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Por Sergio Rodríguez Gelfenstein

Foro China-CELAC: una oportunidad para América Latina y el Caribe

América Latina y Caribe | 23 de enero de 2018

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Las convenciones han permitido organizar el tiempo a partir de los períodos de duración de los fenómenos naturales: el día y la noche, las estaciones y el tiempo de traslación de la tierra alrededor del sol, así como también de conformidades religiosas, así tenemos días, semanas, meses y años. Esto conduce a la equivoca idea de que estas convenciones pueden establecer parámetros de comportamientos sociales o políticos: se dice “este año ocurrirá esto o lo otro”, sin embargo, la realidad es que estos acuerdos modulan ciertas conductas y procedimientos, pero no los determinan ni los deciden. Esta reflexión, viene a cuenta de que siempre que comienza un nuevo año se elucubra respecto de que podría ocurrir durante el mismo, lo cual siendo valedero, no necesariamente señala con certeza lo que habrá de suceder, toda vez que los procesos políticos y sociales son continuos, dialécticos y dependen de las condiciones objetivas y subjetivas en que transcurren, no de plazos creados artificialmente.

Es así que el mapa político mundial no necesariamente se modifica en ciclos anuales, en esa medida genera muchas mayores certezas estudiar cuáles son las tendencias en la situación internacional, en ese sentido veo difícil que se produzcan cambios trascendentes en 2018 en comparación con 2017, si se considera que las directrices del poder global no sufrirán grandes variaciones durante el año que comienza.

La dicotomía principal seguirá siendo aquella que existe entre la guerra y la paz. Las acciones de política exterior de Estados Unidos que se orientan a favor del conflicto y la guerra, se han acentuado desde la llegada al poder de Donald Trump: incremento de su actividad agresiva en la península coreana, reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, amenazas de revertir el acuerdo nuclear con Irán, apoyo irrestricto y ciego a Arabia Saudita en el desarrollo de su guerra genocida en Yemen, incremento del gasto militar, fortalecimiento de la OTAN, intimidaciones a Cuba y Venezuela, escalamiento de la tensión con Rusia y aumento de la presencia militar en el mar Meridional de China, al mismo tiempo que incentiva los conflictos en esa región. El mapa político de 2018 se dibujará dependiendo en gran medida de la capacidad que tengan las fuerzas favorables a la paz, de impedir los designios bélicos, terroristas e intervencionistas de Estados Unidos.

Por su parte, la situación de América Latina y el Caribe está marcada desde hace algunos años, por una transformación de la correlación de fuerzas a favor de una regresión conservadora que está revirtiendo todos los avances que se habían logrado en materia social durante los primeros quince años del siglo, poniendo en entredicho la democracia electoral como modelo de gobierno, sobre todo cuando se pudo destituir ilegalmente a la presidenta Dilma Rousseff en Brasil y al presidente Fernando Lugo en Paraguay, organizar un golpe de Estado de Honduras en 2009 y que ahora ha visto cómo se impone un monstruoso fraude electoral o, la posibilidad que personas que han delinquido, -paradójicamente protegidos por la justicia- como Michael Temer, Mauricio Macri, Juan Manuel Santos, Enrique Peña Nieto y Sebastián Piñera accedan a la presidencia de sus países, todo ello influido y condicionado por esta situación de enaltecimiento del conflicto que permea al globo. De manera tal que la situación mundial está afectando negativamente a América Latina en un año 2018 en que definitivamente los eventos electorales pondrán a prueba la credibilidad en los sistemas democráticos electorales.

Es muy difícil responder en términos plurales a la pregunta de ¿qué se debe hacer para lograr una mayor presencia de América Latina y el Caribe en el escenario global?, porque su única posibilidad de participar con cierto protagonismo en el escenario global es a través de su concurrencia integrada. Ningún país de la región, ni siquiera Brasil por sí solo, tiene capacidad de conseguir un espacio importante en el mundo. Lula comprendió eso y llevó a Brasil a los BRICS y a utilizar la potencia de su economía para fomentar la integración regional y subregional. Eso fue favorecido por el impulso que le dio el comandante Hugo Chávez a este proceso, así como los gobiernos progresistas que estuvieron en el poder durante los primeros tres lustros de este siglo.

