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Por Aram Aharonian

Entre especulaciones y agoreros del final del chavismo

Venezuela | 17 de octubre de 2015

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Por Aram Aharonian

En unos 50 días se elegirán los nuevos integrantes de la Asamblea nacional venezolana, con resultados por demás inciertos y donde el país se apresta para la confrontación electoral entre la metáfora opositora del desastre y la victoria perfecta que pregona el oficialismo, en su consigna de consolidación del proceso bolivariano. Y revolucionario, dicen.

Si se intentara un análisis serio, se debiera partir de los datos de casi dos decenas de comicios anteriores, desde las elecciones de 17 años atrás, cuando Hugo Chávez accedió a la presidencia, las encuestas y sondeos de opinión, el análisis de la capacidad de movilización del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y de la Mesa de Unidad Democrática (MUD)…

No se puede dejar de considerar la delicada situación económica del país, junto a la escasez y las largas colas, lo que para los analistas extranjeros significa un “previsible” voto castigo al gobierno de Nicolás Maduro, con una esperada mayoría para la oposición. Pero es Venezuela, un país donde todos, bolivarianos y antichavistas, extrañan el liderazgo de Hugo Chávez. El problema existe y hay que reconocer la responsabilidad que le corresponde al gobierno, que prefiere insistir con la “guerra económica” que, sin duda, no puede ser la única culpable.

Y como si todo fuera calmo en lo interno, el enemigo mayor quiere ayudar a la desestabilización, promoviendo dos conflictos limítrofes, con Guyana –por el territorio Esequibo- y con Colombia, por el contrabando y la exportación de sus problemas internos, económicos pero sobre todo de seguridad: sicarios, paramilitares.

Tibisay Lucena, la presidenta del Consejo Nacional Electoral, advirtió que existe una conspiración contra el organismo, una denuncia que se repite cada año en que hay elecciones, y que no siempre surge de fuerzas interiores. Ahora fue el secretario de Estado de EEUU, John Kerry, y vendrán otros más agresivos, señala el director del diario Últimas Noticias, Eleazar Díaz Rangel.

No es nada divertido hacer filas hasta de ocho horas para poder conseguir comida o medicamentos. Las colas son ordenadas y la escasez no solo se debe al “bachaqueo” o contrabando hacia el otro lado de la frontera común de más de 2200 quilómetros. Escasean productos de precios regulados, y también todo lo importado a tasa oficial. Los controles no han surtido efecto y la brecha cambiaria es monumental. En la frontera con Colombia fueron detenidos 66 militares venezolanos, complicados en esas acciones delincuenciales que continúan operando. Mientras, tres ataques sucesivos, en menos de una semana, a instalaciones del Estado dejan en evidencia que se trata de planes de la oposición radical que continuarán hasta el día de las elecciones. Y después.

La metáfora del desastre

Es esta Venezuela en campaña preelectoral, donde la oposición construye su discurso y estrategia en torno a la metáfora del desastre, que se impone gracias a su efecto persuasivo transversal a todo programa de televisión, cobertura de diarios, portales o radios.

“Las metáforas, en tanto elemento alegórico –explica la socióloga Maryclén Stelling-, manifiestan algo que no necesariamente se dice explícitamente, pero se intuye y se comprende gracias a la asociación de conceptos y vivencias”. Por ello, palabras como deslave, terremoto, tsunami, tempestades, erosión, son reinterpretadas asignándoles una nueva noción.

Ante ello, incitan los think tanks, se impone la reconstrucción, recuperación, reactivación, recogida de los escombros, el rescate y así solventar este desastre. La oposición busca la solidaridad (el voto) en torno al desastre. El último paso antes de dar el paso al frente… del abismo.

¿Una victoria del gobierno o del pueblo?

Mientras, el oficialismo insiste en “la victoria perfecta”, “la unión popular para defender la patria (…) y despejar el camino”. Ese es el mensaje de Maduro: “No hay victorias predestinadas, hay que constituirlas y luego disfrutarlas”. “Necesitamos una gran victoria política (…) para despejar el camino” y asegurar la paz del país.

Muchos dirigentes del chavismo –en general alejados por el madurismo del gobierno- destacan que ha disminuido, casi desapareciendo, la crítica y la autocrítica a lo interno del proceso bolivariano.

“Estas elecciones no se van a ganar por simple inercia porque el chavismo esté presente, requiere una acción muy vigorosa, muy dinámica por parte del gobierno y de las fuerzas políticas que acompañan al gobierno”, señala el ex canciller, ex ministro de Energía, el exsecretario general de Unasur y actual embajador en Cuba, Alí Rodríguez. Pero pareciera que es el silencio lo que más acompaña esa inercia.

Por eso hablan de una “victoria popular”, del poder popular que emerge de las comunas donde se respira aún una conciencia sobre la necesidad de preservar los innegables logros del chavismo, y no del gobierno ni de la maquinaria electoral del alicaído Gran Polo Patriótico.

