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Por Isaías Rodríguez

El odio del fascismo y el Internet

Venezuela | 21 de mayo de 2017

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El odio es un deseo de destruir. Atenta contra toda posibilidad de diálogo. Racionalmente no tiene justificación. Se manifiesta contra personas pero también contra grupos sociales y organizaciones políticas y no políticas. Es un sentimiento de aversión frecuente contra tendencia ideológica o religiosa contrapuesta. Es profundo y duradero y se expresa con una hostilidad manifiesta e intensa.

En la actualidad se odia con más fuerza o en todo caso de manera más visible. El odio traspasa las barreras del sentimiento y se convierte en comportamiento. Su elaboración se hace a través de un pensamiento emocional que acontece con escaso o ningún control. No, no es una idea, es eso: un sentimiento sin control. Es el modelaje de un sistema de creencias que, sin reflexión, se propone plantar la semilla del rencor. Cuando se odia no hay tolerancia alguna a la discrepancia.

¿Qué pasó en nuestro país con esta tolerancia a la discrepancia? ¿Qué llevó a unos sectores a no soportar al otro? Estas preguntas seguramente se las están haciendo todos en estos momentos. ¿Cuándo comenzó a construirse este grave clima de intolerancia? ¿En cuál momento apareció esta imposibilidad de soportar al otro? ¿Cuándo comenzó a pensarse que había que eliminar al otro, al adversario? ¿Qué significa una espiral de odio?¿De qué cosa está hecha esa espiral? ¿Cuál es su origen?

La respuesta tiene muchas variables. Hanna Arendt, filósofa alemana llamó esta conducta “estupidez del mal”. Lo atribuyó al nazismo. Más allá de razones políticas, económicas y culturales que propiciaron el fascismo y el nazismo se deben mirar otras razones que, dado el carácter de la “estupidez del mal”, es imposible atacar con argumentos porque no tienen argumentos. Se imponen por la violencia, con empleo de violencia física y psíquica. Los llamados de Hitler ofrecían solo "una gran meta final" que se dispuso a imponerla mediante una presión propagandística fundada en el miedo”.

El propio símbolo del fascismo era el de la violencia: el fascino, un instrumento de castigo, un haz de varas diseñado para infundir temor. Por complicado fue sustituido gráficamente en Alemania por la svástica. Los llamados “manifestantes pacíficos” tienen unos escudos rudimentarios con la cruz de los legionarios de las cruzadas y parecen haber sido formados por Hitler. Como todo movimiento reaccionario, el de Hitler se apoyó en capas de la pequeña burguesía. Se caracterizó este segmento con la metáfora de un ciclista que curva su espalda por arriba y por abajo patalea. Esto significaba la sumisión hacia quienes están encima y la brutalidad contra quienes se encuentran abajo. Hay algo evidente, dicen los analistas de esta doctrina: “cuanto más numerosa e influyente es la clase media en una nación es más probable que en el escenario político haga su aparición como fuerza social el nazismo.

Las contradicciones intrínsecas del fascismo y del nazismo reafirmaron su base social en la clase media. La conciencia social de esta clase no está determinada por el destino de una comunidad sino por la genuflexión hacia una autoridad establecida. Para esta clase históricamente solo ha existido la identidad con el poder, pero sola para ser su súbdita. Se siente representante de la autoridad pero solo en relación con los subordinados, nunca con los jefes. Para algunos estudioso del tema esta identificación se resume en la realidad psíquica de una teoría ideológica que se sustenta simple y llanamente en el poder material.

Como resultante de esta dependencia material la clase media ha creído adquirir la personalidad y la imagen de la clase dominante. En palabras de W, Leich: "Por tener los ojos perpetuamente clavados en lo alto el pequeño burgués acaba por cavar una fosa entre su situación económica y su ideología". Esta "mirada clavada en lo alto" es lo que esencialmente distingue la estructura pequeño burguesa de esa clase media.

Para penetrar, el fascismo propuso suprimir las clases sociales recurriendo al supuesto sentimiento de “vergüenza” que presuntamente produce el trabajo manual y el desprecio a este tipo de tareas. Para el fascismo y el nazismo lo único verdaderamente digno son las labores de oficina. Estos pequeños hábitos y costumbres (como la represión a la mujer y el traje "elegante") configuran parte de su ideología para la clase media. Por cierto, es una verdad histórica que a falta de organizaciones revolucionarias ella se arroja en brazos del fascismo por sentirse decepcionada y angustiada. El eventual empobrecimiento de ella por el pensamiento conservador del cual no se ha despojado la conduce a aferrarse a las ideologías que le ofrecen “poder material”. 

