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Por Ezequiel Maestú

Estadio Nacional: el centro clandestino de detención más grande de Latinoamérica

Chile | 10 de junio de 2017

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Cientos de hombres y mujeres permanecieron secuestrados en pequeñas habitaciones frías y oscuras, algunos en baños. Más de 200 personas dormían en el piso, calefaccionándose con su propia respiración. Esperaban poder ver, al menos una vez al día, el sol caer de lleno en su frente. El Estadio Nacional de Chile los aplastaba sin que ellos se dieran cuenta.

No sobraba tiempo para esconder a los militantes secuestrados, por eso, el mismo 11 de septiembre de 1973, día en que comenzó la dictadura comandada por Augusto Pinochet en Chile, se llenaron colectivos con detenidos.

Adam Schesch, académico norteamericano que estuvo diez días secuestrado recuerda: “Primero fuimos llevados en un micro con unas 15 personas a la Escuela de Suboficiales, donde vimos a un grupo de carabineros felicitándose por las nuevas promociones. Se juntó más y más gente en el micro y fuimos llevados al Estadio Nacional”.

Al mejor estilo de la Alemania Nazi, era necesario encontrar campos de concentración que los tuvieran aislados de la vida en sociedad.

Sin embargo, la reclusión social no era el único fin buscado por los militares. El exterminio era su bandera, por lo que los detenidos ilegalmente eran sometidos a todo tipo de torturas: descargas eléctricas, golpes, vejaciones psicológicas y violaciones. Sin contar la mala alimentación y hacinamiento. Solo algunas de las mujeres, que estaban detenidas en salones distintos a los de los hombres, contaban con colchonetas.

Algunos organismos internacionales de defensa de los derechos humanos intentaron brindar ayuda desde la denuncia y las donaciones: más que nada frazadas, teniendo en cuenta el frío que debían soportar los detenidos. Tampoco estaban autorizadas las visitas, ni de familiares ni de abogados.

Los tiempos de reclusión en el recinto eran variables: algunos eran liberados después de algunas semanas, otros eran trasladados hacia otros campos de concentración. Otros no volvían.

Durante los días que estuvieron presos Adam y su ex esposa Pat Garret (también detenida) se prometieron ser un testimonio vivo de lo sucedido allí. Entendieron que la memoria se construiría una vez afuera, y para ello debían obligarse a mantener su salud mental. Es así que la por aquel entonces joven pareja se encargó de llevar un conteo aproximado de la gente asesinada.

En una entrevista con Luis Klener, para el sitio web Punto Final, Schesch cuenta que “se sacaban grupos de detenidos cinco a siete veces al día (…) Se les amarraban los brazos a la espalda y les hacían registrar sus nombres en una mesita. Luego doblaban hacia la derecha de la cancha y se iban custodiados por soldados”. Además, recuerda que los fusilamientos se llevaron a cabo los días 15, 16, 17 y en la mañana del 18 de septiembre, día en que él escuchó la última descarga de fusiles automáticos.

“Cada vez que la fila de detenidos doblaba a la derecha, llegaba un oficial que encendía los motores de ventilación en el costado de los camarines, donde había entre 75 a 150 detenidos en cada uno. Los motores, que aún siguen en el mismo lugar, eran usados para que los prisioneros no escucharan los fusilamientos. Yo y mi ex esposa los oímos porque estábamos contra una pared que da a la cancha”, recuerda Schesch, quién asegura que los fusilados durante aquellos días no fueron menos de 400.

Los compromisos adeudados por parte de Chile con la FIFA obligaron a Pinochet y su grupo de amigos represores a abandonar el estadio y buscar nuevos centros clandestinos de detención. Se debía jugar la vuelta del partido ante la Unión Soviética por la clasificación al mundial de Alemania 1974 (la ida había sido empate sin goles en Moscú).

Los funcionarios de la Federación Internacional del Fútbol visitaron el lugar para asegurarse de que se encontraban las condiciones básicas para que se dispute el partido. Sin embargo, no estaban muy preocupados por la realidad política y social del país.

Gran parte de los detenidos fueron llevados a punta de pistola hacia la oscuridad de los vestidores, obligados a guardar silencio. Sin embargo, otra parte minoritaria de prisioneros permanecieron en las tribunas, en tablones de madera donde pasaban gran parte del día. Felipe Agüero fue uno de ellos y contó al diario New York Times: “Queríamos gritar, decirles ‘Oigan, aquí estamos, mírenos’. Pero ellos sólo estaban interesados en el césped de la cancha”.

Sin embargo, la Unión Soviética -al tanto de lo que sucedía en el país- se negó a jugar aquel encuentro. “Por consideraciones morales los deportistas soviéticos no pueden en este momento jugar en el estadio de Santiago, salpicado con la sangre de los patriotas chilenos”, declararon. La FIFA dio el encuentro por ganado a Chile.

Se estima que durante los dos meses que funcionó el centro clandestino de detención, hubieron alrededor de 40 mil detenidos. Según un informe de Inteligencia de la CIA del 20 de diciembre de 1973, los detenidos extranjeros fueron 552, la mayoría de países latinoamericanos.

Pasadas más de cuatro décadas, el Estadio Nacional funciona como un museo por la memoria en la actualidad. Además, fue declarado patrimonio nacional y monumento histórico. En lo que alguna vez fueron salones de torturas y pasillos oscuros hoy florece la memoria de un pueblo. Los tablones donde los detenidos pasaban horas y horas siguen intactos entre las gradas -fue la única parte del estadio que no sufrió modificaciones-. Un cerco las protege, en conmemoración a las vidas dejadas allí por una patria más justa. En la salida de los túneles a la cancha hay un cartel que dice: “Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro”.


Fuente: Notas

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