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Cotratiempo: Alejandro Ochoa

El Chavismo como identidad política. Una primera escaramuza

Venezuela | 2 de junio de 2016

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¡Chávez ya no soy yo!, ¡Chávez es un pueblo!

"(Hugo Chávez, 2012)

Parecen retumbar aún en los oídos y ojalá en los corazones de todos los venezolanos, aquella frase telúrica con la cual Chávez comenzó su campaña electoral hacia la eternidad sin nosotros saberlo. Se trata de la expansión de Chávez hacía un cuerpo colectivo que se integraba así hacía una coherencia que estando no acabada tenía elementos distintivos para suponer que aportaba elementos de identidad.

Debemos comenzar por una idea que en estos tiempos requiere justificación: ¿Por qué debe retumbar el “todo somos Chávez”? Nótese que no hemos señalado que todos deben aceptar la sentencia como cierta, aspiración colectiva venezolana. En realidad, lo que queremos señalar es que la invitación de pensarnos en torno a una identidad es una invitación que no se puede desdeñar sin que ello implique elostracismo, la enajenación y casi que el exilio voluntario. La dimensión de la invitación de Chávez hay que desplegarla en dosmomentos.

El primero es la actualización sobre la pregunta fundamental de cualquier gentilicio o afiliación política total. Porque esencialmente eso es lo que nos invita Chávez como tarea: Pensarnos en la realización de cada quien en el marco de una aspiración colectiva. No se trata de que todos pensemos igual, sino que la orientación de nuestras acciones tengan una pretensión política. Es un reclamo esencial a la condición humana devenida a menos en estos tiempos donde suponemos que el individualismo es la única posibilidad de sobrevivencia. Si la invitación es lícita para quienes se dicen chavistas, es una condición necesaria para quien repudia, difiere o confronta a Chávez. La razón es evidente pero es menester enunciarla: Su identidad no puede quedarse en “ser no Chávez” porque su condición política se empobrece hasta la muerte. Rechazar la identidad política lejos de ser un acto de valentía es una cobardía que enajena. De modo que debemos asumir que la actualización de la identidad política requiere entonces asumir la historia de nuestro gentilicio como legado esencialmente cambiante y espacio de reflexión. Alguien dirá que debió haber dicho “Todos somos Bolívar”, pero eso sería querer ajustar el reloj histórico a los inicios del siglo XXI o a los comienzos del siglo XIX, perderíamos de vista el meollo de la invitación: actualizar la identidad política del venezolano.

El segundo momento tiene que ver con el contenido de esa identidad colectiva y para ello apelaré a las tres condiciones que sigo manteniendo son las grandes líneas sobre las cuales se pensó Chávez: a) La dimensión de una patria grande, b) La vocación anti-imperialista y c) el cultivo de la verdad. Es evidente que el privilegiar estos aspectos ocultan otros que seguramente algunos consideran más o igualmente importantes, le invito a participar en el debate que esto pretende alentar.

La condición de una patria grande latinoamericana como el espacio de reflexión de la acción política es quizás demasiado ambicioso en momentos cuando cada país se sume en sus problemas y decide voltear la
mirada ante la desgracia del vecino geográfico o ideológico. En realidad, la apuesta de ser en el mundo globalizado puede responderse individualmente y entonces plegarse al poderoso es la respuesta más conveniente en lo inmediato pero la menos estable de todas. Lo contrario, aceptar una identidad política supranacional desde una postura de igualdad debiera contribuir a una inserción más costosa pero menos precaria en el largo plazo. Los tiempos nos indican que los anillos de seguridad regional se resquebrajan a despecho de los pueblos y vulneran las condiciones de posibilidad de un mundo pluripolar que abra el espectro político y con ello las posibilidades a los más vulnerables de los pueblos más vulnerados del mundo. Es una apuesta hecha desde una condición de la humanidad como aspiración y no como excusa. Esa inveterada costumbre que se practica ahora de reclamar lo humanitario como criterio para someter pueblos, exterminarlos y execrarlos por la simple razón de pensar diferente. Las crisis humanitarias en el presente son la excusa perfecta para derrocar gobiernos y enajenar pueblos.

La vocación anti-imperialista va mucho más allá de los polos de poder mundial. Se es anti-imperialista porque esencialmente se rechaza toda pretensión de cooptación e imposición autoritaria. Venga de donde venga y en el plano que sea, la unidad en la acción es una construcción colectiva que es perfectible y sujeta continuamente a la revisión de sus fundamentos y conveniencias. No puede apelarse a la razón de los fines para claudicar en la definición de los medios. La coherencia demanda que la injerencia en los espacios de decisión de agentes a quienes no corresponde no sólo puede ser en el plano internacional. La identidad política del chavismo pasa por la condición protagónica de la politica y eso es hacerse continuamente la pregunta sobre la legitimidad de nuestras acciones. A buen entendedor, algunas dudas le asaltarán en los modos de conducción política que vemos en estos tiempos en Venezuela. El no chavismo no está exento de sus autoritarismos, pero siempre nos quedará la duda de si lo apoya o es efecto de la indiferencia y no más.

Finalmente, el cultivo de la verdad. Esta es esencial en estos tiempos en que la verdad se confunde con conveniencia y entonces se anda por las ramas para evitar llegar a las raíces de nuestros fracasos y también de nuestros logros como sujetos políticos. Probablemente, lo que vimos en Chávez a lo largo de su vida pública nos revele que ocultó verdades y eso en el ámbito de la política como la procura de preservar el poder pueda ser bien visto. Pero, a despecho de esa circunstancia, nadie puede negar que supo cultivar la verdad para guiar algunas acciones que fueron evidentes iban en dirección contraria a sus aspiraciones políticas e incluso humanas. El cultivo de la verdad no es un tema para distinguirse por encima de los otros, sino en un acto de reconocimiento de la finituda del ser humano. El cultivo de la verdad lejos de arrogancia demanda humildad para reconocerla y la magnanimidad para defenderla. Sobre esta condición, es esencial hacernos fuertes para saber que la verdad puede no gustarnos, pero es la verdad. Con ella, la verdad como guía, las acciones serán auténticamente políticas en el sentido de construir el bienestar común. Esta es la base primaria o mínima para cualquier pretensión de construir con los otros, lo que en suma llamaríamos el fundamento de cualquier socialismo.

Los tiempos actuales parecen amenazar la conveniencia de estos principios en la procura de realizar el proyecto encarnado por Chávez. Pero entonces, es menester volver a aquella invitación primera: Actualizar la identidad política del chavismo. No hacerlo, pone en riesgo de fosilización estos principios y convertirse en etiquetas que ocultan agendas ocultas, mentiras piadosas, verdades a medias y revolución en fuga. Definitivamente, las revoluciones no se defienden sino que se hacen. A la luz de estos tiempos, el proyecto de Chávez es objeto de múltiples lecturas y variadas interpretaciones. ¿Estarán dadas las condiciones para la unidad en esa diáspora del chavismo?

A TIEMPO: Los imperios no los mueve la verdad, pero llegar al sitio del holocausto nuclear y anunciar que la muerte bajó del cielo es un acto de soberbia descomunal, digno de quien hereda sin sonrojo, el acto más criminal del siglo XX. El basurero de la historia sigue siendo un destino gentil para algunos.

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