De allí que actualmente faceboock, twitter, instagram, youtube y microsoft más los medios de comunicación tradicionales dirigidos corporativamente, sean hoy los instrumentos de captación de la clase media latinoamericana. La actividad propagandística, frente a ella, tiene dos funciones primordiales: inculca sus ideas a un reducido grupo de personas y agita a un número grande de individuos con ideas reducidas. Con gran facilidad, presa del miedo, sucumbe a estas ideas la mal llamada clase media. Esa porción de la sociedad posee un sistema nervioso inestable que a menudo la hace sentirse manifiestamente feliz de ser dominada y supuestamente protegida.

La propaganda toma de la poesía la seducción del ritmo, el prestigio del verbo e incluso la violencia de las imágenes. Hitler copió las prácticas de la semioscuridad y las velas encendidas para crear un estado especial de receptividad emotiva. Esta es la razón de los actuales actos de violencia en la noche por parte de los nuevos nazistas o fascistas venezolanos.

Para el Fürer la primera de las condiciones que requiere el éxito es la violencia o la persuasión por la fuerza. Es necesario crear una muchedumbre fanatizada con deseos de poderío y odio que la lleven a la exaltación y a la “no reflexión”. Deben, en consecuencia, aceptar que les quemen sus comercios o les impidan el ejercicio de sus derechos sociales (transitar, trabajar y a que sus niños acudan a clases) por solo haber recibido una orden de un encapuchado o de un dirigente a través de una red social.

“Somos los vencedores y debemos confiar en nosotros mismos”, es la consigna inyectada. Esto está estrechamente ligado a otra característica de su propaganda: “el empleo de la mentira”. Para que la inyección penetre bien el tejido emocional de la clase cautiva hay que repetirla con perseverancia. Es allí donde verdaderamente radica el éxito del fascismo. Para Goebbels, Ministro de Propaganda de Hitler, lo importante era lo expeditivo y no lo moral y para mantener la credibilidad “…las mentiras son útiles cuando no pueden ser desmentidas”.

Un elemento manejado con maestría por parte de Goebbels fue la "propaganda negra". Estaba oculta. Desperdigaba rumores para que la mentira actuara por sí sola. También utilizaban Goebbels “medidas negras” contra los rumores indeseables. Otro de sus principios propagandísticos, destinados a explicar el fenómeno de persecución y exterminio de minorías, rezaba así "la propaganda debe facilitar el desplazamiento de la agresión, especificando los objetivos del odio”. La propaganda nazista o fascista la caracterizan tres elementos: Renuncia a las consideraciones morales, apelación a la emotividad de las masas y el empleo de reglas para hacerla actuar mediante reflejos condicionados. 

Hoy internet y sus redes han abierto la espita de una intolerancia parecida a la del nazismo y el fascismo. ¿Cómo así? Pues con internet cada quien tiene la posibilidad de expresar “su más profundo yo”, y poder sacar a flote sus verdades más intrínsecas (dejando ver las grandes cloacas del ser humano) así como la fragilidad de los pilares sobre los cuales descansa la convivencia social. Internet ha permitido dar a conocer lo que piensa cada uno de nosotros en las cuatro paredes de su pensamiento y cuál es el comportamiento del ser humano cuando desaparece el freno de la sociedad. Internet al dejar actuar, enmascarando la identidad, posibilita que se descubran las barbaries más íntimas de la personalidad.

Con internet hasta los más comedidos son capaces de realizar graves crueldades y expresar con orgullo su odio y su ignorancia. Y lo peor, esta conducta se expresa desde la condición de supuestos “ciudadanos buenos”. Así se justifica la maldad, los prejuicios y la intolerancia y se lleva el odio a su mayor expresión. Más que un desencanto es “un encanto al revés”, una manifestación de un mundo al revés, patas arriba. Imágenes y propuestas obscenas de esta manera van más allá de lo imaginable. Y es que, al liberarse de la sociedad se puede conocer lo peor y lo más indigno de cada ser humano. Los chats que se colocan en las redes aterran por lo que dicen y por la capacidad de destruir al otro. Resulta espeluznante lo que se logra saber del “yo” de cada quien.

