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Por Alejandro Ochoa

El fracking en la revolución: ¿Sociedad de cómplices?

Venezuela | 4 de agosto de 2016

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El debate político en Venezuela ha adquirido dimensiones que son realmente terribles. Desnudas de cualquier intento por justificar y potenciar a una democracia que delibera, se va ocultando, o acaso revelando torpemente, como una democracia que “trina”. Una democracia que se queda en el graznido breve y sin argumentos de los actores que están llamados a ser heraldos de una forma de hacer política.

El resultado es poco menos que desolador para una democracia que tiene atributos envidiables en cualquier parte del mundo: joven, recién constituida desde una dimensión que anuncia el protagonismo de todos, definida desde una postura que privilegia la condición del ciudadano por encima de la de ser elector o consumidor. Entonces, ¿Qué ocurre con la voluntad política?

La política que se hace desde una oposición pobremente constituida porque no se atreve a presentar el proyecto de país en el plano de la agonía que es la esfera pública, es una política cosmética. Es decir, una política que tiene a la verdad como accesorio (si es útil, vale. De lo contrario, mienta!), que entiende por debate la negación sostenida a lo largo de años de la existencia de un otro que está no sólo presente en la coyuntura política del presente sino que además
representa una trayectoria histórica que se hunde en los años de la independencia y que de cuando en cuando se ha asomado para reclamar su existencia. En fin, una idea de lo político como el mecanismos estratégico para arrebatar el poder y preservarlo, al costo de lo que sea. Lo que se dirá, es la noción moderna de lo político en una lectura superficial de Maquiavelo.

Desde el lado del otrora Polo Patriótico, la circunstancia política parece ser más crítica. Es decir, posee los elementos suficientes para plantearse el tema político como esencial y constituyente de la condición humana y, de forma más modesta, de aquello que podríamos llamar una venezolaneidad en tiempos de parto. Porque es evidente que en las distintas fuerzas del polo patriótico se ha dado un proceso de
“fracking político”. Veamos la metáfora, para que no nos confundamos.

El “fracking” es una técnica de fractura que se hace en el subsuelo para llegar de forma más expedita al bien que se busca: petróleo o gas. Ha sido una técnica que ha tenido detractores y defensores pero que a fin de cuentas, muestra que no hay modo de evitar que queriendo alcanzar lo que se busca, hasta fracturar lo que lo contiene, se hace conveniente, en este caso, la tierra. Pues bien, por “fracking político” deberá entenderse el intento por fracturar la política con el propósito de alcanzar el bien que se busca. Pues bien, parece que lo buscado por la técnica que ahora distintos actores del Polo Patriótico aplican es el secreto mejor guardado. Poder dibujar los escenarios, nos permitirá saber el lugar dónde yace la única fórmula posible para la sobrevivencia de un proyecto político contrahegemónico: Unidad, lucha, contradicción y victoria. Se cambia “batalla” por contradicción porque nos interesa distinguir y con ello realzar el llamado a pensar el tema político en la revolución como un territorio aún por definir, conquistar y enriquecer. Por tanto, más que un asunto de facciones en lucha por el mismo bien, es el debate entre facciones que aún no saben que nombre deben ponerle al futuro y entonces, solamente entonces, convencer al otro.

El drama del escenario para la revolución bolivariana en este momento es que se ha quedado en lo inmediato, porque lo que se tiene ahora en las condiciones que se tenga, adquiere la condición de vital. Es aquello que nunca se llegó a poseer cuando las ideas eran tan claras y los enemigos tan abiertamente definidos. Sin embargo, en las circunstancias actuales el poder fáctico juega a plantear a la revolución el chantaje perfecto: Gobernarás..pero harás lo que los poderes económicos y mediáticos ordenen. Súbitamente, a la revolución se le invita a ser cómplice de una fractura histórica porque la única manera de mantenerse en el ejercicio del poder, es entregarlo a las facciones que fueron desplazadas del control de los mecanismos más expeditos de acceso a la riqueza de la sociedad venezolana.

La riqueza de la sociedad venezolana para colmo de contradicciones, radica no en el trabajo ni en la producción industrial sino en la vetusta y socialmente excluyente forma de tener acceso a las riquezas minerales de un territorio donde la gente sobra, no cuenta y para colmo, comienza a estorbar. En este escenario, la fractura ideológica propuesta como ejercicio para decantar las fuerzas que apuntan hacia la
construcción de una sociedad más justa se debaten entre la pragmática de mantenerse en el poder y olvidar sus principios o, mantenerse en sus principios y volver a las catacumbas donde yace un pueblo que ahora es más consciente de sus posibilidades. Sus posibilidades que van desde ser los precursores de una sociedad nueva sembrada en lo comunal y la solidaridad o, por el contrario, ser los nuevos cómplices de un nuevo orden social amparado en la delincuencia de secuestrar lo público en beneficio de unos pocos mientras se habla de igualdad, libertad y fraternidad.

El escenario que se deriva de las facciones de la oposición es un escenario que es fuerte porque apunta precisamente al mecanismo culturalmente de la impotencia. En esta época de que todo se puede, el único que no ostenta poder es el ciudadano en cuanto individuo. Individualizados los deseos, aspiraciones y esfuerzos entonces es
evidente que debemos adaptarnos a la fuerza de un proyecto o guión que nos es impuesto por unas fuerzas que nos vemos y que en esa medida, adquieren mayor poder. Su escenario se hace factible en la medida en que puedan arrancar la potencia de cambio de las sociedades, los colectivos y los ciudadanos en última instancia.

En los tiempos por venir, parece que nos estamos jugando la constitución del venezolano no sólo en el ámbito del ordenamiento constitucional que parece solamente importar en cuanto instancias parciales y no en términos del espíritu. Porque allí también hay fracturas. Se busca apelar a la constitución en instancias particulares y no en la unidad de significado que comporta ese documento fundacional. “Dentro de la constitución todo. Fuera de la constitución nada”, es mucho más que demandar el cumplimiento de los artículos como instancias separadas. Se trata de asumir que somos de forma completa, o no somos.

A tiempo

La llegada de las contradicciones no debe espantarnos. Lo que debe preocuparnos es que ellas se intentan resolver por la vía de la descalificación y la ofensa. La condición agónica de la democracia no estriba en la cercanía de la muerte sino en la posibilidad cierta de que el triunfo y la derrota son las dos caras de esa forma de dirimir la disputa y ganar la posibilidad de hacer un país. Cuando se optó por una revolución democrática no era solamente con aquellos que se oponen históricamente sino con aquellos que acompañan un proceso de transformación que con certeza no será perfecto, pero deberá ser nuestro. Nuestro en el sentido de que responsablemente podamos asumir los errores pero también los logros. Porque a fin de cuentas, el primer resultado de una revolución es definir un nosotros, que en este caso, tiene aspiraciones de reivindicar una historia centenaria, donde con certeza somos mayoría.

Columna publicada en la página web de Tatuy Tv: http://tatuytv.org/

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