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Por Luis Bilbao

Hora de la verdad en Venezuela

15 de diciembre de 2015

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Por Luis Bilbao

¿Hay o no una Revolución en Venezuela? Aunque resulte extraño, desde hace tiempo, antes incluso de la muerte de Hugo Chávez, hay personas que niegan la existencia de un cambio raigal que justifique en este caso hablar de Revolución.

Con el saldo de las legislativas del 6 de diciembre, que dio a la oposición contrarrevolucionaria dos tercios de las bancas en la Asamblea Nacional, es vital aclarar ese punto para tener una caracterización clara de la coyuntura abierta por esta derrota electoral.

Si algo tiene de positivo el inapelable resultado electoral del 6D es que de aquí en más aquella discusión –tan seria como cuando en la edad media se debatía si el alma residía en la silla turca- perderá todo sustento. La derrota en las urnas clausura el espacio para el juego institucional con reglas del sistema capitalista. De manera que, o bien todo el proceso desenvuelto desde 1999 se resuelve en un salto cualitativo que dé basamento a la perspectiva socialista de la revolución, o bien desde Washington se restaurará el equilibrio burgués a un precio que haría temblar al planeta.

El propio presidente Nicolás Maduro lo dijo de manera rotunda: “Venezuela va hacia el fascismo o hacia una profundización de la revolución socialista. No hay terceras salidas”.

En esta afirmación hay desde ya una definición y un punto de partida. Quienes desde diciembre de 1998 sostenemos que Venezuela transita el sinuoso camino de una revolución en tiempos de contrarrevolución global, en tiempos de licuación de ideologías y desarticulación de partidos revolucionarios, tenemos la certeza de estar ante una batalla decisiva, cuyo único desenlace posible es el que presenta Maduro. A la inversa, quienes negaron o pusieron en duda la existencia de una revolución imaginan una salida negociada, incluso al precio de entregar el gobierno al enemigo para resistir desde el llano, dentro del juego institucional conocido, sin los incordios de ocupar Miraflores y con todos los beneficios de integrarse al sistema, en lugar de buscar abolirlo.

Aquella negación y esta expectativa no indican falta de calificación o lucidez. Hablan a las claras de una concepción reformista, que en su momento impidió comprender contradicciones del proceso y actuar sobre ellas, así como ahora bloquea la interpretación de una coyuntura que no deja lugar a terceras opciones. No hay espacio para la integración del Psuv a un régimen democrático-burgués desde una oposición basada en reivindicaciones populares. Y quien eventualmente quisiera hacerlo a título individual, más que un elegante salto a la talanquera debería dar prueba de completa sumisión a un régimen fascista.

Escribí con fecha 5 de noviembre: “Ante una eventual derrota, cabrá a la burguesía y sus mandantes optar entre aceptar la continuidad de las medidas revolucionarias o apelar a las armas, es decir, a la agresión extranjera, porque al interior carecen de toda posibilidad”. Después de sostener que “Mientras rija la ley del valor (…) habrá corrupción”, afirmaba inmediatamente: “Tras las elecciones el problema no será la corrupción, sino el restablecimiento a pleno del aparato productivo en industria y agricultura, aunque ambos desafíos están asociados. Esa necesidad llevará a un choque frontal con la burguesía y con las leyes objetivas del sistema capitalista. Esto ocurrirá con prescindencia de los resultados. La Revolución continuará avanzando. Quedará a decisión del imperialismo si permite la continuidad soberana y pacífica de esta experiencia observada en todo el mundo” (http://bit.ly/1RqmUMa).

Con los resultados a la vista, quiero reafirmar esa convicción: la Revolución continuará avanzando. Su victoria o derrota depende de la lucidez y el coraje de la Dirección Político-Militar, del afianzamiento y extensión del poder comunal, de la alianza cívico-militar, del acompañamiento que asuman las fuerzas revolucionarias en América Latina y el mundo, pero ante todo, de la adopción inmediata de las medidas que lleven a reordenar el caos económico que desembocó en la derrota electoral. Ese caos lo provocó la burguesía porque tiene los medios para hacerlo. El reordenamiento deberá ser, por tanto, en detrimento de esos medios, a costa de las plataformas donde la burguesía asienta su poder. Volveré sobre esto.

Singularidad venezolana

Evitar confundirse y propagar confusiones reclama ante todo rechazar cualesquiera identificación entre la situación de Venezuela con la de Brasil y Argentina. Quienes incurren en esa falsa igualación son precisamente quienes no entienden la diferencia entre una revolución y un pujo reformista de un sector lumpen-burgués como en Argentina, o de un partido proletario entregado a la conciliación de clases, como el PT. Hay revolución en Venezuela por las mismas razones que no las hay en Argentina y Brasil.

