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Por Fernando Dorado

El perdón: la palabra mágica de la paz

Colombia | 27 de septiembre de 2016

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Por Fernando Dorado

Popayán, 27 de septiembre de 2016

El momento clave y trascendente del evento de ayer (26.09.2016) durante la firma de los acuerdos de paz en Cartagena se presentó cuando el ex-comandante Timoleón Jiménez, principal dirigente de las FARC, pidió perdón a todas las víctimas de la guerra. Todos los asistentes se pararon de sus asientos y aplaudieron con pasión, emoción y entusiasmo. Hubiera dirigirse a toda la sociedad, pero es un gran paso hacia la construcción de la verdadera reconciliación. Quien solicita el perdón muestra humildad y esa es la grandeza que se requiere en nuestro país para romper el pasado de odio e ignorancia.

La superación del conflicto armado en Colombia (y en cualquier parte del mundo) no es solamente que los fusiles que han estado activos en manos de combatientes de diferentes grupos armados (legales e ilegales) puedan declararse inactivos o incluso destruirse, sino que es necesario que la sociedad supere el estado mental y emocional que llevó a que el conflicto se desencadenara y causara tanto dolor y muerte.

En ese sentido para hacer y construir la paz se requiere que la mayoría de los colombianos nos asumamos como víctimas. Que interioricemos y usemos el dolor causado por los violentos como una herramienta de superación, y podamos –primero– perdonarnos a nosotros mismos. Es sabido que en un proceso como el vivido en Colombia, las víctimas al no entender la causa de la violencia tienden a culparse a sí mismas, lo toman como un castigo por ser malos e indignos o por tener genes violentos como lo plantean algunos fatalistas “ilustrados”.

Auto-perdonarse es liberarse de una carga psicológica muy grande. Es el primer paso para poder perdonar al “enemigo” o quienes considera los causantes del sufrimiento. En nuestro caso el perdón debe involucrar tanto a sí mismos como a quienes causaron directamente el daño o a quienes perpetraron los crímenes por los motivos que hayan sido (económicas, políticas, ideológicas, sociales, culturales o de cualquier otra naturaleza).

Superar los traumas y limitaciones mentales y emocionales que nos haya dejado la guerra mediante un proceso de reconocimiento y perdón, significa lograr transformar integralmente todo nuestro entorno familiar y social. Ello no es un hecho cualquiera. Es volver a tener sentido de Nación y de sociedad. Es reintegrar a la sociedad a individuos que por efectos del impacto de los crímenes y ofensas causados en el marco de una guerra totalmente degradada, cargan con el peso de la injusticia y la iniquidad sin otro camino que anularse como personas, guardando rencores que descargan contra sí mismos o contra sus congéneres, y por tanto, de lograrlo, sería liberar enormes cargas de energía positiva y creadora que potenciaría nuevas fuerzas y dinámicas de vida y de creación dentro de la sociedad colombiana.

El proceso de paz es de mucha importancia siempre y cuando, los sujetos participantes (o sea, todos los colombianos), logremos superar las prácticas tradicionales que llevan a considerar que el perdón es un acto de conmiseración con el victimario, cuando si efectivamente se enfrenta el problema vivido, lo que debe ocurrir es que surja desde las víctimas un movimiento transformador de la sociedad que unifique en un torrente de arrepentimiento y reconocimiento de los crímenes por parte de los victimarios, no porque se lo exija un poder externo o se lo imponga una ley, sino por la acción purificadora y transformadora de las víctimas que perdonan más allá de la reparación o del reconocimiento del otro.

Una experiencia de este tipo es importante para señalar un camino de verdadera y efectiva reconciliación que no incluye en ningún momento el olvido sino que significa la recreación de la memoria mediante un ejercicio de recuperación de lo sucedido –no para soslayarse en el dolor reviviéndolo de una forma masoquista–, sino comprendiendo las causas profundas que llevaron a unos seres humanos a perder su dignidad violentando a otras personas, muchas veces sin saber por qué, envueltos en un torbellino de placer morboso y/o de fanatismo manipulado.

Colombia necesita un trabajo de intervención psicosocial que se convierta en ejemplo para muchas personas y comunidades, y que con base en sus logros positivos y transformadores arrastre a cientos de miles de personas a seguir por ese camino de transformación mental, emocional y espiritual que logre consolidar la verdadera y duradera paz que necesita el país.

Con esas palabras el ex-comandante de las FARC ha iniciado ese trabajo de intervención psicosocial, que no debe ser una labor estrecha y reducida a las víctimas directas sino que debe ser un ejercicio dirigido a toda la sociedad colombiana. La política del perdón se pone a la orden del día.

E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado

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