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Por Geraldina Colotti

El regreso al pasado

Venezuela | 9 de junio de 2017

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En las fantasías bipartidistas de quien quiere sacar a Maduro del gobierno en Venezuela y terminar con el socialismo bolivariano, hay lo que podremos llamar el “modelo nicaragüense”: la transición hacia el regreso al neoliberalismo garantizado por una figura aceptada por los moderados de un campo y del otro. En este esquema, promovido por sectores de la excentro-izquierda venezolana (Acción Democrática de Henry Ramos Allup) y por sus partidarios europeos (Allup es el vicepresidente de la Internacional Socialista), la Violeta Chamorro de Venezuela podría haber sido encontrada en la Procuradora general Luisa Ortega Diaz.

Un tiempo considerada cercana a Diosdado Cabello (el número dos del partido de gobierno PSUV), Ortega Diza se está apartándose e siempre más del chavismo con declaraciones y tomas de posición estridentes también con respecto a su rol. En Venezuela se discute y se especula.

La declaraciones de la Fiscal General, que tiene una larga historia de militancia en la izquierda y en las asociaciones para los derechos humanos de la IV República, son acogidas bien hasta por aquella área magmática que se difine Marea Socialista y que comprende a ex figuras de gobierno no más reconfirmadas
por Maduro.

Este componente, que busca un espacio político en ausencia de un verdadero enraizamiento popular, está proponiendo un espacio de encuentro entre “aquellos que no quieren la polarización”. ¿Por qué no lo proponen dentro de la Asamblea Constituyente lanzada por Maduro a todos los sectores del país? Misterio.

Algunas de sus ideas - una auditoría sobre la deuda externa, una investigación profunda sobre la corrupción interna y el bloqueo de la explotación de la zona del arco minero - podrían parecer propuestas más de izquierda. Pero estas posiciones vienen desde hace tiempo discutidas vivamente dentro del chavismo y de la “democracia participativa y protagónica” y también en aquello que ahora se constituye como un nuevo “Frente antimperialista”, compuesto por el Partido Comunista, del Partido Redes (un poco similar a la italiana Autonomía difundida) y por otras formaciones menores que no se han disuelto en el PSUV.

En el área que se ha definido “chavismo crítico” sobresale un ex- hombre de gobierno, Nicmer Evans, que de cosas “de izquierda” dice pocas. La única “propuesta” es un formalismo mecánico, el fetiche de las reglas aisladas da l’enfrentamiento entre interèses en lucha, que siempre redefine la relación entre conflicto y consenso.

Nada de alternativo, de todas maneras. ¿Y luego para ir a dónde?. Al retroceso, hacia la reactivación de la “democracia representativa” de la IV República. La vía “nicaragüense” sirve sólo para suavizar la píldora.

En los programas de las derechas latinoamericanas, que vemos aplicadas en dos grandes países en los que han regresado al gobierno (Argentina y Brasil), se despliega un neoliberalismo salvaje donde las oligarquías guiadas por los grandes poderes multinacionales quieren apropiarse de toda la torta. Sin mediaciones y con la arrogancia racista y neocolonial que les caracteriza.

Ciertamente, todo sirve para alimentar el relato de un chavismo al borde del abismo, obligado a reprimir a quien pide “libertad”.

En cambio, el esquema es el mismo del 2014, que Ortega Diaz ha visto de cerca durante el ataque violento al Ministerio Público en abril de aquel año, y que entonces habia duramente sancionado a través de la acción de sus magistrados.

Un ataque hoy mucho más violento y articulado porque es apoyado por Trump y por los organismos internacionales, nuevamente hegemonizados por países que han regresado a la derecha. Un coro subalterno a los dictámenes de Washington que presiona por exportar a Venezuela el “modelo sirio” o líbio, para transformar también el continente latinoamericano en una polvorin.

¿No se siente incómoda la Fiscal en el recoger el apoyo “peludo” de los países como México o Colombia que no son garantistas? Seguramente, ella registra un peligro, inherente en la “apuesta” de Maduro en el pedir al pueblo venezolano si quiere volver al pasado o “blindar” la democracia participativa que ha escogido con la constitución de 1999.

El riesgo existe, pero el intento está lejos de ser regresivo, lejos de ser autoritario. Y sirve para hacer discutir el país con el debate y el voto, no con las balas. Quien quiera regresar a la “democracia representativa” (es decir, al ballet de las elecciones sin control popular y al neoliberalismo pleno) en cambio, es precisamente el campo que apoya Ortega Díaz.

Ramos Allup, líder de Acción Democrática, en su lenguaje grosero y machista, tiene la ventaja de ser claro: luego de haber etiquetado como una “cagada esta prostituyente emitida por un régimen inmundo” para desmentir la noticia de haberse inscrito como candidato para la Constituyente, ha preanunciado nueva escasez y sabotaje de las empresas importadoras.

Y mientras tanto, Julio Borges, actual presidente del Parlamento (de oposición) y miembro de su coalición Mud, lanza llamados a las empresas y a los bancos de medio mundo para que hagan naufragar al país. Y la gran empresa Polar, que tiene gran parte de los productos de la canasta básica, ha decidido nuevamente suspender la producción.

¿Con què juego de florète se puede frenar el avance de las derechas, apoyadas por una ofensiva internacional de estas proporciones? Venezuela es un laboratorio de guerra y la estrategia de la confusión es un elemento fundamental. Poner sobre el mismo plano las causas injustas y aquellas justas, el ataque de los dominantes y la resistencia de los oprimidos, apelar a una improbable neutralidad, sólo sirve para adormecer las aguas u obtener un salvavidas en caso de peligro.

Vale, a este respecto, la oportuna carta de la Red de Intelectuales, artistas y movimientos sociales en defensa de la humanidad que responde a aquella firmada por un grupo de académicos de varios países contra el proceso bolivariano, bajo el título “Llamado urgente para frenar el aumento de la violencia en Venezuela”.

Un texto en sentido único, que no nombra nunca el orígen de las violencias y el ataque a la democracia por parte de las derechas que han pisoteado en más de una ocasión las reglas institucionales, usando al parlamento como lugar de subversión.

“¿Quién acusará a los acusadores?” Pregunta el texto en defensa de la Revolución Bolivariana, poniendo el dedo en la llaga del eterno retorno de un vicio histórico, el del “ni fu ni fa”: del académico incapaz de asumir la complejidad de lo real y no sólo de nombrarlo; incapaz de “tomar parte”, no de lo instituído cualquiera que sea, pero en el sentido gramsciano del término: para aquellos sujetos populares organizados que se sitúan justo “abajo a la izquierda”, en aquel “caminar preguntando” que encuentra respuesta haciendo tesoro de las decepciones.


Fuente: Alai

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