El hecho de que en Venezuela y Argentina haya habido una victoria electoral de la derecha mientras en Brasil una ajustada victoria llevó a la aplicación del plan económico defendido por los vencidos (es decir, haya ganado también la derecha) es un dato superficial. Quien no registre las diferencias no debería llamarse revolucionario, tanto menos marxista, pero tampoco llevará laureles como analista capitalista.

Gobierno, Psuv, organismos de masas y el grueso de la Fuerza Armada en Venezuela, no sólo no entregarán el poder a representantes del imperialismo, sino que tampoco aplicarán el plan exigido por la sobrevivencia e imprescindible saneamiento del sistema capitalista local. Si alguno de los factores mencionados lo hiciera, el país estallaría en pedazos y daría comienzo a una guerra civil de proyección regional.

Tal conclusión tiene un basamento objetivo. Si se toma como referencia el total de la ciudadanía en condiciones de votar, la derecha obtuvo el 39% de los votos en 2013 y el 39,53% en estas elecciones. El Psuv, en cambio, pasó del 40% en 2013 al 28,71 el 6D (Chávez había obtenido el 46% en 2006 y el 43% en 2012). La abstención y los votos nulos, en cambio, pasaron del 21 al 31,76% entre una y otra elección. Son datos enviados por un economista crítico del gobierno.

Siempre he rechazado en Argentina el método de sacar porcentajes sólo sobre votos emitidos válidos. Es también erróneo en Venezuela. Para tener una dimensión correcta de lo que ocurre en la sociedad es preciso tomar como base la totalidad de la población en condiciones de votar, pero también contabilizar votos blancos y nulos. Es una contradicción muy grande hablar de inclusión y excluir del conteo a abstencionistas –incluso si lo hacen por completa indiferencia e ignorancia- y personas que expresan su rechazo anulando el voto.

Como sea, esos casi 11 puntos porcentuales de aumento en voto nulo y abstención constituyen la diferencia que llevó a la derrota revolucionaria. Estos datos indican que aún en medio de la feroz guerra económica y la indecisión frente a la crudeza de las medidas necesarias para neutralizarla, el grueso de los trabajadores y el pueblo venezolanos mantuvo su decisión revolucionaria. En medio de inenarrables penurias económicas, 5 millones 600 mil ciudadanos votaron al Psuv-GPP. Una franja agotada se dejó ganar por el desaliento o el rechazo y no acudió a la cita, o lo hizo con un voto anulado. Aun así, se trata de una respuesta extraordinaria, que marca el escalón desde el cual es posible reiniciar la marcha y advierte que la burguesía no podrá avanzar, como pretende, sobre las conquistas sociales de los últimos tres lustros.

Comprender la naturaleza precisa de ese punto de partida es sin embargo un desafío mayor. Las masas no mantienen indefinida y constantemente su decisión de acción revolucionaria. Si hay algo para asombrarse en los 17 años de la Revolución Bolivariana es precisamente la tenacidad y fidelidad a un partido y una conducción política. Pero los flujos y reflujos son claramente visibles en la historia de todas las revoluciones. Ésta tiene una singularidad que produce aún más asombro: la expresión de la voluntad social se manifiesta en elecciones llevadas a cabo en la maraña de la institucionalidad capitalista, que hace más accesible a la burguesía la manipulación de sectores sociales por diferentes vías. La constante presión electoral, además, tiende a llevar al electoralismo. El proceso se invierte: más y más dirigentes actúan para ganar elecciones en lugar de buscar ganar elecciones para actuar en función de un programa. El lugar de la lucha por la conciencia lo ocupa paulatinamente la dádiva y la demagogia, ambos instrumentos de corto alcance y efectos contrarios a mediano plazo. Esta dinámica, además de alentar el consumismo, desvirtúa la naturaleza y función del partido revolucionario y debilita o directamente corrompe a sus cuadros.

Pese a todo, las masas y el Psuv continuaron mostrando una vitalidad sorprendente. En todo caso, queda reafirmado lo que demuestra la historia: hay que contar siempre con los flujos y reflujos de las masas, que sólo de manera indirecta y no necesariamente inmediata dependen del accionar político de sus direcciones. Según se esté en una u otra situación serán diferentes los conceptos y las formas de agitación y propaganda. Continuar en momentos de reflujo con la misma metodología de tiempos de alza es garantizar un distanciamiento de las masas. No sólo de los sectores más atrasados, sino de aquellos que apoyan a la revolución pero están sobredeterminados por una cultura secular y bombardeados por la propaganda capitalista.

