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Edgar Gutiérrez

El sujeto revolucionario: El asunto de la cultura popular.

Venezuela | 2 de junio de 2016

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Bueno, a estas alturas deberíamos tener claro, o más o menos, de que hablamos cuando hablamos de cultura, pero, ¿y cuando hablamos de pueblo, de cultura popular?

En el artículo anterior se quedaron muchas cosas en el tintero. Pero es que se estaba haciendo demasiado largo y pesado. Por ello, con la intensión de unir mejor aquel texto con este otro voy a retomar brevemente una de ellas.

Decíamos en el texto anterior que la forma que toma eso que llamamos cultura, tiene que ver con la relación que el organismo social desarrolla con la distribución de la riqueza producida por el trabajo social. Samir Amín, lo dice de una manera mucho más simple (lo simple es bello) y acertada: “Para nosotros, la cultura es el modo de organización de la utilización de los valores de uso”. Definición profundamente marxista, por cierto, que tienen una consecuencia inmediata y demoledora. Pues, dado que el capitalismo es un sistema social basado íntegramente en la (no) distribución de valores de cambio y la negación de por sí de los valores de uso como elementos subjetivos, no puede entonces poseer cultura en sí misma y lo que habitualmente llamamos “cultura capitalista” es simple y llanamente ideología que toma una forma que Ludovico Silva llamaba muy acertadamente “contracultura”.

Entonces, en términos reales, la cultura vendría a ser ese segmento de la estructura del organismo social que se opone a la ideología. Claro está entendiendo que esa es una división dinámica, es decir donde ninguna separación es definitiva y donde todo proceso cultural es altamente ideologizable. No vamos a profundizar en esta dirección. Hay mucho que decir, (re)leer y precisar en ese camino y será interesante hacerlo en algún momento.

Pero si vamos a tratar de aproximarnos a algunas precisiones sobre la “cultura popular”, que según lo dicho antes sería la verdadera cultura que ahora nos interesa. Y sin caer en otro tipo de discusiones, vamos a entender “popular” como lo que realmente significa: “del pueblo”.

Permítanme aquí una breve digresión. En el artículo siguiente tenía pensado discutir directamente sobre el sujeto revolucionario en todo este contexto que hemos intentado determinar. Pero por algunos comentarios que he recibido, creo que conviene hacer un breve comentario relativo al asunto del método y la visión desde la cual intentamos las definiciones, conceptos y categorías que tratamos de manejar en esta discusión. De todas formas, la discusión está abierta.

Acerquémonos entonces a lo popular.

Vamos a aproximarnos al asunto esencialmente desde el punto de vista que nos interesa, en especial ahora que entendemos que el capitalismo es fundamentalmente contracultural y por lo tanto antagónico a cuál forma posible de cultura popular.

En la nota anterior usábamos las expresiones "todos somos pueblo" y "pueblo somos todos" en dos contextos y dos sentidos antagónicos que las hacen decir cosas completamente diferentes. Vamos a tratar de aclarar esto, por lo menos desde nuestro punto de vista, que casi siempre lo que logra es enredar aún más las cosas.

En una da las ocasiones usábamos la expresión "todos somos pueblo" en el sentido de ser parte de ese sujeto colectivo que defiende los productos culturales del pueblo como propios, con sentido de pertenencia, pero además de pertinencia, es decir haciéndose materialización de pueblo real. En la otra antagónica situación usábamos "pueblo somos todos" refiriéndonos a esa manipulación deformante a la que recurre la derecha (y algunas veces algunas izquierdas) según la cual se reafirma que "pueblo" es solo un concepto y no una parte actuante y definida del "organismo social".

El asunto se hace complejo, particularmente porque como decíamos, desde sectores nuestros se sigue manejando “pueblo” como un concepto, es decir, algo sinónimo de número, de masa informe, gente de a pie, y por ello manipulable y acomodaticio.

Permítanme que les cuente esta “fábula” trajico-cómica: “Unos señores, de una cierta organización chavista de base, asisten a una reunión relacionada con el Congreso de la Patria a la cual estaban convocados, digamos que a las 5 pm. Pero no pueden empezar la reunión porque en el local hay otra reunión, a puerta cerrada, discutiendo lineamientos sobre algo que luego habrá que explicarle al pueblo. Ya antes, otro equipo de dirección en una reunión anterior había discutido los lineamientos que habría que comunicar a los asistentes de la reunión de las 5 puesto que la base no podía participar en esa otra reunión. Pero al final no importó porque la reunión de las 5 fue suspendida dado que un importante dirigente está convocando a una reunión para dar otros lineamientos que serán comunicados en una asamblea (en la cual solo se puede oír) a la que se necesita que asista bastante gentecita” (la expresión “gentecita” es textual).

