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Entrevista a Ricardo Antunes

"El trabajo es una actividad vital para la humanidad y el capital"

Brasil | 5 de noviembre de 2013

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Por Mariano D’Arrigo. Contrariando la teoría que pregona el fin del trabajo, el investigador asegura que "la clase trabajadora no está en vías de desaparición". Analizó la crisis social en Brasil.

En la película "Tiempos Modernos" Charles Chaplin representa el obrero-masa de la gran industria de comienzos del siglo XX, alienado por la línea de montaje y la producción en serie. Si la filmara hoy, el protagonista podría ser un joven latinoamericano o asiático, que atiende llamados desde Estados Unidos en un call center tercerizado por una multinacional.

El sociólogo brasileño Ricardo Antunes, profesor titular de Sociología del Trabajo en la Universidad Estadual de Campinas, sostiene que, contrariamente a lo que plantean los teóricos del "fin del trabajo", la clase trabajadora no está en vías de desaparición. Por un lado, se ha vuelto más fragmentada, heterogénea y compleja, pero, por el otro, tiende a homogeneizarse, por la precarización laboral.

El especialista participó de las jornadas internacionales "Actualidad de la teoría crítica", realizadas a mediados de octubre en la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario. Allí presentó la segunda edición en español de su libro "Los sentidos del trabajo", publicado por editorial Herramienta.

—Desde hace veinte años usted polemiza con aquellas posiciones que sostienen que la ciencia desplazó a la clase trabajadora como principal fuerza productiva, ¿Cuáles son las características de lo que usted llama "la clase que vive del trabajo"?

—Es una tentativa de concebir la clase trabajadora hoy, en su nueva morfología. Abarca un conjunto muy grande de hombres y mujeres que viven de la venta de su fuerza de trabajo por un salario: jóvenes, viejos, nativos, migrantes, blancos, negros, indios. Por un lado, existe fragmentación, heterogeneización y complejización de la fuerza de trabajo, y, por otro, una tendencia global a la homogeneización, dada por la precarización laboral. Al contrario de lo que plantean los teóricos del fin del trabajo, se trata de una actividad vital, sea para la humanidad, sea para el capital. China es una potencia monumental y se encamina a superar los Estados Unidos porque tiene una población económicamente activa cercana a las mil millones de personas, no por su tecnología. Además, el decir "adiós a la clase trabajadora" tiene una consecuencia política muy importante: es decir "adiós a la revolución y al cambio".

—En cuanto a las formas de organización del trabajo, en las últimas cuatro décadas se produjo un avance del modelo toyotista sobre el fordista, ¿cuáles son las tendencias actuales con respecto al proceso productivo?

—Con el toyotismo desde los años 70, y experiencias como la del Sillicon Valley en Estados Unidos y la de Benetton en el norte de Italia, empezó un proceso que el geógrafo David Harvey caracterizó como "acumulación flexible" y yo llamo "empresa liofilizada". La liofilización es un término de la química, un procedimiento que hace que a temperatura baja y constante, las sustancias vivas sean eliminadas. La empresa liofilizada es la que tiene mucha maquinaria y poco trabajo vivo, y los trabajadores y trabajadoras tienen condiciones laborales flexibles, informales y precarizadas.

—¿Cómo se transforman las formas tradicionales de acción sindical y política?

—Cambian profundamente. En el siglo XIX había un sindicalismo de oficio, protagonizado por una clase trabajadora que venía del artesanado para las grandes manufacturas. En el siglo XX, llega la gran industria, que generó un obrero-masa y sindicatos amplios. Con el correr de los años, los gremios se volvieron institucionalizados, verticalizados, de cúpula y concertación. La empresa del siglo XXI es más delgada, más fragmentada, conectada a través de las tecnologías de la información y la comunicación. Los sindicatos están desafiados a comprender quién es la clase que vive del trabajo hoy —por ejemplo, no tienen experiencia en organizar a los inmigrantes, lo ven como un enemigo que viene a "robar" el empleo al nativo— y a recuperar una dimensión de sindicato de clase, en el sentido de clase del siglo XXI. Los sindicatos deberían inspirarse más —como concepción, no como forma— en los movimientos sociales, especialmente en aquellos que tienen fuerza, base, autonomía y osadía política. En los movimientos más radicales, no en el sentido discursivo, sino porque van a las raíces de la sociedad.

—A su vez, el mundo atraviesa una crisis global, que algunos llaman "internacional", otros "financiera", ¿cómo caracteriza la crisis actual?

—Es una crisis estructural, profunda, mucho más que una crisis financiera. Estamos desafiados a pensar un nuevo modo de vida. El sistema del capital y su metabolismo sólo pueden ampliarse destruyendo la humanidad, la naturaleza y la vida.

—Para utilizar un concepto que usted retoma del filósofo húngaro István Meszáros, ¿cómo debería funcionar ese metabolismo social "más allá del capital"?

—Primero, el trabajo debe ser humano y societal, producir en base a las necesidades sociales y no mercancías. Segundo, debemos trabajar según el tiempo disponible: es completamente irracional que millones de personas trabajen doce o catorce horas por día y otras millones no tengan empleo. Tercero, tenemos que pensar un modo de producción en el que la propiedad privada no sea dominante. El escenario actual obliga a pensar un socialismo de nuevo tipo, no el del siglo XIX ó XX. En Bolivia y en Venezuela hay tentativas, pero es un salto brutal que las comunidades originarias y los pobres de las villas quieran comandar la vida. También tenemos que mirar hacia Africa y Asia: hay comunidades autónomas en India, y China es el país con las tasas de huelgas más altas del mundo. Tenemos que observar el escenario global, y es más de cambio que de preservación.

Fuente: Diario La Capital

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