conversación.

«Nos casamos el 14 de febrero de 1968. Y durante el tiempo que duró, vivimos en una eterna luna de miel».

Fue su bastón, la mano amiga, el soporte que la alentaba a ser mejor atleta. Orlando falleció con 34 años, y el tiempo apenas alcanzó para ser campeón nacional de espada, contador de oficio, y entrenador internacional del elenco cubano.

«Recuerdo que cuando fuimos a los Juegos Panamericanos de México, 1975, yo tenía que cerrar el último asalto. Si ganaba, el equipo femenino de esgrima iba a ser campeón por primera vez en este tipo de lid, y por supuesto estaba nerviosísima. Or­landito me abrazó y me dijo que todo iba a estar bien, que confiara. Cuando gané, él también lloró de alegría, de orgullo».

Era un hombre muy cariñoso, muy sensible, dice Milady. Y como para atestiguarlo enseña la carta que Orlando López escribió a su hijo, al fruto de ese amor, apenas un bebé. «Lo hizo por si algún día él no estaba, para que supiera cuánto lo quería».

«Cuando puedas leer estas líneas ya estarás grande y tu ma­má mucho te habrá hablado de mí, te contará muchas cosas y de lo mucho que ella y yo nos quisimos, y cuantas cosas y recuerdos de amor y cariño teníamos cuando tú naciste. Tú eres para mí lo más grande de este mundo, siempre llévame en tu corazón, y en cada gesto cariñoso y honrado estaré a tu lado guiándote y ayudándote…»

Un fragmento de aquellas líneas, de aquellas letras que se convirtieron en un testamento de amor. La carta tiene como fecha 8 de agosto de 1973. Tres años más tarde, luego del atentado, serían para Milady y su pequeño las únicas palabras de consuelo.

Yo tenía que haber estado en ese vuelo de cubana, confiesa. «Orlando quería que fuera. Me decía: “Chini, dale, vamos… Mi­ra que es la última competencia donde podremos participar los dos juntos”. Pero no pude. Hacía solo unos días que había regresado a Cuba de otro evento internacional, y en realidad no me sentí en condiciones de viajar. También tenía la necesidad como madre de quedarme al lado de nuestro hijo que solo tenía tres años en aquel entonces. En mi lugar fue Nancy Uranga, una es­grimista que ya despuntaba en grande».

Ese 6 de octubre de 1976 Milady fue a recibir a su esposo en el aeropuerto, con un vestido nuevo y el hijo en brazos, como ya era costumbre entre ellos. «El vuelo debía llegar sobre la una de la tarde, pero cuando pregunté en las oficinas de Cubana de Avia­ción me dijeron que no tenían confirmación, que se había retrasado. Así que decidí regresar a la casa y esperarlo allá.

«Pero mi niño no quería irse. Se antojó de ver cómo los aviones despegaban y aterrizaban en la pista del aeropuerto José Martí. Cuando salimos a la terraza, había un avión de la Cruz Roja al que estaban avituallando de equipos médicos y otras cajas... al rato, alzó vuelo. Solo después caí en cuenta. Todo estaba relacionado.

«Esa misma noche había una reunión de la FMC en la cuadra y yo estaba ahí, en casa de la coordinadora. Recuerdo que a las 8:30, después que se acabó el noticiero, sonó el timbre del portón. Era mi sobrina. Lo primero que pensé fue que le había pasado algo al niño. O a mis suegros que vivían con nosotros. Ella solo dijo: “Milady. Por favor, sal un momento”. Y mi preocupación fue mayor. «Tío Orlando murió», musitó en voz baja. «Lo acaban de decir por el televisor». Salí corriendo para la casa.

«Mi suegro, que había escuchado la noticia, confirmó lo que me negaba a creer. Simplemente no podía aceptarlo, repetía que no, que eso no era cierto. Tenía la esperanza de que hubieran caído en alguna isla, de que se hubieran salvado».

El cuñado al verla en ese estado arrancó el carro y salió hacia el aeropuerto. Al menos iba intentar conseguir otra información, corroborar aquella verdad tan dura. Milady se quedó sentada en el contén de la calle, esperando... Pero el infortunio ya había tocado la puerta.


Fuente: Granma

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