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Haiti sigue sangrando mientras el mundo es cada vez más indiferente

Haití | 9 de octubre de 2016

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Cuantos más escombros se retiran, más carreteras se abren y más ríos comienzan a rebajar sus cauces, más devastación y horror se descubre que ha dejado el huracán Matthew a su paso por Haití. Las cifras de muertos (842 confirmados por las autoridades), ya cercana a las 1000 personas, son tan provisionales como cada una de las anteriores acciones tarda en producirse. Se cayeron casas, árboles, hubo corrimientos de tierras y se inundó todo en medio de un absoluto caos en el que el enloquecido viento arrasó cada metro de terreno que atravesaba.

“Los vientos eran terribles y se han llevado por delante las chabolas de muchas personas. Además subió la marea y se llevó todas las casitas del litoral”, explica a EL MUNDO desde Puerto Príncipe, capital de Haití, Federica Badocco, delegada de Médicos del Mundo en el país.

La responsable de esta ONG que tiene clínicas en las zonas más afectadas por el huracán, explica en una complicada conversación telefónica lo ocurrido: “Se hizo un buen trabajo por parte de los equipos de protección civil avisando de la llegada del tifón y pidiendo a la población que se desplazara de las zonas más peligrosas, pero mucha gente no quiso marcharse porque son personas muy humildes. Esas cabañitas es todo lo que poseen y tenían miedo a perder sus únicas pertenencias”.

Médicos del Mundo alerta ahora del después, tan peligroso como todo el antes: “Hacen falta medicamentos para contener el cólera y llevar agua potable. Estamos ya trabajando Gobierno, agencias internacionales y ONG en recopilar material y dirigirnos a zonas que ahora con el derrumbe de un puente están incomunicadas. Haití es el país más pobre de América Latina y tiene muchas fragilidades en infraestructuras. Otra vez le ha vuelto a golpear fuerte un desastre natural”, dice Badocco
La NASA explica en 3D la evolución del huracán Matthew

Según un comunicado de la oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), el paso del tifón “ha afectado a un millón y medio de personas y hay al menos 350.000 personas pendientes de recibir ayuda”. El jefe de la misión. Enzo di Taranto, explicó que “si el tiempo lo permite, un equipo de evaluación de desastres saldrá a examinar el terreno y establecer dos centros de operaciones: uno en el municipio de Les Cayes y el otro en Jérémie”.

Los dos municipios señalados por la ONU están al sur del país donde sigue habiendo zonas incomunicadas por el derrumbe del puente al que se refería Badocco. Allí los vientos, que fueron de hasta 300 kilómetros por hora, se cree que al golpear la isla el huracán alcanzó la categoría 5, la máxima posible, han dejado un panorama que el principal periódico local, Lenouvelliste, titula así: “Jérémie: el horror durante y después de Matthew”.

Una bomba atómica de viento asola el país

“El aeropuerto está casi destruido, no hay agua, ni comida, el teléfono no funciona, ni hay electricidad, ni los medicamentos que tanto se necesitan. Una sola palabra describe la situación de Jérémie: desolación”, comienza la crónica del periódico. “El agua acabó con todo lo que teníamos, no nos queda nada, nos vamos a morir de hambre”, explican los pobladores que tienen sus ya antes míseras pertenencias enterradas en el fango.

Esa es de hecho ahora la batalla del Gobierno y de las organizaciones sociales, intentar que los efectos del huracán no se conviertan en más dañinos que su propio paso. El ministro del Interior, Francois Anick Joseph, declaró el jueves el estado de catástrofe. “Toda la zona sur está devastada”, dijo el responsable político de un Gobierno que debía renovarse este domingo en unas elecciones generales que han sido suspendidas.

“El dilema de la ayuda”, decía el editorial de ayer de Lenouvelliste: “Mientras las estadísticas explotan sobre el número de muertes tras el paso de Matthew, redescubrimos los estragos del huracán (…) Estamos abrumados al igual que en 2010 (…) No aprendimos”.

Es imposible para todos los actores que intervienen en la actual catástrofe no recordar el terremoto que hace sólo seis años se llevó por delante más de 300.000 vidas y destruyó el país, de la condena que vive la isla, el país más pobre del hemisferio norte, con los desastres naturales y unas infraestructuras de vivienda que se derribarían con temblores y vientos mucho menores de los que sufre Haití. “No son casas, son espacios muy humildes, chabolas que se sujetan ya débilmente”, explica Badocca para tratar de explicar el enorme destrozo que ha causado el viento.

Ahora el escenario es de total batalla, como si una poderosa bomba le hubiera vuelto a caer al país. No se ha salvado de la destrucción tampoco la zona turística de Port Salut, uno de los escasas zonas comerciales desde las que reconstruir la débil economía haitiana en la que el 80% de la población sobrevive bajo el umbral de la pobreza. “Tras la inundación de la playa de Pointe Sable, la mayoría de hoteles o han sido destruidos o están terriblemente dañados. Nuestras habitaciones están inundadas y completamente destrozadas”, señala Jacques Anthony Nazaire, propietario del Naz-Inn.


Fuente: Resumen Latinoamericano

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