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Por Katu Arkonada

El retorno del méxico plebeyo: populismo y hegemonía

México | 10 de julio de 2018

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Por Katu Arkonada

El 1 de julio se celebraron en México unas elecciones históricas, donde un proyecto con raíces en la izquierda y lo nacional-popular, ganó las elecciones. Andrés Manuel López Obrador, candidato de Morena y de la coalición Juntos Haremos Historia, obtuvo 30 millones de votos, el 53% de los mismos, la cifra más alta obtenida por ningún candidato presidencial en el país norteamericano.

La elección más grande de la historia (más de 4000 cargos de elección popular, entre ellos el de Presidente, 500 diputados, 128 senadores y 9 gobernaciones, incluida la Ciudad de México) deja una victoria contundente. Es la confianza en un líder que se ha crecido ante las adversidades en la que era su tercera y última candidatura presidencial, pero, sobre todo, es un voto contra un régimen neoliberal que dejó un México sumido en la violencia, pobreza y desigualdad. Un voto contra el Pacto por México firmado por el PRI, el PAN y el PRD.

El pueblo mexicano votó, por tanto, contra un acuerdo cupular y autoritario que buscaba iniciar un nuevo ciclo de reformas neoliberales . Votó por dar una oportunidad al único que no salió en la foto del Pacto por México y prometió derogar la reforma educativa y realizar una consulta en torno a la reforma energética, ambas herencias negativas del sexenio de Peña Nieto.

Pero aquí viene el primer aviso. El 53% de los votos obtenidos va mucho más allá del núcleo duro de Morena (o del PT o PES, aliados en esta campaña electoral). Es un voto que no se podría llamar prestado, que amplia como nunca antes el apoyo a un Presidente en un país presidencialista, rozando la hegemonía (política, que no cultural), pero sí un voto extremadamente exigente que va a necesitar ver cambios reales durante los primeros meses del nuevo gobierno que se instaurará el 1 de diciembre de 2018.

Estas elecciones son también el fracaso de la comentocracia , los intelectuales y legitimadores mediáticos del régimen neoliberal del PRIAN, que no pudieron (re)imponer la idea de “un peligro para México”, ni tampoco en el tramo final de la campaña, la del voto “útil” o cruzado.

También fracasó en estas elecciones el fraude, la compra masiva de votos en muchas delegaciones de la Ciudad de México (Iztapalapa o Coyoacán, por poner 2 ejemplos) o el país (Puebla) quizás pudo reducir, pero no impedir, el triunfo de López Obrador.
Y estas elecciones han sido sobre todo las del retorno del México plebeyo, las del “primero los pobres”, a pesar de que, paradójicamente, Morena y Amlo hayan ampliado su base de votantes con capas medias y medias-altas como nunca antes. Y junto a las y los de abajo, la juventud, y especialmente los millenials, que han escogido, aunque también pudiera parecer paradójico, al candidato de más edad para representarles. Es, en definitiva, la victoria de lo popular frente a lo cupular.

Los datos

Las cifras del triunfo de López Obrador son más que contundentes.
Por primera vez en México, la izquierda va a gobernar el país, la Ciudad de México, y tener mayoría en el Senado y en la Cámara de Diputados. Además, tanto en el poder ejecutivo, como en el legislativo, habrá paridad de género.

Amlo ganó además en 31 de los 32 estados de la República (solo Guanajuato siguió apostando por el PAN). Especialmente significativa es la victoria en el mayor distrito electoral del país, el Estado de México, cuna del PRI, donde Morena y la coalición Juntos Haremos Historia gobernarán en 55 municipios (incluido la cuna del peñanietismo, Atlatomulco, además de Toluca y Ecatepec) frente a 33 ganados por el PAN y 23 por el PRI.

El triunfo moreno se dio también en 5 de los 9 estados donde la gobernación estaba en juego (CDMX, Veracruz, Chiapas, Tabasco y Morelos) y en 11 de las 16 alcaldías que conforman la Ciudad de México.
Y todo ello, sin grandes brechas regionales en la composición de voto, así como tampoco de género, clase o estudios.

En el apartado de datos es necesario destacar no solo la victoria de Amlo, si no la estrepitosa derrota del PRI (no se puede entender una sin la otra). No solo no ganó ninguna de las 9 elecciones a gobernador, si no que en la elección presidencial tampoco consiguió ni uno solo de los 300 distritos electorales en los que se divide el país, así como ni una sola de las 32 entidades federativas. El viejo Partido de la Revolución Institucional se queda con menos del 10% de los 2.464 municipios mexicanos; y solo por hacer una comparación, en la Cámara de Diputados tendrá un grupo más pequeño que el del PT, que hasta la pasada elección contaba con el 3% del porcentaje a nivel nacional.