La oposición asegura que van a ganar las parlamentarias (una forma de abrir el paraguas –como lo vienen haciendo desde 2004- y denunciar que si no lo logran es porque hubo fraude), y por ende, debería ante todo dar a conocer las propuestas que elevarán como parte del Estado. Los medios que están de su lado, por ejemplo, son contrarios a ajustes como el de la gasolina, se expresan muchas veces a favor de Guyana y se muestran contrarios a los acuerdos de paz en Colombia. ¿Será esa la línea del MUD en la Asamblea?

¿Fin del chavismo?

Chávez, junto a sus principales asesores creó un proyecto de país, que con el tiempo derivó en un proyecto de sociedad más allá del capitalismo y logró ser hegemónico por la fuerza de su liderazgo y su capacidad estratégica. Tras su muerte se produce una ruptura en esa unidad interna, incluso dentro del gabinete de Maduro, mientras arrecian las presiones desde la socialdemocracia europea, en especial la francesa, los grandes grupos financieros trasnacionales y desde el mismo Vaticano para terminar con la revolución chavista.

Y así se suman informaciones contradictorias sobre la política económica el presidente anuncia la necesidad de ajustar los precios de la gasolina, la urgencia una revolución tributaria, el desarrollo los controles en los precios… que quedan en meros anuncios.

Hoy la economía está en manos del general de brigada Marco Torres, ministro de Economía, Finanzas y Banca Pública y presidente del estatal Banco de Venezuela, quien anunció el establecimiento de mesas de trabajo con las principales empresas financieras del mundo como JP Morgan, para invitarlas a invertir en el país, lo que tampoco ha devenido en políticas de apertura. Pero Maduro –que se repite en enunciar anuncios- instaba a radicalizar la revolución, lo cual uno supone que se avanzaría hacia un modelo con mayor participación de los trabajadores y el fortalecimiento de la participación popular.

El analista Manuel Azuaje señala que grupos que forman parte del gobierno se han enfrentado en temas neurálgicos como la orientación de la política económica. “Es la desaparición física de Chávez la que produce la disolución de hegemonía en el proyecto de gobierno, su ausencia produce que estos grupos entran en un enfrentamiento directo, sin que ninguno logre formar una hegemonía. De ese modo el vacío se perpetúa”.

Esta falta de consenso –o de convicciones- ha sido aprovechada por la derecha vernácula en alianza con el imperialismo para intensificar sus estrategias y colapsar al país. En varias ocasiones Maduro ha tomado decisiones para revertir medidas que en su momento causaron importantes críticas y desacuerdos por parte de la base chavista, como la paralización del proyecto de ley semillas que abría las puertas a los transgénicos, impidió la desaparición de la comuna El Maizal, y derogó el proyecto de apertura de nuevas minas para la explotación del carbón.

Pero lo cierto es que en el gobierno algunos apuestan a un programa de aperturas económicas, otros escuchan reclamos populares y toman decisiones que reflejan el espíritu de Chávez. El retorno al pasado no es una opción, ni la retirada una estrategia (…), es la hora de reconocer los aliados fundamentales y apoyarlos para que logren vencer a todos aquellos que quieren echar por la borda lo alcanzado, señala Azuaje

Futurología

Dos son los escenarios posibles: uno, donde el Psuv gana la mayoría de diputados electos; en otro, la oposición se lleva la mayoría. Los 51 parlamentarios que se eligen de manera proporcional quedarían repartidos de manera pareja. La decisión estaría en los circuitos, en relación a los cuales es más difícil hacer un pronóstico sólo a partir de las inclinaciones globales.

Una elección “pareja” crearía una alta tensión que sería adicionalmente estimulada por denuncias de fraude; habría intentos de violencia y actuaciones fuera del marco legal que pudieran saldarse con una derrota de los “insurgentes”, pero con efectos colaterales dañinos para el país.

En el caso de que la oposición obtenga mayoría de diputados, le correspondería designar al presidente de la Asamblea, lo que daría lugar a una situación objetiva de cohabitación, que pudiera implicar simultáneamente acuerdos y roces, que se irían dirimiendo con la vista puesta en el horizonte de las elecciones de gobernadores de finales de 2016, reconoce Leopoldo Puchi, politólogo opositor.

Si la situación se tranca y deriva hacia una confrontación de poderes muy fuerte el próximo año, seguramente la válvula de escape sería la del referendo en 2016 o principios de 2017. Este escenario se aceleraría en el caso de que la oposición obtuviese en diciembre las dos terceras partes de la Asamblea unicameral, lo que hoy parece ser más que nada un declaración de deseos.

Lo que no se puede descartar es que gane el gobierno o la oposición la tensión va subir, y por lo tanto hay que procesarla desde ahora, ya que los problemas económicos, en el eje de todo lo que ocurre, exigen un programa de medidas entre diciembre y enero. Y, en el plano político, el diálogo es un instrumento insustituible.

Fuente: http://www.alainet.org

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