Hannah Arendt, filósofa alemana quien luego se hizo estadounidense, descubrió “que nuestros monstruos son humanos”. Gracias a ella se sabe cómo funciona la teoría de los totalitarismos y el papel central que esta doctrina juega en el debate contemporáneo. Aún hay mucho que investigar, pero por lo pronto se ha llegado a la conclusión de que el internet transforma la vida y el modo de pensar de los ciudadanos y ciudadanas. En efecto, sobre cada individuo internet ha socavado un enorme agujero en las ilusiones, en la individualidad y en el comportamiento colectivo y aún no conocemos su extensión ni su profundidad. En efecto, quien se coloca una capucha y se cubre el rostro puede revelar su inmensa capacidad de odio, sacar del exilio sus peores atrocidades y, de esta manera, hacer menos democrático el ejercicio de los derechos sociales e individuales.

A su modo, la sociedad y la interactuación dentro de ella estuvieron siempre influidas por la violencia. La eliminación del otro la hemos visto en la historia de nuestros pueblos indígenas y de los negros, en su pasado esclavista y en la segregación y discriminación. Unos y otros, además de las mujeres, nunca fueron considerados personas ni ciudadanos o ciudadanas. Es esta vieja y silenciosa violencia la que, sumada a internet, ha logrado incorporar nuevos elementos para facilitar y promover el nazismo o el fascismo en el mundo. Cuando alguien es capaz de despojarse de la “camisa de fuerza de la vergüenza social” le es fácil ejercer el odio con legitimidad.

Tal vez la primera baja haya sido el pudor. Sin él, algunos expresan en público las ideas que tenía escondidas en las cuatro paredes de su pensamiento. Pero lo peor ha sido el descubrir que otros piensan también así, como ellos, independientemente de que sus comportamientos sean o no delictivo. Es de aquí de donde emanan las proclamas del asesinato en masa del adversario, de sus hijos, su secretaria, su chofer y su doméstica. Esta actitud genera audiencias, público, aplausos y reconocimientos con Internet. Los pensamientos (que estaban en la sombra) empezaron a tener tribunas y seguidores. Fue así como quienes antes no se atrevieron a proclamar “el odio cara a cara” sintieron que ahora sí lo podían hacer y que además eran una vasta legión. Sintieron, igualmente, que sus comportamientos eran “auténticos y plenos de libertad”.

Antes de internet la escritura era una manifestación donde cada palabra tenía su peso específico. Después de internet la escritura ha perdido buena parte de este peso y se ha desligado de la palabra hablada. Las implicaciones son muchas. Una es la segmentación de la escritura, palabras cortadas o construidas desde otros símbolos que, en algunos casos, la niegan o la desaparecen. Se ha producido así una distorsión en la palabra que, sumado a la imprudencia de quienes usan las redes sociales, ha permitido construir una memoria que no tiene olvidos. 

Es esto lo que ayuda a explicar las amenazas y los sin sentido de una inmensa cantidad de usuarios que en América Latina y en Venezuela en especial llaman a matar y a instaurar su propio orden desde y a través de la violencia. Es una conducta recién aparecida entre quienes “son libres de expresar lo que les venga en gana, sin límites y sin ataduras”. El odio, al compartirse en las redes, ha dejado de ser algo explicable “desde el no saber y desde el creer que no se necesita saber”. En verdad hubo más oportunidades cuando las personas tenían pudor toda vez que podían arriesgarse a que una obra de arte o un texto o una música los conmoviese y les provocara un pensamiento nuevo.

Siempre se echa la culpa de las barbaridades que ahora se cometen al anonimato permitido por y desde las redes. Es cierto que el anonimato permite perfiles falsos y una manipulación para falsificar reacciones negativas frente a determinadas opiniones; es cierto que hay campañas de descalificación diseñadas como espontáneas para diseminar mentiras y rumores como verdades, provocando enormes estragos en la vida social e individual. Sospecho, sin embargo, que muchas veces es solo un ensayo para ver qué cosa ocurre en “las personas reales” contra quienes se difunde odio, ofensas, rumores, prejuicios, discriminaciones e incitación al delito con el único propósito de hacerles daño y destruirlas.

