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Por Noel Briceño

El salario que no endulza ni sala

Venezuela | 5 de julio de 2017

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Hace pocos días el Presidente Nicolás Maduro anunció un nuevo aumento del salario para el beneficio de las trabajadoras y trabajadores de todo el país, el cual eleva a 97 mil 531 bolívares la base salarial y el bono de alimentación llega a 153 mil bolívares. Así, el ingreso mínimo legal de los trabajadores llega a 250 mil 531 bolívares. Medida que la mayoría apoya y agradece al mandatario por el esfuerzo que ello implica.
El Gobierno venezolano busca hacerle frente a la crisis generada, entre otros factores, a la guerra económica declarada y ejecutada por los empresarios y la burguesía rentista e importadora, quienes han hecho de todo para impedir que nuestra economía avance y que el venezolano pueda tener algún poder adquisitivo, por lo que este año ya van tres aumentos que buscan proteger el ingreso familiar.

Sin embargo, el problema no es el aumento de sueldo, es que el bono de alimentación no incide en las prestaciones, vacaciones ni bonos de fin de año.

Y por el bono de alimentación es donde los empresarios pegan el aumento a los bienes, alimentos y servicios.

Pedro Eusse [1] afirma que la bonificación de la mayor parte de los ingresos percibidos en ocasión del trabajo, mediante el incremento de la base de cálculo del denominado “cesta ticket socialista” (sin incidencias salariales de acuerdo a la LOTTT, Artículo 105 literal 2), se eleva muy por encima del salario mínimo nacional, hecho sin precedentes que reduce integralmente el valor de la fuerza de trabajo en la medida que la parte de la remuneración salarial, que tiene incidencias en utilidades, vacaciones y prestaciones sociales cae ante el bono de alimentación en una proporción 40-60. Salvo en los casos en que, mediante convenciones colectivas, las y los trabajadores logran evitar o reducir la bonificación del salario.

De esta manera, el valor real del salario queda reducido y permite un pernicioso vicio que favorece a los empresarios, puesto que compensar con bonos no es funcional a la larga. Pierde el trabajador al no poder tener capacidad de ahorro al momento de su contingencia laboral, sea por renuncia, despido o jubilación.

Siendo el bono de alimentación mayor al salario mínimo, los empresarios (sobre todo los comercios de alimentos) lo toman como base de cálculo para aplicar un aumento de sus productos, con tal, ellos saben que eso no incide en sus márgenes de ganancias puesto que el salario pagado, al igual que el costo por despedir a trabajadores, siempre será menor al nivel de ganancia que obtienen de especular. Así, el bono es subsidiario al empresario quien ajusta sus precios para quedarse con ese complemento del salario.

Sin edulcorar

El asunto es que de cada 250 mil bolívares (redondeando las aproximaciones), sólo 97 mil es salario que genera cálculos por incidencias (vacaciones, bonos de fin de año, prestaciones sociales). Eso significa que el bono de alimentos no genera beneficios a largo plazo para el trabajador. Por ejemplo, si un empleado tiene 5 años en una empresa y lo despiden, la base del cálculo de sus prestaciones sociales será los 97 mil y no los 250 mil.

Ahora, si el bono de alimentación fuese parte real del salario y los 250 mil fuesen la base real del cálculo de las prestaciones sociales, vacaciones etc., la mafia del empresariado y los carteles explotadores lo pensarían dos veces en aumentar especulativamente sus productos y servicios, puesto que deben tratar de aumentar sus ventas para poder cumplir con el pago oportuno y sin protesto del salario de los trabajadores y además porque les saldría muy caro despedir y afectaría su margen de ganancias. Así no seguirían robando el ingreso de los trabajadores.

Hay empresarios honestos que les pega duro medidas de aumento de salarios, sobretodo los prestadores de servicios y pequeños comercios de ventas que no sean alimentos, pues la situación creada por la guerra económica en ejecución ha hecho cambiar las prioridades de un gran sector de la población, que van primero a conseguir alimentos y si logran ahorrar, van por otros tipos de artículos o servicios. Esto genera miedos e incertidumbres cada día de cobro.