¿La 4ª transformación?

Andrés Manuel López Obrador ha sentenciado en numerosas ocasiones que se viene la cuarta transformación de México, tras la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana. Una transformación pacífica y democrática (según los estándares de la democracia liberal).

Es claro que, si la Revolución mexicana fue la primera revolución social de todo América Latina, y de todo el siglo XX, la producida el 1 de julio es una revolución electoral sin precedentes en la historia de México. Una suerte de jacobinismo de las urnas .

Y realmente, los cambios ya se han empezado a sentir. Antes siquiera de ser declarado Presidente electo de forma oficial, Amlo ya ha hablado con Trump durante media hora, ha acordado un encuentro con el Secretario de Estado Mike Pompeo, y se ha reunido en Palacio Nacional con el Presidente saliente Peña Nieto, así como con las élites económicas agrupadas en torno al Consejo Coordinador Empresarial.
Pero, ¿qué tipo de gobierno podemos esperar de López Obrador?

En principio un gobierno que pivotará entre la democratización institucional y el combate a la corrupción en el ámbito político, la redistribución económica sin afectar los intereses del gran capital en el ámbito económico, y la defensa de la soberanía nacional en el ámbito internacional.

En lo político, las prioridades son combatir la inseguridad y violencia que vive México, que ha provocado la militarización y paramilitarización de una buena parte del territorio nacional para librar una guerra social de exterminio . El Narco y la necropolítica serán el principal problema a enfrentar.

Asimismo, una batalla encarnizada contra la corrupción, lucha de la que Amlo ha hecho su principal bandera. Sin embargo, López Obrador se equivoca en 2 cosas a la hora de encarar esta batalla: la corrupción no va a desaparecer por la mera voluntad del Presidente, por muy honesto que él mismo sea (aunque es claro que perseguirla de manera efectiva, sea esta cometida por compañeros o familiares, ayudará); y al contrario de lo que el próximo Presidente afirma, la corrupción sí es un hecho cultural, profundamente arraigado en la sociedad, con un origen en el colonialismo y la lógica capitalista de la modernidad.

También es de esperarse una política de respeto a las libertades: la de prensa, el derecho a disentir, el respeto a la diversidad sexual o a los Derechos Humanos, como afirmó el propio Amlo en un spot de campaña, citando al intelectual mexicano Ignacio Ramírez “El Nigromante”: Yo me hinco donde se hinque el pueblo.

Entre los pendientes en el ámbito político que no se han profundizado mucho durante la campaña electoral, la inclusión de los pueblos y comunidades indígenas. Fue un acierto la presencia de Marichuy en la precampaña, para dar voz a los sin voz, pero es el nuevo Presidente el que tendrá que diseñar una política de Estado para los pueblos indígenas, respetando su autonomía.

Si analizamos el área económica, es urgente y necesaria la redistribución de la riqueza en un país del G20 que no crece más del 2% anual; donde el salario mínimo son 88 pesos diarios (menos de 5 USD); donde 4 mexicanos tienen tanto como el 50% de la población más pobre, el 10% controla más de 2/3 de la riqueza nacional, y el 1% acumula 1/3 de la riqueza de México .

La apuesta en el ámbito económico es clara, reforzar la soberanía sobre los recursos naturales, a partir de la auditoria de los contratos y concesiones obtenidas a partir de la reforma energética, y una apuesta por el mercado interno que permita una reactivación neokeynesiana de la economía. Asimismo, un plan de apoyo y empleo a jóvenes de la mano del empresariado, que habrá que afinar para que no se convierta en un programa de becas que autorice mano de obra barata a las élites económicas. Todo ello en medio de una renegociación del TLCAN con Estados Unidos y Canadá, en la que se espera que el gobierno entrante tome parte junto al equipo negociador del gobierno saliente.

Y finalmente, la política exterior probablemente es donde mejor se escenifique la recuperación de la soberanía entregada por el régimen del PRIAN. En ese sentido, la Cumbre de la Alianza del Pacífico que tendrá lugar el 24 de julio en Puerto Vallarta, y donde Peña Nieto ha invitado a participar a López Obrador, será el espacio donde se empiece a delinear la política exterior mexicana. Sería deseable que México cuanto menos abandone el Grupo de Lima, que solo busca desestabilizar el proceso de integración regional.