Para nada se tiene en cuenta la preocupación de lastimar o afligir. Al contrario, la preocupación es la de garantizarse que la persona atacada lea lo que se escribe contra ella, o tener la certeza de haber herido al adversario en el corazón. El “otro” solo existe como enemigo para el fascismo o el nazismo. Es ello lo que ha partido a Venezuela no en dos sino en varios pedazos.

Las amistades se deshacen, los parentescos se extinguen, los amores bien construidos se tambalean y la gente que se aprecia ya no se dirigen la palabra. Internet se ha vuelto un campo de batalla con un nivel de guerra y de combate mayor que en cualquiera de los momentos bárbaros de la historia. Solo que antes los bárbaros se aliaron para construir una civilización mejor. Amigos con quienes se habían compartido sueños y pensamientos éticos pasaron a difundir deshonestidades que se saben impuras e indecentes, mentiras descaradas y retorcimientos de conceptos y valores capaces de hacer lo que antes se condenó.

La gente dejó de reconocerse y empezó a destruirse. Comenzaron por confrontar “al distinto a mí” y a quien divergiese de sus opiniones. Los bárbaros dejaron de estar, uno en un lado y otro en el otro. Cada quien empezó a responder, de manera idéntica o disímil, pero a responder. De esa confrontación nadie sale inmune, ni impune. Es el enfrentamiento con la realidad de nosotros mismos. Es posible que cada uno haga de todo para no verse ni sentirse bárbaro y es entonces cuando posiblemente se necesitará mentirse a sí mismo. Es duro reconocer las culpas propias, así como las traiciones y las pequeñas villanías. En el fondo cada quien sabe cuánto ha hecho y lo que ha sobrepasado y le cuesta perdonarse.

Lo que ha pasado con internet es que muchos se han sentido con la autoridad de no respetar una opinión diferente a la suya. Y pocos piensan en debatir sino en destruir. Algunos se han vuelto agentes del odio, y el sin sentido ha alcanzado dimensiones imprevisibles. Lo peor es que esta experiencia no desaparece cuando se está “cara a cara frente al otro en la cotidianidad”. Es sorprendente como esta práctica de mostrarse sin freno, para eliminar cualquier contención y traba individual o colectiva, influya en la vida de la sociedad más allá de las redes. Pareciera que es imposible, hoy, no mezclar una conducta con otra, y que la supuesta autorización para decir “de todo” se mantenga intacta para quienes la descubrieron y la aplican a todas las realidades de su vida.

Pareciera que las legitimidades ganadas deben ser reconocidas por esta facilidad para eliminar y para enviar con un dedo puesto sobre una tecla el chat o el mensaje, y que tal hecho logre trascender aunque no se trate de dos mundos sino del mismo y único mundo del individuo en singular. Unos se sentirán con derecho a insultar y con derecho a hacer el coro para los insultos, y unos y otros dirán que solo ejecutan su derecho a la libertad de expresión y que la ejercen porque están indignados.

El derecho al odio y a la eliminación del otro se manifiestan en esta etapa de la historia con una soberanía que se plantea en términos absolutamente dramáticos: “tengo derecho a matar a aquél que no es como yo”. Aunque esto es totalmente simbólico e internet como tecnología no tiene en verdad la culpa, cuando se lleva a la realidad se convierte en una tragedia aterradora. En el feroz rifirrafe de las redes ya no es posible tener opiniones diferentes. Estamos a un paso por detrás de las banalidades y a varios pasos por delante de la ignorancia y la estupidez humana. ¿Estaremos resucitando el período que precedió a la Segunda Guerra, en la Alemania nazi, cuando se comenzó a construir aquel clima de intolerancia contra judíos, gitanos, homosexuales y personas con deficiencias mentales y/o físicas?
 


Notas:  

https://culturayfe.wordpress.com,  https://es.wikipedia.org/wiki/Odio, https://experienciafreudiana.wordpress.com/, www.despiertaterapias.com/.../blog-de-psicologia, http://www.monografias.com/trabajos/aconeguemun/aconseguemun.shtml

http://www.monografias.com/trabajos/conseguemun/conseguemun.shtml, Leich, W., "Psicología de masas del fascismo", Doob, Leonard W., "Goebbels y sus principios propagandísticos", Toland, J., "Adolf Hitler".

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