Una editorial del portal Quince y Último [2] refiere sobre ese temor: “(…) resulta plenamente entendible. Y es que más allá del hecho formal de que todo trabajador o trabajadora, en principio, quiere ganar más, la amarga experiencia se ha encargado de dejar bien claro a los venezolanos y las venezolanas aquello que un famoso economista denominó ilusión monetaria: es decir, de nada vale que te ingrese más si tus egresos también aumentan, es decir, si mi salario aumenta y al mismo tiempo lo hacen los precios, no solo quedo en la misma sino inclusive peor, tanto en cuanto los precios suelen aumentar en un porcentaje mayor al de mi salario”.

En la medida que cese la guerra económica -que está muy bien explicada por Pascualina Curcio [3]- y los actores económicos comprendan que el aumento especulativo de los precios perjudica a todos, que el salario no debe seguir complementándose con bonos que a la larga no ayudan al trabajador con su contingencia laboral, en esa medida los precios se estabilizarán o (roguemos al Señor) bajarán.

Con sabor

Ahora, también hay que señalar que el Estado es también patrón y, en la lógica del capital, le sería una difícil carga el asumir la integridad del bono como parte incidental del salario.

Pero el Estado puede darse ese lujo, puesto que administra la renta petrolera y la de los impuestos. Y con el hecho de convertir el bono alimentario en parte íntegra del salario, el empleado al servicio del Estado tendría mejores expectativas del ingreso y éste asumiría una posición de fuerza contra la mafia especuladora de la empresa privada, pues, el salario visto de manera global incluso puede ser usado como disuasivo para frenar la especulación, pero debe venir acompañada de otras medidas como una real congelación de precios, control de las importaciones y severos castigos al cartel comercial especulador. Y no nos olvidemos de los jubilados y pensionados, si bien no reciben el bono alimentario, se les homologaría su ingreso a un margen mayor al 30 por ciento del bono de guerra económica.

Una sal que no sala

El verdadero sin sabor lo viven los empresarios. Pues es normal que no les guste para nada las medidas de aumento del salario. Pero es que mientras sigan en su actitud beligerante contra el Estado, éste debe tomar acciones. El sector empresarial alega que hay paralización de la producción, cuestión falsa, pues, la industria de alimentos, sobretodo, sigue produciendo a su capacidad. Lo que si hace falta es mayor cantidad de actores productivos, de manera que haya más presencia de productos compitiendo por ser adquiridos. Pero mientras sigan los monopolios y oligopolios controlando lo que se lleva a la mesa del venezolano, no mejorará la cosa.

Lo paradójico de las quejas del sector privado es que supuestamente hay una hambruna pero se escucha en todas las emisoras de radio publicidad de miles de anunciantes, o se ve en la TV por cable los spots de publicidad con el lema “Publicidad válida sólo para la República Bolivariana de Venezuela”. Que alguien explique esa “crisis”.

Y ese es el temor de algunos sectores a la Constituyente: no quieren perder privilegios.

Convertir el bono de alimentación en incidencia salarial real es tarea pendiente para la Asamblea Nacional Constituyente. A partir del 30 de julio se podrá escribir otra historia en paz.


Notas:

[1] Pedro Eusse: Desvalorización de la fuerza de trabajo En Venezuela (I), prensapcv.wordpress.com/2017/03/10/desvalorizacion-de-la-fuerza-de-trabajo-en-venezuela-i/

[2] Quince y Último: Nuevo aumento salarial: ¿peor el remedio que la enfermedad? En http://www.15yultimo.com/2017/07/03/nuevo-aumento-salarial-peor-el-remedio-que-la-enfermedad/

[3] Se trata de una guerra no convencional signada por cuatro elementos que producen distorsión económica: desabastecimiento programado de bienes esenciales, inflación inducida, boicot en el suministro de bienes de primera necesidad y el embargo comercial encubierto. Pasqualina Curcio: La mano visible del mercado. Guerra económica en Venezuela. Editorial Nosotros Mismos, Caracas 2017.

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