Se hace evidente, en la fábula el uso, de la manera más difusa, de la frase “pueblo somos todos” que implica la reiteración de pueblo como concepto inespecífico, particularmente por la negación de su rol como sujeto.

Totalmente distinto es el concepto que el pueblo mismo se asigna y que se parece más al usado cuando se dice “todos somos pueblo” Es decir cuando la gente la utiliza entendiéndose a sí mismo como sujeto no solo de cierto proceso, sino de todos los procesos. Y lo hace desde aquel “solo el pueblo salva al pueblo” o aquel otro “la voz del pueblo es la voz de dios” que tantas veces escuchó en boca de su líder, Chávez. Visión que, por cierto, lo aleja definitivamente del sifrinaje burgués pero que lo distancia también de una izquierda que no termina de entenderlo y que por esa misma razón no termina de aceptarlo. Por eso, como decíamos en el primer artículo de estas series “Las izquierdas”, el pueblo solo se siente de izquierda en esos momentos en que siente que desde ahí es donde se identifican sus problemas y se le reconoce su carácter de poder originario. Pero en el mismo momento en que siente o entiende que eso ha dejado de ser o puede dejar de ser así, e impelido por los sólidos procesos de asignación de sentido desde el lenguaje contracultural de la derecha, deja de sentirse tan claramente definido.

El acierto mayor de Chávez, fue justamente que nunca dejó de hablar como y desde el pueblo. Sus chistes “chabacanos” no eran posturas, su contacto con la gente era real. Pero ninguno de los líderes del chavismo, ni siquiera Maduro, han logrado ese nivel de relación con la gente. Algunos porque saben que en los hechos no son pueblo y por lo tanto ni lo intentan. Y otros porque andan en otras cosas y en el fondo el poder popular no solo no les resulta atractivo sino además poco conveniente. El camino correcto sería, no relacionarse con el pueblo pues eso significaría seguir viéndolo desde afuera, sino como decía Mao ser “peces en el agua”, es decir ser definitiva y realmente pueblo y entonces todos estos conflictos conceptuales comenzarían a corregirse. El peor error es seguir viendo al pueblo como el objeto de nuestro trabajo, nuestro “target” que se busca muchas veces como excusa para justificarse. Porque el pueblo real, creyó (cree) en Chávez y por ello se convenció, por él se lo decía con palabras y con hechos, que había pasado de ser “pueblo espectador” o “pueblo concepto” a ser agente protagonista, a ser poder, a ser gobierno, a tener valor, a dejar de ser invisibles.

Así que calificar, mecánicamente, el chavismo como de izquierda es, simplemente, una lectura incompleta del asunto. El sujeto chavista no puede ser calificado de izquierda desde la visión tradicional, no solo porque no asume ninguno de los parámetros formales o éticos convencionales del “ser de izquierda” sino que además no le interesan los temas globales que la izquierda discute y no le interesan porque no los entiende como propios. Mientras la izquierda sigue discutiendo temas “universales” los referentes del pueblo siguen siendo, a lo sumo, nacionales: Bolívar, Rodríguez, Zamora y ahora, la cuarta raíz, Chávez. Mientras para la izquierda, el asunto de la lucha de clases es un complicado problema sociológico que se insiste en explicar desde visiones eurocéntricas, para el pueblo el asunto se resuelve muy simplemente: “Blanco con bata es doctor, negro con bata, chichero”. Y así como para la burguesía cualquier moreno, o marrón, es sospechoso, para el pueblo cualquier blanco de clase media es rico.

Pero lejos de entender eso, la izquierda sigue discutiendo, centralmente, “lo internacional” mientras el pueblo está en la calle haciendo esfuerzos para conseguir lo esencial para resolver el día a día. Y por ello, para la izquierda, el pueblo es pasivo, inconsciente, alienado y no sé cuántas cosas más. Este es uno de los muros a los cuales debemos enfrentarnos. No puede la izquierda tratar de seguir haciendo la revolución desde una oficina, desde la poltrona donde nos sentamos a usar el computador y menos aún desde definiciones elaboradas exógenamente que garanticen la tranquilidad en su zona de confort. La revolución solo de hace desde y con el pueblo. Y si no lo entendemos de nada servirán los golpes de pecho posteriores.

La cultura popular es la vida del pueblo. Sin dudas es “el modo de organización de la utilización de los valores de uso”. O lo entendemos o seguiremos dando saltos al vacío y con los ojos cerrados.

Creo que todavía estamos a tiempo de afinar el tino, es decir la puntería...

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