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Por Yldefonso Finol

Golpe fascista en Bolivia: el alma de la contradicción fundamental

Bolivia | 14 de noviembre de 2019

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Yldefonso Finol

Estas reflexiones respetuosas, en el más puro espíritu solidario, compartiendo el sentimiento mayoritario de indignación que manifiestan las gentes honradas del planeta frente a la brutal embestida fascista, las planteo para invocar la conciencia que nos moviliza a derrotar este zarpazo y prevenir su repetición contra otros pueblos hermanos. En ningún caso incurriría en la impertinente pose de juzgar la actuación de los camaradas bolivianos ni en la arrogancia intelectual de dictar cátedra en un debate que tiene por protagonista principal al pueblo que hizo posible la creación del Estado Plurinacional de Bolivia.

La salida forzosa de Evo Morales de la presidencia es un duro golpe a la democracia contemporánea, a lo mejor de la cultura ciudadana alcanzada por la humanidad, a la convivencia intercultural y multiétnica como paradigmas de inclusión social y respeto a la diversidad. El golpe de Estado en Bolivia es un retroceso histórico a estadios autoritarios lacerantes que degradaron la vida en este continente colonizado por Europa hace más de cinco siglos y recolonizado por el imperialismo estadounidense desde la segunda mitad del siglo XIX.

Este asalto fascista al gobierno boliviano, en el mero centro geográfico de Suramérica, es una bola de polos lanzada con fuerza, cálculo y maña para tumbar todos los pines de la pista. Es un ataque directo al corazón de nuestra tierra; geopolíticamente es la conquista de la atalaya desde donde la fuerza enemiga tendrá la visual preferente sobre el escenario de nuestros movimientos, permitiéndole actuar con ventaja de altura y la cuesta a su favor.

El asunto será saber por cuánto tiempo.

I

Bolivia en el primer día sin Evo.

La historia de luchas de los pueblos por su emancipación nos enseña que ningún proceso es rectilíneo y ascendente; los altibajos y zigzagueos -incluso los retrocesos- son escenarios propios de la dialéctica política. El momento coyuntural de Nuestra América no escapa a las predeterminaciones coloniales que marcaron con hierro candente el surgimiento de Estados débiles y dependientes en el sistema de dominación internacional capitalista.

La volatilidad del momento político latinoamericano (y mucho más allá), que no es nuevo ni único en nuestra historia, sino más un fenómeno que emana de las estructuras profundas de nuestra configuración socioeconómica, está siendo azuzado por el fuelle de la crisis del sistema mundo dominante. Estas dos fuentes de inestabilidad, la raíz colonial dependiente y –por ende- nuestra inserción desventajosa en el aparato productivo mundial, forman una tenaza implacable que exprime pueblos y quema proyectos políticos como hojas secas en la hoguera.

El tamaño de las economías de los países antes colonias depredadas por el mercantilismo, donde no se instalaron ni capitales industriales ni mucho menos se desarrolló el capital humano en el aprovechamiento del conocimiento científico y las tecnologías, condicionó la dependencia económica de éstos como rasgo determinante en su condición de patrias explotadas por el mercado transnacional. También la incapacidad estructural para absorber su población económicamente activa, junto a las limitaciones financieras de los gobiernos para atender necesidades crecientes de bienes y servicios, constituyen causas permanentes de insatisfacción y malestar social.

De allí se desprenden situaciones extremas como la migración masiva, los crónicos niveles de desigualdad, los cinturones urbanos de miseria, la proliferación de violencia criminal; más, estos fenómenos no ocurren mecánicamente, ni son provocados por infestos maleficios, ellos son el resultado histórico de la imposición de un modelo opresor a nivel internacional, que condena nuestros pueblos a la condición de fuerza de trabajo sobreexplotada y consumidor de los medios mínimos de sobrevivencia, y a nuestros países en despensa segura de esa mano de obra barata, de recursos naturales como materia prima de negocios foráneos y energías para mover la economía globalizada.

Para continuar imponiendo ese sistema odioso, la acción sistemática de las fuerzas hegemónicas imperialistas busca desenlaces en cada oportunidad, hasta en las menos probables. Porque su mayor fortaleza no lo es exclusivamente el poder bélico, también cuenta la inteligencia aplicada al estudio de nuestras debilidades y la infiltración de agentes perturbadores. El rol desestabilizador de los medios de información, de las redes tecnológicas, de las sectas religiosas, ONGs, gremios conservadores y partidos políticos pro imperialistas, corroe la unidad popular y gana adeptos a la causa enemiga. Esto sumado a la captación de elementos importantes del aparato militar-policial, acechan como hienas sobre toda posibilidad democrática de inspiración socialista.

Mención aparte hay que hacer del estamento profesional devenido en elite oportunista, empoderado en el engranaje burocrático, sin otro compromiso que no sean sus aspiraciones pequeñoburguesas, muy prestos a servirle al capital en los sofisticados patíbulos judiciales, usados para linchar y destruir la dirigencia de izquierda.

Es pronto para concluir teorías sobre el caso boliviano. Ni pretendemos asumir una tarea que le es intrínseca al movimiento popular de Bolivia y sus vanguardias. La confrontación clasista está en plena ebullición, y en este país hermano ésta va asociada ancestralmente al componente étnico. Toca invocar la predicción de Tupak Katari, tal como lo ha apuntado el célebre vicepresidente García Linera al acompañar a Evo en su renuncia.

II

El alma de la confrontación es la lucha interna entre conciencia colonizada e insurgencia del espíritu revolucionario.
Necesitamos analizar científicamente la relación del pensamiento colonizado, sus mitos alienantes, su calado invisible en las conciencias colectivas, con la aptitud política proimperialista de amplios segmentos de nuestras sociedades. La ausencia de estudio de nuestra épica ancestral nos hace vulnerables al proyecto de recolonización del imperialismo. La cultura de masas impuesta por la lucrativa industria mediática transnacionalizada, exacerba el individualismo y el consumismo como esquemas de éxito y bienestar. Mientras, los antivalores que interesan al capital monopolista y a los centros hegemónicos neocoloniales, se apoderan de la mente de nuestras juventudes, mediatizan parte significativa de la clase trabajadora, poniéndolas al servicio de quienes son realmente sus enemigos. Nos conminan a olvidar nuestra historia, nuestro pasado de luchas, pero nos invaden la vida con sus leyendas supremacistas, eurocéntricas, sectarias anglosajonas y mitologías judeocristianas para la sumisión.

Las lecciones de estos días aciagos para la hueste bolivariana, indican que el Estado como aparato opresor al servicio de las oligarquías, es capaz de llegar mucho más allá del simple gobierno. La vocación represiva de las fuerzas policiales y militares en el orden burgués, no desaparece con el advenimiento de gobiernos populares, progresistas o de izquierda. En el caso latinoamericano la experiencia nos enseña que esas instituciones no se subordinan al pueblo trabajador, de donde seguro viene la mayoría de los uniformados; ellas portan en su formación esencial, la paradójica función de ejercer la violencia estatal contra los humildes en pro de mantener la sacra prevalencia del capital.

En el esquema de dominación instaurado en Nuestra América por Estados Unidos en complicidad con los cipayos criollos, las fuerzas represivas nacionales juegan el rol de ejércitos de ocupación contra sus propios pueblos. Por eso es vital al plan imperialista, desacreditar la herencia bolivariana, esa que es única garantía de la unidad indisoluble del pueblo como fuerza armada al servicio de la nación y la paz.

Sólo la verdad histórica forma pueblos libres.

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