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Por Carmen Lepage Peñalver

¿El matrimonio igualitario como trampa?

Venezuela | 26 de junio de 2016

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La mayor de las peleas es contra la televisión, contra joliwud, contra la industria publicitaria, contra el consumo, contra las transnacionales que nos fabrican los chécheres, que nos construyen los sueños, las imaginaciones de un nosotros mejor, de un nosotrxs tuniao, de un nostrxs que se parezca lo más posible a eso que nos presentan desde norteñas latitudes de la imbecilidad a la medida, pensada para la más absoluta sumisión. También ese nosotrxs que se adapta a la imagen que desde allá nos fabricaron de nosotrxs mismxs como “latinxs”. Eso que hace la Colonización, sólo que con luces y fuegos artificiales. La pelea es contra una sociedad que no acepta la libertad de elegir de cada quien. Que considera peor las elecciones eróticas y de personalidad que la violencia de la guerra. Con esa gente hay que tener mucho cuidado.

El matrimonio igualitario hoy se vuelve producto de consumo, se vuelve agua tonificante de esta sociedad mundial impresentable. La mariquera y tolerancia (esa palabrita tan elocuente en su desprecio) como negocio pues y como alternativa electoral. Esa mariquera que horroriza a las iglesias de todo pelo, a las escuelas de camisa por dentro y pantalones largos y falditas en donde lo mejor es no aprender a pensar, el 20 puntos de la competitividad, del ser aceptadx. La Mariquera que horroriza a las derechas e izquierdas más “puras” y puritanas. Que sí horroriza a los progre pero lo disimulan porque les conviene, son más astutos y les gusta el porno “open mains”, a los progre que también dirigen esta sociedad. Quienes hoy buscan negros y mujeres para presidentxs, empresarixs chic y hablan mal de lo que ellxs llaman política. La sociedad desdoblada en su discurso, la puesta en escena. Es el juego “democrático” de las falsas opciones. Esa pareciera ser la intención, la lógica de quienes desde la derecha progre y sus derivados aprueban el matrimonio igualitario. Pero no es la lógica de quiénes se sienten triunfadores luego de un largo camino de injusticias sociales en donde las mujeres, lxs bisexuales, lxs maricxs y trans son los que más se someten al escarnio público. El cinismo no es la carta de quienes genuinamente se abre paso en esta sociedad pensándose con el derecho a tener un hogar constituido , unas seguridades, garantías legales y finalmente un reconociemiento de igualdad. Tampoco es la carta de lxs políticxs que realmente se sesibilizan y entienden el tema como parte impresindible de la lucha.

El problema es de quién y en qué buscamos reconocimiento, caer en la trampa de esa misma sociedad que nos dice cómo es la igualdad, qué es bueno o malo, cuál es el estatus de las maneras de relacionarnos y querernos. ¿Tal vez en este momento en Venezuela el problema es la lucha contra el tiempo que le juega sucio a la cancha suficiente pal debate, la derecha queriendo avanzar en la propuesta del matrimonio igualitario y nosotrxs queriendo demostrar que podemos hacerlo antes que ellxs?. Sin querer podemos terminar haciéndoles el juego, en esa actitud reactiva e inmediatista que tantas veces se nos ha puesto en contra. Quién sabe si abrir el debate, la conversa, como se propone abrirla en torno al repudiado aborto, en las comunidades, en la calle, con la mariquera del barrio, en las comunidades todas y de la revolución chavista, podamos avanzar más profundamente aunque más lentamente en la construcción cultural-política. Pero hay acciones inmediatas para hacer, darle la batalla a esta sociedad que inventó esta discriminación diciéndole que queremos ser iguales pero en nuestros términos, no en los suyos. Que no creemos todxs en una iglesia que nos ataca y no necesitamos que nos acepte, que no creemos en sus estructuras legales y sociales y nos juntamos en otras, como el concubinato por ejemplo, que es la forma en la que en Venezuela vive la gran mayoría. Que hay quienes no nos juntamos en matrimonio para seguirle el paso a esa industria (el negocio que es) y salir a defender nuestro derecho a no casarnos, que evidenciamos que sabemos que es una treta “conciliadora”. Que salgamos a la calle y demos la pelea legal necesaria para decir que quien quiera puede vivir en la misma casa, tener hijxs, perros y gatos sin sufrir el riesgo de no tener garantías legales, sociales pero sin el “decente” manto del matromonio, si así lo prefiere. Poner en la mesa nuestra propuesta, nuestra opción, hecha con nuestras decisiones, con nuestrxs asesores jurídicos.

Poder elegir, estamos en nuestro legítimo derecho, casarnos como se hace normalmente en este sistema que vivimos o en una forma de unión legal cónsona tanto con nuestra cultura venezolana como con nuestras convicciones políticas , y la ponemos en blanco y negro sobre la mesa de una vez. Pensando emprender, al mismo tiempo, la compleja construcción de esa cultura de aceptación y respeto a la igualdad sin desclasarnos. Que el reto sea armar nuestras revoluciones en todos los ámbitos de la vida. Porque tal vez si es eso lo que impulsamos, nuestro tejido vital, nuestras conciencias tengan más posibilidades de hacernos fuertes para esta descarnada lucha de largo aliento contra un enemigo conservador y mandón. Tal vez así podamos entonces producir en la cotidianidad ambientes propicios para que no nos coman el coco con el discurso este progre que busca destrozar la fuerza de nuestras más recientes luchas, de nuestras más impugnadoras consignas. Nosotrxs, bisexuales, maricxs, trans, lo que nos dé la gana, llamando a nuestrxs iguales a hacernos parte de la realidad comunal y socialista (ese que está hecho aquí y acepta la pluralidad) que queremos construir y en la que ya hemos avanzado, que no nos queremos dejar quitar. El reto tal vez sea que seamos parte de esa realidad en proceso perteneciendo y siendo aceptadxs por nuestrxs iguales primero y no bajo las reglas del juego de la contrarevolución. Elegir si peleamos sus sueños o los nuestros. Pensémoslo.

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