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Por Chris Gilbert y Cira Pascual

Desde La Habana: Platicando con la Delegación de Paz de las FARC-EP

19 de abril de 2013

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Por Chris Gilbert y Cira Pascual

Si alguna vez hubiesen existido dudas sobre el carácter esencialmente político de las FARC-EP –como organización que se alzó en armas guiada por una visión política, y que las abandonará cuando su estrategia política se lo dicte– las dudas quedarían descartadas definitivamente frente a las palabras y comportamiento de la Delegación de Paz que se encuentra en La Habana.

Allí, en la linda isla que fue el escenario de una revolución que cambió la faz de América Latina y el mundo, las FARC ha construido un nutrido equipo de interlocutores, que se encuentra en conversaciones con representantes del gobierno de Colombia desde noviembre del año pasado. El cuerpo de 30 miembros muestra la profundidad de la organización y la calidad –tanto en términos humanos como políticos– de los individuos que decidieron jugarse la vida para forjar un futuro democrático y justo para Colombia.

“Las FARC siempre ha tenido voluntad de paz”, nos explica el líder guerrillero Ricardo Téllez en el lobby del Hotel Habana Libre. “Desde su surgimiento en el año lejano de1964, ya se planteaba que somos revolucionarios que buscamos la paz para el país por la vía menos dolorosa, y que el Estado colombiano ha cerrado esa vía”.

La afirmación de Téllez de que las FARC es una organización comprometida con la búsqueda de la paz se evidencia en los múltiples intentos del grupo insurgente de llevar al Estado colombiano a la mesa de negociación: en 1982, durante el gobierno de Belisario Betancur, en 1992 con los diálogos de Caracas y Tlaxcala, y más recientemente en el Caguán, con el presidente Andrés Pastrana.

Téllez explica que en ninguno de estos casos encontraron un deseo genuino por la construcción de la paz en el gobierno. Por ejemplo, en el proceso del Caguán (1999-2002), el gobierno optó por el diálogo porque enfrentaba una situación militar muy difícil, y a causa del auge de protestas sociales en el país. En verdad, el objetivo del establecimiento era rearmarse, tal como hizo con el cruento Plan Colombia, financiado y organizado por los Estados Unidos.

“Nosotros ahora en La Habana hemos venido en búsqueda de esa paz”, Ricardo Téllez continua, “no porque la FARC esté derrotada, no porque tengamos dificultades... además hemos modernizado nuestro aparato militar... [las FARC] se ha habituado a este tipo de guerra”. Téllez explica que lo que es correcto en una situación en la que ni guerrilla ni gobierno pueden someter al otro, es que las dos partes se sienten, en igualdad de condiciones, y busquen una solución política y dialogada al conflicto.

El comandante Andrés Paris, también parte del equipo, expone en otra entrevista el carácter complejo y polifacético de la mesa de diálogo al referirse a las otras “mesas” que no son visibles. Más allá de la mesa de diálogo, en la que se sientan gobierno y guerrilla, está también la “mesa mediática”.

“Inmediatamente se puso en marcha en los diálogos una poderosa maquinaria mediática mundial y colombiana en perfecta coordinación; empezaron a reproducir los estereotipos, los mensajes, y los clichés que han acuñado contra nosotros, las FARC”. La mesa mediática es controlada por poderosos grupos de negocios y representa un obstáculo importante para los intereses del pueblo colombiano en su búsqueda por la paz, explica Paris.

Una tercera “mesa” es la presión militar sobre la insurgencia: el presidente Juan Manuel Santos decidió continuar la guerra durante los diálogos: “Nosotros respondimos a este anuncio presidencial con un cese unilateral de fuegos,” señala Paris. “La mesa que ellos están poniendo en funcionamiento a partir del accionar militar es bastante peligrosa y criminal; encierra el peligro de que alguna de esas acciones pueda ser utilizada como pretexto para interrumpir la mesa de diálogo”.

Pese a las adversidades presentadas por las interferencias militares y mediáticas, la delegación de las FARC está unida y comprometida con el sueño de una Colombia con una paz sustantiva y duradera. Los miembros de la comisión de las FARC suelen advertir que el término paz necesita un “apellido”, afirmando así que es necesario emplear el concepto pleno de “paz con justicia social”, ya que las raíces del conflicto se encuentran en las extremas injusticias sociales en el país, evidenciadas, por ejemplo, por el índice GINI de 0,89 en las áreas rurales.

Pero lo que escuchamos de la delegación de las FARC no es sólo números, ejemplos y argumentos. Hay también una poderosa narrativa humana de vidas entregadas a (y en algunos casos destruidas por) una devoción total a la causa de los oprimidos. Lo que motivó a muchos miembros de las FARC a ingresar a la guerrilla fue el asesinato de familiares o amigos por fuerzas estatales y paramilitares. Otros ingresaron al ver la pobreza extrema del país y el cierre de los canales políticos para el cambio.

Entre estos últimos se encuentra la internacionalista Alexandra Nariño (Tanja Nimeijer) de origen holandés, quién se incorporó a las FARC tras un largo proceso de concientización que comenzó con un intercambio universitario que la llevó a Colombia. Explicando lo que la impulsó a incorporarse, recuerda la experiencia de ver familias completas en la calle, observar a indigentes escarbando en su propia basura, y constatar el terrorismo de Estado desplegado en contra sectores populares y estudiantiles.

“Todos nosotros luchando en la guerrilla tenemos nuestros sueños... no somos máquinas de guerra”. ¿Cuáles son los sueños de Alexandra Nariño en relación al futuro de Colombia? “Yo quisiera que todos los colombianos puedan vivir en paz, pero una paz con educación, una paz con comida y con salud... un país donde haya iguales oportunidades para todo el mundo... donde haya una participación real y popular en la política”.

La Habana, 12 de abril de 2013 Versión original en inglés publicada por MRZine.

Chris Gilbert y Cira Pascual son profesores de Estudios Políticos en la Universidad Bolivariana de Venezuela.

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