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Por Indira Carpio Olivo

El Pacto III

Venezuela | 25 de octubre de 2018

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Ella gritó con una súbita nota chillona en la voz, y agitó el cuerpo, y se contorsionó, y echó atrás la cabeza, y mi boca quejosa, señores del jurado, llegó casi hasta su cuello desnudo, mientras sofocaba contra su pecho izquierdo el último latido del éxtasis más prolongado que haya conocido nunca hombre o monstruo.

Lolita, Vladimir Nabokov

El cortometraje que presenta M a los oficiales del Cicpc es uno de los cinco que encontraran en la computadora del profesor H. Después de una inspección técnica, los oficiales consignan pruebas de tres computadoras más, una de las cuales es la joya de la corona, “la plateada”. La máquina que las denunciantes aseguran guarda miles de fotos y vídeos de estudiantes.

Hubo una vez que H sentó a M frente a “la plateada” a mirar el vídeo de una de las estudiantes de la “vieja guardia”. En el cortometraje, la muchacha se masturbaba mientras vomitaba un texto. La imagen muestra a H de espalda a la cámara. Su cabeza es la referencia. El corto termina cuando H se encima sobre la chica. “Esa computadora no tiene internet, porque temía que se la hackearan”, explica M.

 

La causa de las seis estudiantes ha sido ralentizada. La denuncia inicial ocurrió el 8 de junio. El 11 de septiembre, H golpeó a la defensora pública de las estudiantes en el pasillo de la fiscalía y fue encarcelado en El Valle, durante 48 horas, detenido en flagrancia. Allí, amenazó de muerte a M. Desde entonces, acosa a las 6 a través de terceros. De terceras, más específicamente. En este momento, tiene bajo su “cuido” a otras estudiantes, encargadas de velar por la reputación de H, en la universidad.

La Universidad. Una profesora, al tanto de los delitos contra las seis estudiantes, ha intercedido entre sus colegas para que sean escuchadas. El rector, y luego la rectora, han ignorado sus ruegos. El último recurso de las estudiantes fue emboscar al ministro en cuya cartera se inscribe la universidad, para contar lo sucedido. En ese momento, la rectora “supo” prestar oídos a la denuncia. Lo cierto es que, al estar siendo investigado, la universidad dice no poder hacer nada. Uno de los profesores sensibilizados, porque “imagínate que le hicieran esto a mi hija”, retiró la carga académica a H, so pretexto que el profesor H está cumpliendo labores en un medio de comunicación público.

 

M estuvo bajo los influjos de H por cinco años, desde los 19. Durante los cuales fue golpeada, abusada, acosada, grabada, fotografiada, bajo condiciones de sumisión. M vivió en casa de H. El profesor asegura que fue pareja de la estudiante, situación que según él lo excusaría de sus abusos. M, lo niega. A través de las redes, H se muestra en fotografías con la mujer que vive (su compañera, según todas las denunciantes) y junto a su familia, aunque ambos testifican no tener ninguna relación sentimental entre ellos. H, estaría siendo investigado -entre otros delitos- por abuso piscológico, que, de ser comprobado, solo acarrearía talleres para “mejorar” la conducta del profesor.

¿Qué hace H con los cortometrajes? ¿Quién financia la producción? El profesor le promete a las estudiantes enviar las películas a festivales internacionales de cine. Pero no hay prueba de que lo haya hecho, porque enviar los cortos implica pagar por ello, y M duda de la calidad de un trabajo que califica como pornográfico. Una de las veces que la golpeó, ella le preguntaba ¿cuál era la diferencia entre erotismo y pornografía? “Por supuesto que no respondió”, se explica M.

Detalla: “mi corto se hizo con los implementos de los estudiantes: sus cámaras, su maquillaje, en la casa de H. Pero el vídeo de B se hizo con cámaras profesionales”. La diferencia de tiempo entre un corto y otro fue un semestre, en 2017. ¿De dónde salieron los equipos nuevos? ¿Con qué sueldo pagaría H todas sus computadoras, micrófonos, cámaras? Según la estudiante, es muy probable que el profesor estuviera negociando la venta del material pornográfico con empresarios panameños, posibles financistas, sin el consentimiento de ninguna de las participantes.

Fuentes policiales, que prefieren el anonimato, aseguran que la fiscalía que lleva el caso pretende torcer los caminos y enmascarar la posible conformación de una red de distribución y comercialización de pornografía, que acarrearían hasta 20 años de prisión para el profesor H. La violencia contra la mujer solo sería una causa instrumental.

Al final, los policías han ayudado a las denunciantes. Han solicitado al Ministerio Público orden de aprehensión contra el profesor H, en dos oportunidades. Y ambas han sido negadas.

