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Por Alejandro Ochoa

El Incómodo Bolívar

Venezuela | 14 de enero de 2016

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"¡Oh, no! En calma no se puede hablar de aquel

que no vivió jamás en ella:

¡de Bolívar se puede hablar con una montaña por tribuna

o entre relámpagos y rayos,

o con un manojo de pueblos libres en el puño,

y la tiranía descabezada a los pies..." (José Marti, 1893)

Por Alejandro Ochoa

La destemplada y poco edificante actitud del actual presidente de la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela ha sorprendido no por quien lo hace ni siquiera por el acto mismo sino por la aparente intención que tiene el hacer público un acto del desconocimiento del otro que piensa diferente, por la vía de atacar un símbolo que parece seguir siendo visceralmente nuestro: Bolívar. El tema ha sido manejado como aparentemente se están manejando cada vez más y de forma exclusiva los asuntos públicos: mediáticamente.

Es una lástima porque precisamente ese tema requiere de un piso fundamentalmente distinto para debatirse. Pero no se trata de un problema de medios sino de los medios que son. Es decir, los medios de comunicación se han instalado en el imaginario colectivo venezolano en términos de parcelas donde "compramos" la realidad que nos gusta. En consecuencia, el debate queda inscrito en la burbuja de cada cual en dónde el disenso y la diferencia es casi una afrenta. Ello deja poco espacio para el encuentro de opiniones distintas y surge, por contraste, la homogeneidad que le resta brillo a la posibilidad de comprender los bordes de cada burbuja. Allí precisamente es dónde Bolívar se nos hace incómodo a todos los venezolanos. Veamos el tenor de esa incomodidad porque ella nos revela un trasfondo histórico que hemos de señalar una y otra vez: la ausencia de una identidad nacional como el sedimento de una construcción colectiva.

El que Bolívar pueda tener bordes donde su figura termina es simplemente humano, pero para la idea Bolívar, esa que el poeta Neruda pone a nombrar todo cuanto nombrar se pueda en nuestra tierra, es otro tema y es allí donde los bordes se nos vuelven corazón y pasión. Seguramente Bolívar tiene tanto aciertos como errores, porque sólo los hombres con arrojo acometen tareas prometeicas, pero la idea de Bolívar encarna el espacio del encuentro de los venezolanos. Pero resulta que desde hace años ese encuentro ya no transcurre en la placidez de los salones de historia, el recreo de los tranquilos historiadores sino que se ha mudado a una suerte de idea resurrecta por volver a galopar en la constitución de una nueva independencia. Inevitable no recordar ahora, al menos para el cultivo del espíritu, al discurso que a propósito del bicentenario del natalicio de Bolívar nos diera Briceño Guerrero (ver http://servicio.bc.uc.edu.ve/multidisciplinarias/zona-torrida/num42/art4.pdf).

Bolívar es una incomodidad histórica, es un contratiempo para decirlo en su justa medida. Gracias a una constitución de la república inspirada en las ideas bolivarianas se instala, precariamente en los venezolanos, una idea-fuerza que pudiera dar lugar a una historia distinta donde el Padre de la Patria pueda en realidad, tener una hija. La apuesta es históricamente temeraria porque los estados nación se desdibujan vertiginosamente para constituirse en enclaves de poderes trasnacionales y cinturones de miseria cada vez menos necesarios y cada vez más peligrosos. Ese es el contratiempo histórico que enfrentan los poderes fácticos: la posibilidad de que surja un espíritu colectivo con referencia a Bolívar y que demande un modo distinto de gobernar a la siempre indómita Venezuela. Es ese el temor que descompone gestos, que procura fervientemente volver al Bolívar clásico ya no como imagen visual sino como referencia histórica. La posibilidad que la estatua sea sustituida por las ideas de Bolívar es una amenaza demasiado grande y, hay que decirlo pronto para evitar el acto, se convierte también en un botín que puede caer en manos inescrupulosas. Bolívar es, a estas alturas de la historia, una incomodidad casi universal.
La construcción de la patria es inevitablemente un ejercicio dialéctico, complejo y es esencialmente político. En estos tiempos, esa posibilidad se hace aún más precaria porque la demanda de lo político se va quedando en el cálculo egocéntrico de la satisfacción de los intereses individuales o sectoriales. Nadie puede ocultar que existen oportunistas que cabalgando sobre la figura de Bolívar se han hecho ricos saqueando y violando a la patria: la hija de Bolívar. Los han denominado boliburgueses en un juego inteligente para matar dos pájaros de un sólo tiro: Al timador de esperanzas en nombre de la patria y ensuciar al nombre de Bolívar para deteriorar la idea bolivariana misma. A fin de cuentas, no es poca cosa vincular la idea de Bolívar con ladrones, para despreciar a los ladrones y a Bolívar, en nombre de la libertad. La contraparte a esta desgracia histórica es la construcción de un nuevo sujeto político colectivo bolivariano, tarea aún por realizar pero que ve mostrando tener presencia entre nosotros, a pesar de todo y de todos.

La incomodidad de Bolívar es nuestra. Con ello queremos decir que si nos incomoda es porque no sabemos aún que lugar darle, pero que por encima de todas las cosas, no nos es indiferente. De distinto tenor es la incomodidad que sienten aquellos a Bolívar como una indeseable presencia. Saber con precisión hasta donde la presencia de Bolívar es una pregunta o una afrenta constituye una medida del papel que aspira cada quien jugar en la construcción de la patria.

A Tiempo: El desagravio a los grandes hombres no se hace con sus rostros y nombres, sino con sus ideas. Pudiéramos decir que promover el ideal bolivariano es mucho más digno que dibujar su rostro, cualquiera que él sea. Sembrar la idea-Bolívar para cosechar bolivarianos es quizás el mejor desagravio, aun cuando nos sea incómodo.


Fuente: tatuytv.org

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