El otro tema fundamental, y donde México tendrá que hacer equilibrios con el gobierno de Estados Unidos y una deseable relación cordial con la administración Trump, es la cuestión del muro, y la defensa de los migrantes mexicanos en Estados Unidos, cuestión que no se puede disociar de los migrantes centroamericanos que diariamente atraviesan México buscando la frontera, y cuyos derechos humanos son sometidos a una constante violación y vejación, también por parte de la administración mexicana.

Neoliberalismo vs Populismo con características mexicanas

Más allá de las cifras frías, y las líneas maestras que contiene el proyecto de nación de Morena y es de esperar continúe el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, es necesario detenerse a analizar y caracterizar lo que implica el triunfo de este partido-movimiento puesto en marcha por Amlo.

Recordamos a Mariátegui cuando hablaba de ni calco ni copia, si no creación heroica. Y si bien la sentencia aplica a la perfección al momento actual, frente a interpretaciones erróneas, por ignorancia o, sobre todo, mala voluntad, debemos decir que López Obrador se parece más a Bernie Sanders que a Trump, y que su proyecto político es más cercano al de Perón que al de Hugo Chávez.

Realmente López Obrador se ha convertido en un significante vacío que aglutina todas las demandas insatisfechas de la sociedad, que simplifica en la corrupción todos los males que asolan el país, que concilia diferentes fracciones e ideologías, con diferentes pactos tanto a nivel territorial como sindical. Por abajo, pero también por arriba.
Es, en definitiva, una reacción visceral a la doctrina del shock neoliberal. Es un proyecto cuyas raíces se hunden en lo nacional-popular, desde donde enfrenta el despojo al que nos somete el neoliberalismo.

¿Y ahora qué?

La pregunta es qué viene a partir del 1 de diciembre.

El 1 de julio el sistema de partidos implosionó. Es claro que comienza un recambio de élites y la incógnita es si Amlo va a aprovechar la coyuntura y terminar de desintegrar al PRI y al PRD, para consolidar una suerte de bipartidismo en el que polarice como el solo sabe hacerlo, con el PAN. Son varios los escenarios posibles, que ya comienzan a analizar algunos intelectuales mexicanos.

Las experiencias latinoamericanas nos dejan varias enseñanzas. Una de las principales es que llegar al gobierno no significa tener (todo) el poder. Desde el primer día comienza una pugna con el poder económico y mediático por la conducción del proceso.

En ese sentido, es importante saber cual va a ser el nuevo tablero de juego, una vez que el mapa político ha quedado redibujado por completo en esta elección.
En el horizonte, el año 2021 y las elecciones de medio termino (mientras que el mandato para Presidente, Senadores, o Jefa de la Ciudad de México es por 6 años, el de los diputados locales y federales, o alcaldes, es por 3 años). De manera muy inteligente López Obrador ha planteado un revocatorio de mandato vía plebiscito, a mitad de mandato. Eso le permitiría estar en una boleta en las elecciones de medio término, lo que podría ayudar a consolidar los resultados obtenidos esta elección para, a partir de esa ratificación, comenzar como ya ha anunciado, las reformas estructurales en la segunda mitad de su sexenio.

Para ello López Obrador, que ha sido en campaña el Amlo más pragmático de los últimos 12 años, y a la vez quiere pasar a la historia como el mejor Presidente de México, deberá adoptar otro perfil como gobernante. Ya ha dejado claro que su intención es gobernar con el pueblo, por el pueblo, y para el pueblo. Pero la elección del 1 de julio es un momento político de excepcionalidad. El pueblo va a ir poco a poco replegándose a sus trabajos cotidianos, esperando que los gobernantes cumplan la tarea para la que han sido electos. Y ahí es donde entra en juego también la figura del partido, que no puede ser sustituido por el Estado. El nuevo régimen no puede cooptar las luchas sociales, debe no solo permitirlas, si no, sobre todo, no tratar de sustituirlas. Es necesario romper con el secuestro neoliberal y tecnocrático de la política.
En esta nueva etapa, los partidos políticos de izquierda que iniciaron esta transformación, especialmente Morena y PT, deben continuar impulsándola, sin dejar todo en manos del gobierno ni de la institucionalidad estatal.

En definitiva, a partir del 1 de julio, y si se quiere construir una hegemonía que vaya más allá de una simple mayoría política, menos Peace Amlove y más Maquiavelo.

Post scriptum: Nos siguen faltando 43, y miles de compañeros y compañeras más. Y si asumimos que fue el Estado, entonces la principal tarea debe ser transformar ese Estado.

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