En un artículo titulado Con la Revolución Bolivariana el 6-D, aun cuando todavía daba espacio a la posibilidad de una victoria, sobre todo por el sistema de elección de diputados, ayudado por voces inteligentes desde Caracas decía con fecha 3 de diciembre: “esta vez gravitan como nunca las consecuencias de la guerra económica en la vida cotidiana. Escasez y carestía golpean a la población y afectan a los sectores menos conscientes. Eso puede manifestarse en la elección, sobre todo con la abstención. Por esta razón no hay sondeos terminantes respecto del resultado final, aunque cabe aclarar que, dado el tipo de elección distrital, un contendiente puede obtener igual o menor cantidad de votos y pese a ello tener mayoría de diputados” (http://bit.ly/1NW5zVE). El hecho es que la abstención superó lo esperable y golpeó “como una bofetada que nos despertará”, según la expresión de Maduro, y el sistema electoral favoreció a la oposición teledirigida desde Washington.

Así se llega a este punto: mayoría opositora de dos tercios en la Asamblea Nacional, situación de franco reflujo en un sector que antes apoyó a la revolución, estado de descontento y duda en capas más amplias y más sólidas de las bases chavistas, golpeadas además por la derrota electoral.

Socialismo y transición

Desde esa situación desfavorable se impone ahora resolver la clave ya señalada: restablecer a pleno el aparato productivo industrial y agropecuario. Ésa es una condición de sobrevivencia de la Revolución. Y, como está probado, no podrá llevarse a cabo a partir de una negociación con el empresariado.

Chávez impuso un concepto que cambió el modo de accionar gubernamental no sólo en Venezuela: “la política va por delante”, solía repetir. Él tuvo en cuenta, no obstante, otro tópico: “la política es economía concentrada”. Eso que “va por delante” es una concepción y una práctica económica desplegada en función de una estrategia política. Por eso Chávez levantó la bandera del socialismo.

Al menos hasta un punto, coincidente con el inicio de su enfermedad, ambos principios podían conjugarse. Pero antes de ese golpe inesperado comenzaron desequilibrios tan difíciles de corregir como de sostener en el tiempo. Cuando Maduro asumió el gobierno ya la situación era alarmante, pese a la devaluación previa. Todo se agravó después con la caída del precio del petróleo. Y ese cuadro sería aprovechado por el capital para multiplicar artificialmente los efectos de por sí devastadores de la inflación. El desabastecimiento y la siembra de violencia completaron el cuadro y llevaron al 6-D y al 5 de enero, cuando la oposición asumirá su mayoría de dos tercios en la Asamblea Nacional.

Poner “la política por delante” implica ahora abroquelar la fuerza y determinar los cuadros que llevarán a cabo la tarea de poner en marcha el aparato productivo y avanzar en una economía planificada, lo cual implica:

– unificar el precio del dólar en el nivel correspondiente, teniendo como referencia no la existencia actual o futura de reservas, sino el producido total real de bienes y servicios en el país;

– fijar el precio adecuado a los servicios básicos (electricidad, gas, gasolina, etc),

– garantizar sin excusa ni demora posible el abastecimiento de la totalidad de mercancías vitales para la vida social, las cuales tendrán precios máximos cuya transgresión implicaría durísimas e inmediatas consecuencias penales,

– equilibrar gastos del Estado de acuerdo con los recursos disponibles bajo el principio de estricta austeridad, desde la Presidencia hasta el último funcionario.

Tales medidas tendrían un violento impacto sobre el conjunto social y un altísimo costo, cuyo pago es ineludible. Aquí “la economía concentrada” se expresa como imperativo político que define la cuestión central: quién pagará el costo descomunal que suponen las distorsiones llevadas al paroxismo por la conspiración burguesa timoneada desde Washington.

No hay sino dos opciones: si el saneamiento lo realiza el gobierno revolucionario, el precio deberá asumirlo la burguesía. De lo contrario, si la política que “va por delante” decide que no quiere o no puede dar ese salto cualitativo, el peso del caos actual caerá inexorablemente sobre las masas trabajadoras y desposeídas, sobre jóvenes y estudiantes.