 

En la preparación de uno de los últimos cortometrajes, M conoció a C. Se enamoraron. H lo consideró una traición. Dijo a C que “no mataba a M porque él no era un misógino”. C se asustó. Todo se le cae de las manos cuando lo ve. La salud de M es frágil y se cae de las manos también. Antes de que se desplomara el castillo de naipes, M dejó al profesor H ir hasta su casa. Estuvo desde la seis de la tarde hasta la seis de la mañana del día siguiente, amenazándola con tirarse por la ventana, con cortarse las venas. “Tuve que hacer mucha fuerza para que no lo lograra”. Después de aquella escena, se encontraron nuevamente en el trabajo, en el que H era jefe de M. “Yo sé que necesitas el dinero”, convenció a la estudiante. El día que M llegó tarde porque estaba enferma, H entró en cólera e hizo salir a todos de la oficina de aquel medio público. Bramó. Pero antes de que sucediese algo peor, M actuó por primera vez en defensa propia. H “detesta ser expuesto”. M crujió, hasta que un grito abrió las puertas. Y así fue que pudo escapar. En las próximas horas, H haría un escándalo en un café del centro de la ciudad cuando encontrara a las estudiantes M y C, sentadas en una mesa del local. “No las mato porque no soy un misógino, malditas mentirosas”.

M redactó el trabajo de ascenso del profesor H, un texto que habla sobre cómo los humanos juegan a ser dioses y se reconstruyen mediante los avances tecnológicos, avances que luego se revierten en contra de su propia humanidad, un encuentro con el hijo de Mary Shelley.

No todas las denunciantes fueron fotografiadas, ni videograbadas. Todas fueron abusadas. C, se consideró su “llavero”, término con el que señalan a la chica de turno, aquella que lleva y trae la maleta, compra el café, elabora las clases, es asistente, preparadora, “su luz” (otra), mejor amiga. Llegó a poner en duda sus propio aliento en manos de H. “Es un manipulador”.

El amor entre M y C las ha salvado y, a la vez, las ha expuesto a la furia del “traicionado” por la mujer hermosa.

 

Después de cinco años, M se habla con su mamá. “Yo estoy segura de que entre esas muchachas (las denunciantes), tú no estás, porque tú si le meterías un coñazo a un tipo como ése”, le dijo la madre a la hija. Excepto una madre de las denunciantes, ninguna sabe lo que sufren sus hijas. H las protegía de la hipocresía de las instituciones como la familia y de los hombres, “quienes no les permitían desarrollarse como mujeres”. Solo él, sabía y podía.

E, es una nueva Lolita y sería la otra mujer de H, ahora. Con sus recién cumplidos 20 años, la estudiante vive intermitentemente en la misma casa con el profesor y su mujer “de siempre” (la de trastornos por déficit de atención). Trabaja para H en el canal público. Recientemente, habría grabado un corto en el que representa a una niña de 15 años, en un trío sexual. Y, ha sido su esclava desde 2014, “su mano derecha”, pero no prospera porque es “negra”, al decir de H. Ella, se mantiene. Se van pocas, otras quedan, muchas llegan.

 

Ninguna de las seis denunciantes ha recibido atención psicológica del Estado, además de las expertas que las vieran para determinar que, efectivamente, están diciendo la verdad y han sido abusadas. Este trabajo recurre a siglas para nombrar a las víctimas del profesor H, y contar el modus operandi del “loco”, como le llaman. Es muy probable que haya una inicial para cada “sierva” en las 27 letras del abecedario, y por cada grafema varias presas.

De comprobarse su participación en una red de pornografía donde expone, sin autorización la integridad de sus estudiantes, además de misógino, H sería un delincuente. Y como en toda red, caerían como fichas de dominó sus colaboradores.

El primero en romper el pacto sería el profesor H. Mentiría y usaría “la luz” de sus estudiantes a cambio de divisas. La idea, el espíritu de la idea, se le cayó de las manos y ahora es el cuerpo deforme de una mujer hecha con los pedazos de muchas, que trata de arrancar el velo a su doctor Frankenstein.

 

Se cambiaron los nombres por siglas, para proteger la identidad de las participantes en esta historia. Es la tercera parte de una pesadilla. El objetivo de contar lo sucedido, además de acelerar los ritmos burocráticos de la justicia, consiste en alertar a otras niñas y mujeres sobre las formas en las que actúan los depredadores y dar el primer paso para desentrañar las redes de la pornografía local. La sociedad los pare. La sociedad los debe abortar.


Fuente: VTActual

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