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Por Jessica Dos Santos

El que hable es adeco

Venezuela | 20 de marzo de 2017

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Cualquiera que me conoce sabe que yo históricamente he militado en las filas del “hagamos una vaca…” y del “vamos a darle que algo sale…”, aunque eso me haya hecho vivir de coñazo en coñazo. Yo he creído, con total seguridad, que se puede hacer mucho con pocos recursos, por eso, considero que donde come uno, comen dos, tres, cuatro, y jamás le he negado un plato de comida a nadie. He trabajado con las uñas en medios nacientes o casi moribundos con resultados dignos de las más altas tecnologías, he dado clases en infraestructuras que se caían a pedazos solo porque los chamos habían derribado mil obstáculos para estar ahí, he viajado en autobús sin saber dónde me alojaría y aún así nunca me ha tocado dormir en la calle. A estas alturas, yo sé que las ganas, el amor, las convicciones, son más fuertes que todo y más importantes que nada, pero también he tenido que aceptar, en contra de mí misma, que no bastan, que se necesita más.

En mi empeño por no depender ni de privados ni de la burocracia estatal, he salido a la calle a pedir real por un pana enfermo, he organizado los bazares más ordinarios del mundo para poder costearnos un periodiquito comunal, la pintada de alguna calle, para darme cuenta, con esa mezcla de tristeza y tranquilidad del que lo intenta, pero no lo logra, que no, que no alcanzamos la suma necesaria, que nos ganó el tiempo, que los objetivos quedaron a medias. Pero sigo confiando en mí y en los otros, en los que creo que tenemos la razón.

Probablemente por eso yo me haya enamorado tan perdidamente de la idea de un Estado comunal, del poder en las manos del pueblo creador (que para crear también destruye porque entiende que a veces es necesario demoler todo lo existente y no limitarse a tener dos sistemas que coexisten como esposos sin amor) y he puesto en eso todas mis energías.

Yo soy de las primeras que sale a pelear cuando alguien dice que fue un error darle tal o cual cosa a la gente porque la gente “no es eficaz, no tiene el conocimiento (“formación”, le dicen), las herramientas, la consciencia o la honestidad necesaria para manejarlas”. En dado caso, el error es no garantizar la asertiva transferencia de contenido, los materiales requeridos, y a ver, si de honradez vamos a hablar, ¿son moralmente correctos quienes han tenido el poder durante todos estos años? Dígame la verdad, ¿usted juzga su “eficiencia” o su honradez? Porque acá a muchos no les importa si el empresariado o el gobierno roban “con tal de que las cosas funcionen bien”, ¿o no?

De hecho, los años más apasionantes de mi vida se movieron entre la lucha por la tierra (cuando yo aún pensaba que las vacas eran solo blancas con manchas negras), el proceso de alfabetización nacional (cuando yo creía que mi madre era la única que no había culminado la primaria, que no podía ayudarme con la tarea) y la llamada comunicación popular (cuando yo andaba ahí, en una fría academia, creyendo, cual pendeja, que García Arocha debía darme un título para que el derecho a comunicar, comunicarme, comunicarnos, fuese posible).

Esa época fue una especie de despertar. Recuerdo que alguna vez, mientras contemplaba un amanecer en Manicomio, Catia, un borrachito me dijo: “Coño… mami… ¿sabes qué es arrecho?, que después que uno abre los ojos es imposible volverlos a cerrar”. Yo no sé a qué se refería aquel hombre, pero desde ese instante su frase pasó a ser la única respuesta posible cuando alguien me increpa por qué creo en lo que creo, por qué trabajo en lo que trabajo, por qué hago lo que hago.

En ese mismo transitar también descubrí que a quien posee el poder en sus manos (desde las grandes corporaciones hasta el alcalde o concejal de su pueblo, al que usted le dio su voto) no le conviene repartírselo a un gentío, así como a muchos (desde los médicos hasta los mecánicos) no les conviene la democratización del conocimiento que podría dejarlos sin las herramientas con las cuales viven estafando a diestra y siniestra a todo el mundo.

Por eso algunas veces me molesta sobremanera la ligereza y la profunda manipulación con la que algunos voceros y militantes hablan del “poder y la organización popular” en la que no creen, con la que no colaboran. En mi calle estamos organizados, pero ni con 500 bazares ni con 40 cartas hemos podido reparar los huecos que ya se comieron los carros y están a punto de zamparse las casas y los edificios. En mi calle estamos empoderados, pero ni con 80 recolectadas ni con 40 tocadas de puerta hemos logrado que los postes vuelvan a tener luz. Y sí, uno va y echa escombros y pinta un círculo amarillo para que nadie caiga en el agujero, y uno va y pone un bombillito en la entrada con un cableado que baila entre la magia y el riesgo, pero ¿realmente se trataba solo de esto?

Ni hablar de aquellos que nos piden “alzar la voz, protestar, denunciar las irregularidades”, pero salen, cual corcho soplado, a calificar de llorón, habla paja, traidor, salta talanquera, etc., a quien se atreva a abrir la jeta. Lo sabré yo, que alguna vez me puse a soñar con un consejo obrero de los trabajadores y terminé siendo tildada de adeca.

Por eso, en estos tiempos, como dice la canción: “Si la luz te deja ciego: ¡sospecha del que te alumbra!”, y vayamos, a abrazar a los compañeros que saben de sombras y penumbras.


Fuente: 15 y último

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