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Por Ava Gomez y Alejandro Fierro

El paraíso prometido de la eficacia

América Latina y Caribe | 20 de julio de 2016

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“América Latina pide resultados, no ideologías”. La frase del político peruano Julio Guzmán sintetiza en apenas seis palabras el centro conceptual en torno al cual gravita la restauración conservadora. Toda la estrategia de esta acometida orbita alrededor del paradigma “eficacia” y de su antónimo, “ineficacia”. Las nuevas propuestas neoliberales, -una suerte de “neo-neoliberalismo”- ofertan la promesa de que las cosas van a funcionar, desde la economía hasta el transporte, los hospitales o la recogida de basura, el suministro eléctrico o el abastecimiento de agua.

El “cómo” se va a lograr es una amalgama difusa de gestión de corte empresarial, meritocracia, éxito en los negocios trasladado a la política, “sentido común”, experticia, representación en “quienes saben” frente a participación del colectivo, confianza en la tecnocracia… Porque, en el fondo, en esta primera etapa de la restauración conservadora consistente en el desalojo del poder de las opciones progresistas, no importa tanto el “cómo” sino el “contra quién”.

La propuesta neoliberal no puede mostrar todas sus cartas en esta fase de asalto al poder. Un programa electoral basado en recortes de salarios y prestaciones sociales, privatizaciones y desregulaciones e incrementos de los productos y servicios básicos está condenado al fracaso. Por lo tanto, no se define por sí misma, sino en oposición a aquello a lo que quiere combatir. Así, en este periodo inicial, es eficiente, frente a la ineficiencia de los gobiernos progresistas; rigurosa, frente a lo impreciso; preparada, contra los incapaces; profesional, en oposición a los aficionados; trabajadora, ante los diletantes…

La confrontación ideológica queda en un segundo plano. Las imposiciones neoliberales que comenzaron en los años 70 se realizaron con el miedo al comunismo como amenaza principal. La existencia de la Unión Soviética y sus países satélites le permitió al capitalismo jugar con el eje democracia/dictadura, libertad/represión… Sin embargo, no puede utilizar esta coartada con los procesos emancipatorios latinoamericanos del siglo XXI, que cumplen con los estándares hegemónicos de las democracias de origen liberal -comenzando por las elecciones, el gran tótem- y, en muchos casos, los superan con novedosas experiencias participativas.

Da la impresión de que las apelaciones al carácter antidemocrático de los gobiernos progresistas latinoamericanos son para consumo exterior, germinando en el terreno abonado del colonialismo, el eurocentrismo y la superioridad civilizatoria que impregna la mirada de Europa occidental y Estados Unidos sobre Latinoamérica; por el contrario, ninguna encuesta solvente refleja que las poblaciones de estos países consideren que viven bajo una dictadura.

Reciclaje de viejos conceptos

En consecuencia, la derecha neoliberal quiere que la disputa se establezca en el marco de la eficacia, obviando la confrontación de ideas. Quiere invisibilizar especialmente la pugna entre las clases sociales, algo en lo que los gobiernos progresistas han sido sumamente exitosos, al poner en primera línea a las mayorías populares, secularmente olvidadas en la política latinoamericana.

Dadas las nuevas condiciones históricas, el capitalismo neoliberal recicla viejos conceptos y los adapta a los tiempos actuales. De aquel “intrínsecamente perverso” con el que el Papa Pío XI calificaba en 1937 al comunismo, ahora se pasa a un “intrínsecamente ineficaz”. El objetivo no es derrocar a un gobierno en particular, sino acabar con cualquier alternativa al capitalismo. Por tanto, éstas deben ser caracterizadas como fallidas ya desde su propia esencia, porque llevan en sí mismas la semilla del fracaso.

El relato construido señala que la pervivencia de estos procesos y sus logros sociales se debieron al inusualmente alto precio de las materias primas, desde el petróleo venezolano, hasta la soja argentina. Una vez que los precios han vuelto a sus índices normales, el artificio se ha desplomado y las propuestas heterodoxas muestran su “intrínseca ineficacia”.

En el relato se omite de forma deliberada que el esfuerzo por mejorar las condiciones de vida de las mayorías populares requiere, previamente a la disponibilidad de fondos, de voluntad política. Los países latinoamericanos han vivido otras épocas de bonanza económica, pero nunca hubo intención de redistribuir la riqueza. Había dinero, pero no voluntad política para que éste llegara a todas las capas de la sociedad.

La mirada superior

Para apuntalar su argumentación, la derecha neoliberal esgrime otras dos ideas de fuerza que se sustentan en una mirada enormemente clasista y negativa sobre las mayorías populares. La primera de ellas es que los programas sociales, ya sean de transferencias directas o indirectas, constituyen una suerte de limosna con la que se compra el voto de la gente humilde. No son un derecho, sino una dádiva a cambio del respaldo en las urnas. Y, en última instancia, no sólo convierten a las mayorías populares en votantes cautivos, sino que provocan que prefieran vivir de las ayudas públicas en lugar de trabajar. Esta interpretación llegó a su paroxismo con el programa social venezolano Misión Hijos de Venezuela que, entre otras iniciativas, contempla ayudas económicas a madres solteras, madres menores de edad o madres con hijos con discapacidad. El arzobispo Roberto Luckert renombró el programa como “Misión abre las piernas” y aseguró que se estaba empujando a las mujeres a tener hijos para vivir del Estado, en lugar de incentivar el trabajo.