¿Cuál es esa burguesía que debe pagar? Es el gran capital industrial, agroganadero, comercial y, en primer lugar, bancario. La estatización total de la banca es, junto con el más estricto control del comercio exterior también estatizado en su totalidad, condición necesaria para acabar con la especulación, el desabastecimiento y la inflación. El control obrero es la llave para que tales medidas al contrario de afectar la producción, permitan su potenciación. Ese control seguirá al milímetro los pasos de cada patronal. No quedará espacio para fraudes, acaparamiento, contrabando, sobre o subfacturación y otras tramoyas habituales. El Psuv y otros partidos del GPP alentarán ese proceso pero los agentes directos de su realización serán los trabajadores organizados en comités de fábrica, apoyados sin reparos por el Estado y, en particular, por la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, para afrontar las formas de violencia que la burguesía ensayará a partir de grupos paramilitares que ya tiene emplazados en todo el país.

¿Cuál sería el impacto sobre los trabajadores y las clases medias bajas urbanas y rurales? En un brevísimo plazo se pondría freno a la inflación y al desabastecimiento; la producción tomaría un enérgico impulso cambiando en relativamente poco tiempo empleo improductivo por empleo productivo; todos los planes de la Gran Misión Vivienda Venezuela podrían no sólo mantenerse, sino acrecentarse; todas las demás Misiones podrían revitalizarse y superar las actuales deficiencias; el salario real no sufriría mengua alguna; por el contrario, sí se restringiría el consumo suntuario y las autoridades deberían hacer una intensa campaña educativa para incentivar el ahorro y atacar el consumismo.

Aparte la argumentación teórica que explica por qué es imposible una solución intermedia, está el dictamen inapelable de la realidad en los últimos años.

Hay fuerza para esto

Aunque la empresa es de enormes dimensiones, hay capacidad material para llevarla a cabo. De hecho, el conjunto de pasos dados por el gobierno y el Psuv desde la noche misma de la derrota electoral apuntan a abroquelar esa fuerza. Todo depende de la decisión política, que sin duda está condicionada por concepciones reformistas e infantoizquierdistas que dificultan la acción, eventualmente al punto de trabarla.

Sin embargo hay un punto donde la debilidad sí es remarcable y no tiene respuesta inmediata: el escenario internacional y particularmente latinoamericano. No sólo ni principalmente el nuevo gobierno de Argentina estará dispuesto a activar la “clausula democrática” del Mercosur y a levantar la voz contra la Revolución desde Unasur. Para neutralizar e incluso impedir este accionar contrarrevolucionario continental ordenado por la Casa Blanca, es preciso poner en pie de combate al activo militante en toda la región, con base en los países del Alba, con enérgicas e inmediatas acciones no ya de solidaridad, sino de clara identificación con la Revolución Bolivariana y disposición a tareas conjuntas del Bravo a la Patagonia en un Frente Antimperialista Continental, así como a la conformación de Brigadas Internacionalistas, inicialmente desplegadas en acciones de propaganda en cada país para explicar la verdad de Venezuela, pero dispuestas a llegar allí donde el accionar contrarrevolucionario dirigido desde Washington lo exija.

Momento decisivo

En Venezuela no sólo hay una revolución profunda y genuina. Hay un largo trecho recorrido en la transición al socialismo. En primer lugar, la concientización y la organización de millones.

El socialismo no es sólo la propiedad colectiva de los medios de producción, aunque esto es en última instancia indispensable. Recuperar la idea y la estrategia del socialismo, encarnarla en un pueblo entero, reivindicarla en el momento más oscuro de la historia, es acaso la más grande y seguramente perdurable conquista de Hugo Chávez, con la que puso en pie a Venezuela y sacudió al mundo.

Ahora llega la hora de la verdad en esa transición. Para afrontarla cuentan además los pasos dados contra el poder efectivo de la burguesía con la recuperación de Pdvsa y otras tantas empresas antes privadas, aunque esto último ha sido desvirtuado y puesto en cuestión hasta en las propias filas obreras, por las distorsiones y debilidades señaladas, además de la invalorable contribución de hablistas supuestamente marxistas, que por una u otra razón atacan hoy con fiereza a la Revolución.

Confiamos en que la respuesta del gobierno y el Psuv encaminarán la transición hacia un nuevo y más elevado plano, volviendo a colocar al proyecto de Chávez como faro mundial, en momentos en que cada día es más visible la acentuación de la crisis estructural del capitalismo.

Con la revitalización de las masas trabajadoras en Venezuela se producirá un efecto para muchos inesperado o declarado imposible hoy: el renacimiento de la clase obrera en un nivel superior en dos países clave: Argentina y Brasil. Desde luego no es posible construir el socialismo en una sola provincia de América Latina y el Caribe. Es posible en cambio asumir la vanguardia efectiva en un excepcional momento de crisis mundial. La historia está a punto de dar una contundente lección a quienes siguen sin comprender el legado de Chávez.

12 de diciembre de 2015

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