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Por Geraldina Colotti

El Grupo de Lima, malechores a sueldo de Washington

22 de febrero de 2018

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Cancilleres del autodenominado Grupo de Lima, reunidos en Toronto. Foto: EFE.

Editorial de Radio Revolución

Un grupo de estados canallas trata de troncar el proceso de integración latinoamericana guiado por Cuba y Venezuela. Y para hacerlo debe estrangular al socialismo bolivariano. Hablamos del llamado grupo de Lima compuesto por 12 países neoliberales: Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá. Se hacen llamar así porque en la capital peruana luego de la aprobación de la Asamblea Nacional Constituyente en Venezuela, el 30 de Julio del 2017, han suscrito una declaración belicosa contra el gobierno bolivariano: por denunciar la presunta “ruptura del hilo constitucional”. La constituyente, organismo plenipotenciario aprobado por 8 millones y medio de votantes, ha llevado la paz en el país luego de meses de protestas violentas de las derechas. Maduro ha puesto el mandato en las manos de la Asamblea Constituyente, es decir del poder popular. Todo lo contrario de dictadura.

Este grupo de Lima ahora quisiera impedir la participación de Maduro a la Cumbre de las Américas, que se llevará a cabo en la capital peruana el 13 y 14 de abril. Los países canallas no tienen ningún título para hacerlo, como no lo tenían para cumplir las numerosas injerencias contra la soberanía de Venezuela. Pero lo han hecho. Y cosí, el Perú del corrupto Kuczynski, que no tendría ninguna autoridad moral para dar lecciones, retira la invitación a Maduro, declarada persona no grata y que hasta ha sido amenazado “manu militari” en el caso que decida igualmente ir a Lima: “¿Por qué me temen, de qué cosa tienen miedo? ha dicho Maduro, reafirmando su intención de ir de todas maneras a la Cumbre.

Mientras tanto, los Estados Unidos maniobran para desestabilizar el país bolivariano en sus fronteras: principalmente en aquella colombiana, donde se trata de crear incidentes que justifiquen una intervención armada, disfrazada de “injerencia humanitaria”. Y se multiplican los sabotajes a los cableados de la red eléctrica. Desde el 2017 hasta hoy son al menos 45 las personas muertas intentando dejar en la oscuridad al país tropical, provocando daños incalculables también a la economía si los frigoríferos permaneces apagados.

Sábado y domingo próximo la Fuerza Armada Nacional Bolivariana junto al pueblo venezolano, desarrollará maniobras de autodefensa para demostrar, como ha dicho el presidente, que Venezuela “es territorio de independencia, de dignidad y de paz”. Una operación de defensa integral que se repite cada vez que las amenazas de invasión se hacen más cercanas: para decir que aquella bolivariana “es una revolución pacífica, pero armada”.

Desde cuando Chávez ha ganado las elecciones presidenciales, en diciembre de 1998, Venezuela está sometida a una guerra de débil intensidad que ha tenido un primer pico con el golpe de abril del 2002 y una aceleración luego de la muerte de Chávez, el 5 de marzo del 2013. Una guerra económica y mediática que ha agudizado los problemas históricos del país bolivariano, y ha invertido los términos de la puesta en juego y las responsabilidades de los actores en campo.

A diferencia de cuanto ha sucedido y sucede ahora en Europa, el fascismo en Venezuela no reivindica las propias banderas, sino que se camufla con un discurso más apetecible para los buenos salones de Europa: aunque si los objetivos que persigue son claros, como se ha visto durante las violencias estalladas en abril del 2017. En aquella ocasión, ha actuado un carnaval de símbolos, bendecidos por el partido de las jerarquías vaticanas, ha presentado un casting de videojuegos y superhéroes hollywoodienses. Sólo que a ser quemadas vivas eran personas verdaderas: afro-venezolanos pobres o chavistas. Sólo que a morir por las bombas artesanales eran personas verdaderas. ¿Estaba el pueblo? Sí, pero era un pueblo mercenario, pagado y sin conciencia, como han documentado algunas investigaciones periodísticas, muy poco publicitadas.

Pero tanto así. Para aquella izquierda italiana que ha usado los vestidos de la derecha hasta abrir de par en par las calles al fascismo, ningún problema: permanecían pacíficos manifestantes, de premiar con el Sackarov y de invitar con gran pompa al parlamento, mientras se votaban las sanciones económicas contra el gobierno de Venezuela. Hambrear a un pueblo para obligarlo a cambiar idea o a aceptar sin reaccionar las propias cadenas. ¿Qué cosa hay más democrática?

Ahora Europa une su voz canalla a la del grupo de Lima: para decir que no reconocerán las elecciones presidenciales fijadas para el 22 de abril en Venezuela. Obviamente, no reconocerán la victoria de Maduro si el pueblo lo querrá de nuevo.
No tienen la autoridad para hacerlo, pero lo hacen. Las llamadas instituciones internacionales cuando sirve vuelven a ser instrumentos de guerra o a esconderse tras las hojas de parra para las maniobras imperialistas. Desde aquí a las elecciones, las derechas subversivas tratarán de inventarse cualquier cosa. Esperando que aquel “cualquier cosa”- anunciado por las maniobras militares en las fronteras con Venezuela - salga del sombrero mágico del gran padrino norteamericano. Europa aplaude: ¿cosa hay de más democrático de los señores Santos, Piñera, Temer etc?
Y, sin embargo, bastaría preguntarse: pero ¿por qué darse tanto que hacer si, como sostienen las derechas, Maduro no tendría más el consenso del país? Se lo podría sepultar con los votos contrarios. ¿Y por qué si el socialismo bolivariano ha fracasado, el pueblo oprimido no se ha liberado?

Es verdad que el socialismo bolivariano atraviesa una difícil transición en la que deberá resolver el enfrentamiento interno entre quien quiere retornar quedándose en los privilegios y en el compromiso con la burguesía, y quien, por el contrario, construye otra prospectiva: aquella del socialismo y de las comunas, y que está recogiendo propuestas para el plan estratégico que guiará los próximos seis años, el nuevo Plan de la Patria. Mientras tanto, está en nosotros también construir una orilla, no más confiándose a los cambios de puestos, sino finalmente confiando en el poder popular.

Traducción Gabriela Pereira

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