Esta concepción negativa de las clases populares se completa con otro aserto que subyace tras esta argumentación. El voto de los humildes, cuando no es para las propuestas políticas de las clases altas, es un voto de menor calidad. No deciden en función de una racionalidad. O bien es un voto comprado, o es un voto ignorante, o es un voto de la rabia, pero nunca una decisión meditada y defendible con argumentos racionales.

Aquí la estrategia neoliberal enlaza con otro de sus puntos nodales, la crítica a los liderazgos carismáticos. Las mayorías populares, dado su supuesto menor nivel cultural, son presa fácil de liderazgos que canalizan el descontento tanto a través de la incitación al odio, como de la fidelización a través de políticas sociales (vistas como “limosnas” o mero ejercicio de “compra-venta de los apoyos”). De nuevo un voto “ignorante”, “comprado” o “de la rabia”, del que se aprovechan “líderes populistas” en momentos de ruptura.

En respuesta a este tipo de liderazgo, el capitalismo neoliberal propone un perfil diferente, que oscila entre el carácter bajo -Horacio Cartes o Federico Franco, en Paraguay, Sebastián Piñera, en Chile-, signado por un éxito empresarial que sería trasladable a la gestión del país o, sin abandonar ese aura de hombre/mujer de negocios, un liderazgo con un carisma, más basado en la banalización del actor político que en una verdadera conexión con el pueblo -Mauricio Macri, en Argentina, con Silvio Berlusconi como referente europeo-. En cualquier caso, se abandona al líder identificado con el pueblo, que surge de él y que encarna sus demandas, como Hugo Chávez, Evo Morales o José Mujica, o, en un perfil ligeramente diferente, al liderazgo que cuya extracción difiere de la de las clases populares pero que sabe empatizar con sus reclamos (Rafael Correa, Néstor Kirchner, Cristina Fernández).

Doctrina shock Argentina

Argentina es el primer ejemplo de la reconducción discursiva del neoliberalismo para justificar su praxis ejecutiva cuando ha desalojado del poder a un gobierno progresista. El mensaje esperanzador con el que Mauricio Macri llegó a la Casa Rosada, más simbólico que concreto, se deja de lado para imponer el recetario neoliberal basado en recortes, adelgazamiento del Estado, despido de trabajadores públicos, aumento de los servicio básicos y privatizaciones.

La excusa es “la herencia recibida”. Macri esgrime los supuestamente devastadores efectos de la era Kirchner para justificar unas medidas que en último término benefician a los más poderosos y perjudican a los más vulnerables. Se utiliza la metáfora del enfermo, cuya gravedad exige un tratamiento de choque. Los remedios utilizados son extremos, pero no queda otra alternativa si se quiere salvar al paciente.

La culpabilidad no es sólo de los gobiernos anteriores. Las mayorías populares también son responsables por haber creído en esa quimera y haberse lanzado a una suerte de orgía del consumo, a vivir “por encima de sus posibilidades”. Por tanto, los sacrificios que deben hacer ahora son una suerte de penitencia por su cooperación necesaria en el derrumbe económico.

Como bien demuestra Macri, la aplicación del paquete neoliberal debe hacerse de forma inmediata y de un solo golpe. No importa el descenso en popularidad en las encuestas. Los momentos iniciales son los más propicios. El bloque progresista se encuentra desnortado al haber perdido el poder. La gente, atomizada y sin referentes que la protejan, trata como puede de defenderse ante una avalancha de golpes que impactan directamente en su bienestar.

Después, cuando se aproximen las siguientes elecciones, se levantará ligeramente el pie del cuello de las personas y se proclamará que los sacrificios comienzan a dar resultados. Si aún así no se ganan los nuevos comicios, será un mal menor, puesto que de lo que se trataba era de reordenar el sistema a favor de la tasa de acumulación del capital, de destruir en poco tiempo lo que tardó años en construirse.

La triada comunicacional: información, opinión y propuesta

Los medios de comunicación hegemónicos replican esta disputa eficiencia-ineficiencia a través de una triada que conjuga de forma sesgada información-opinión-propuesta. La información se focaliza de forma permanente en aquellas áreas supuestamente negativas, basándose en datos cuidadosamente seleccionados y en testimonios individuales de presuntos damnificados, a pesar de que no se les pueda conceder ninguna validez estadísticas. A lo largo de estos años es casi imposible encontrar en la prensa de Venezuela, Argentina, Bolivia o Ecuador noticias positivas sobre los gobiernos progresistas o los estudios de organizaciones internacionales que ratifican los grandes avances sociales logrados. Tampoco se difunden declaraciones de personas que puedan estar a favor de estos procesos, que aunque tampoco tendrían representatividad, sí que podrían equilibrar el sesgo informativo.

El segundo paso es la opinión del experto. Amparado en una presunta neutralidad académica o profesional, desgrana lo que se debería hacer para corregir la situación. Estas recomendaciones son presentadas bajo el manto de la ciencia y, como tal, no se discuten. Se trata de la exacerbación del “sentido común” gramsciano. Las cosas son como tienen que ser. La autoridad del experto, al que no se le presupone una ideología, no se discute.

La triada se completa con entrevistas y declaraciones de los líderes políticos que simbolizan el supuesto cambio, en las que invariablemente se comienza con un diagnóstico negativo de la situación -conexión con primer escalón de la estrategia informativa-, continúa con la atribución de la culpabilidad a la opción política gobernante y finaliza con el recetario que coincide con el de los expertos -conexión con el segundo escalón-. De esta forma se cierra el círculo del intento de implantación de un sentido común hegemónico.

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