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Por Gabriel Ángel

Duele lo que le pasa a Santrich, amarga su efecto

Colombia | 13 de abril de 2018

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Foto: Archivo.

Conocí a Santrich en la Sierra Nevada de Santa Martha, en Chimila, un pueblecito de su ladera occidental, en los tiempos en que las Farc andábamos haciendo trabajo político por una Asamblea Nacional Constituyente, en el año noventa. Era un joven abogado invitado de Barranquilla, para hacer una exposición sobre las implicaciones políticas y jurídicas del asunto.

Un tiempo después me sorprendí al regresar de una misión, cuando lo encontré en el campamento, en condición de guerrillero. Había ingresado a filas. Pronto nos hicimos buenos amigos, era un muchacho culto, muy inteligente, inquieto. Además de derecho había estudiado historia, y conversar con él resultaba sumamente agradable.

Mi traslado al Magdalena Medio truncó aquella relación cercana. Pasaron muchos años antes de que volviera a encontrarme con él, en el Caguán. Como encargado de la emisora del bloque Caribe, había acudido a un encuentro de intercambio con otras emisoras en el Bloque Oriental. Para entonces ya lo noté algo distante, iba acompañado de Cristian Pérez, el cantante.

Hablamos apenas un par de veces, antes de que El Mono los despachara a los dos de regreso a su Bloque. Desde entonces solo tuve referencias de él, por las revistas Resistencia, por sus escritos, por alguno que otro video donde aparecía. Me parecía que se estaba encumbrando. Luego de la muerte del Camarada Efraín Guzmán, supe que lo habían promovido al Estado Mayor Central.

Volví a encontrarlo en las vueltas para las conversaciones de paz de La Habana. Para entonces había perdido su visión como consecuencia de una enfermedad, y por tanto usaba lentes oscuros. Volvimos a conversar y tratarnos como en los viejos tiempos de veinte años atrás, intercambiamos música, hablamos de vallenatos y hasta parrandeamos alguna vez con ellos.

Sin embargo, nuestras relaciones comenzaron a ensombrecerse como consecuencia de diferencias notorias en materia de enfoque político. Siempre me ha costado trabajo disimular cuando alguien hace afirmaciones que en mi parecer no se corresponden con la línea de la organización. Probablemente a Santrich le ocurría igual, así que nuestras discusiones crecieron.

Hasta el punto, que no me dejará de parecer negativo, de dañar nuestra relación personal. Santrich me retiró el saludo y ya no hubo nada que hacer. El fondo de nuestras diferencias adquirió un nivel ideológico, en mi parecer sus posiciones políticas eran demasiado extremas. Para mí, en la Mesa solo era posible alcanzar un Acuerdo, él creía que podía generarse una revolución.

Con independencia de esas diferencias, incluso de su indiferencia hacia mí, Santrich siempre fue un camarada de Partido con quien no coincidía plenamente. Nos han enseñado que las contradicciones no son malas, ni reprochables, de ellas es que surge el desarrollo, todo proceso está formado por posiciones distintas que chocan permanentemente.

Reconozco en Santrich capacidades extraordinarias. Pese a su ceguera, aprendió a relacionarse con su entorno y a dominarlo con desenvoltura. Tiene corazón de artista, pinta, realiza esculturas, escribe poemas, toca varios instrumentos musicales. Alguna vez me regaló una dulzaina y me dio instrucciones detalladas acerca de cómo aprender a usarla.

También es un contradictor formidable, con algo de arrogancia, como corresponde con frecuencia a quien considera que la verdad es la suya. El país conoció sus salidas, no siempre las más afortunadas, durante el proceso de paz de La Habana. En la Farc comenzaron a producir conmoción sus posturas. Santrich es sin duda alguna un personaje polémico.

Debo confesar que me sacudió su captura. Es cierto, nuestro partido ha sido víctima de los ataques más diversos, que hacen parecer una burla el cumplimiento del Estado a los Acuerdos de Paz. La lista sería interminable. El allanamiento y aprehensión de un dirigente de nuestro partido, con fines de extradición, no podía significar sino el más atrevido de todos.

Por eso me identifico con el sentido del comunicado inicial de nuestro partido al respecto. La solidaridad es un deber, y más entre los revolucionarios. Desde las conversaciones en la Mesa, tuvimos claro que nuestra reincorporación cambiaría por completo nuestras vidas. Si queríamos mantener nuestra frente en alto, debía caracterizarnos la transparencia más absoluta.

Ahora salen por cuenta de la Fiscalía, algunos audios que resultan por lo menos desconcertantes. Produce verdadero estremecimiento imaginar el significado que tendría lo que de ellos se desprende, tanto que no me atrevo a escribirlo. Todo el mundo, incluido Santrich, tiene derecho a la presunción de inocencia, a no ser condenado sin un juicio justo.

Pero quizás sea él mismo quien debe empezar a aclararlo todo. Ahí ronda algo turbio por cuenta de alguien. Nuestro partido no tiene, ni admite, ningún nexo con conductas ilícitas. Ni armas, ni conspiraciones, ni drogas. Ingresamos a la legalidad con todas sus consecuencias, así lo firmamos en La Habana. Santrich también, duele que le pase esto, amarga profundamente.

Pero todo tiene un límite admisible, esperamos que pueda probar su inocencia.


Tomado de: Las 2 Orillas

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