Las tendencias retrógradas que se han ido imponiendo en la región se han dedicado a torpedear este proceso, las oligarquías en el poder tienen un punto de vista más nacionalista -que les conduce a optar por la maximización de ganancias en una relación subordinada a Estados Unidos- que una tendencia integracionista apuntando a construir un polo de poder mundial. La potencia norteamericana ha conseguido aliados latinoamericanos para torpedear la integración de la región, que ha sido un objetivo de política exterior permanente de Estados Unidos desde hace casi 200 años.

En esa medida, América Latina y el Caribe como región no tiene ninguna posibilidad de tener “un puesto más importante en la administración global y el mapa político mundial”. Individualmente, los únicos países que podrían hacerlo: Brasil y México, no están en condiciones, uno por la profunda crisis económica que atraviesa y la carencia de credibilidad política de un gobierno que sólo tiene el apoyo de 5% de la población y que se puede sostener sólo por las triquiñuelas propias de la democracia electoral y el otro, México, entrampado en una relación de subordinación casi absoluta a Estados Unidos, que lo desprecia y humilla constantemente, sin capacidad para responder, también por la abrumadora falta de credibilidad en un sistema político corrupto y desprestigiado. La región tendrá todavía que transitar algunos años en los que debiera mostrar capacidad de revertir estas tendencias dañinas para sus sociedades antes de pensar en tener alguna participación protagónica en el ámbito global.

Para la región, la agenda política de integración de este año, comienza en Santiago de Chile con la realización entre el 19 y el 21 de enero de la II Reunión de Ministros de Relaciones Exteriores del Foro CELAC-China con el tema “CELAC-China: Trabajando por más desarrollo, innovación y cooperación para nuestros pueblos”. América Latina como región no tiene una mirada similar respecto de su relación con China y en esa medida, no configura una opinión única sobre el tema, sin embargo esta instancia es una excelente oportunidad de incrementar los vínculos con una potencia que en sus lazos con la región no manifiesta actitudes hegemónicas, ni prácticas intervencionistas.

Para algunos países de América Latina y el Caribe, China es un país amigo, otros, interesadamente dicen que lo es, mientras de forma velada la desprecian, sobre todo cuando necesitan exponer su lacayuna actitud de subordinación a Estados Unidos; para la mayoría, no es más que el socio comercial más importante, en algunos casos el único salvavidas para sus maltrechas economías. La contrariedad es que la mirada desde China es distinta, basada en su filosofía, su historia y sus preceptos de política exterior, todos los países con los que tienen relaciones son considerados “amigos”, independientemente de la opinión de la contraparte, su régimen político, orientación ideológica y tamaño de su economía.

Ninguna persona con mínimos conocimientos políticos podría concebir que Mauricio Macri haya felicitado a Xi Jinping por su reelección como secretario general del Partido Comunista de China durante el XIX Congreso de esa organización celebrado en octubre pasado, a través de una curiosa misiva escrita en primera persona, en la que trata al presidente chino como “amigo” y lo felicita en su nombre y el de su esposa (súper sic como diría Alfredo Jalife-Rahme). Pocas veces se había visto una expresión de oportunismo y cálculo político tan escandaloso en las relaciones internacionales. Esta carta es un “monumento” a la hipocresía y la doble cara de un sujeto que desprecia a los comunistas y a la democracia, pero no puede abstenerse de aceptar el papel y la importancia creciente de la República Popular China en el escenario global y su potencial económico en ascenso. Los gobiernos de derecha que repudian el curso político de China se han visto obligados a aceptar esa realidad a regañadientes, por la sencilla razón de que no tienen otra opción, dada la profundidad de la crisis económica mundial.

Por el contrario, los países amigos de China, valoran altamente el papel constructivo que está jugando en el sostenimiento de la paz mundial, la cooperación mutuamente ventajosa, basada en la ecuación ganar-ganar y su posición irrestricta de defensa de la justicia y el derecho internacional. Se aprecia la gran valía que tiene que China establezca relaciones amistosas de cooperación económica sin imposiciones de carácter político, económico o militar y tienen la esperanza de que juegue un papel más activo y protagónico en la gobernanza mundial y en la administración global, utilizando todo su potencial político y económico para evitar imposiciones de otras potencias a los países pequeños, ejerciendo sus fortalezas no solo en favor de su pueblo, también en favor de los pueblos del mundo.


Tomado de: Nodal

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