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Entrevista a Ana Felicien

Importancia de un sistema agroalimentario "cero divisas"

Venezuela | 21 de enero de 2018

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La guerra económica contra la Revolución Bolivariana ha mostrado en términos concretos la vulnerabilidad del modelo agroalimentario venezolano, históricamente construido por las élites criollas sobre la renta petrolera, y ha puesto en evidencia la necesidad de construir un modelo distinto, que garantice la seguridad y soberanía alimentaria del país y que supere el modelo capitalista y rentista.

Desde Alba TV hemos conversado sobre estos temas con Ana Felicien, integrante de la campaña Venezuela Libre de Trangénicos y del movimiento Semillas del Pueblo, experiencias que han venido trabajando en la posibilidad de construir un modelo alimentario distinto, diverso, descentralizado y soberano.

“Debatir sobre los alimentos significa debatir la política de soberanía del país y es tan importante como debatir sobre el petróleo. De hecho, tiene que haber esa conexión, porque son precisamente los recursos del petróleo los que se buscan secuestrar a través del control de los alimentos y de su importación. Así se construyó históricamente nuestro modelo agroindustrial: amarradito al control del negocio del petróleo”, afirma Ana Felicien.

Hacia un modelo soberano

“Para el caso venezolano creemos que la soberanía alimentaria debe ser construida desde una agricultura cero divisas, es decir que no dependa de las importaciones. En Venezuela hay una alta dependencia de las importaciones en todos los elementos que forman parte de la cadena de producción del agronegocio, de la producción industrializada de alimentos. Son productos que pasan por muchos pasos y sobretodo por muchas manos, que desde esa cadena especulativa van encareciendo su precio y definiendo además su disponibilidad o no en el mercado” explica Felicien.

“Sin embargo, son precisamente estas redes de alimentos de procesamiento agroindustrial las que han tenido históricamente más beneficios y subsidios por parte del Estado”. Entonces, agrega Ana Felicien, el punto de partida es esto: reconocer cómo los poderes del agronegocio en mano de la burguesía criolla se hayan configurado históricamente, “desde la apropiación de dinero, esfuerzos y patrimonio público por parte de unas pocas familias, como los Mendoza”, estableciendo un sistema que atenta contra la soberanía del país, basado en la apropiación de la renta petrolera, en la dependencia total de las importaciones en todos los niveles de la producción, y en la creación y arraigo de una cultura de consumo ligada a ese sistema.

“Si nosotros queremos construir un modelo que apunte hacia la soberanía, hay que transformar cada uno de esos pasos: desde las semillas, los insumos para la agricultura, la tecnología utilizada, la distribución de las tierras, los procesamientos, hasta el consumo, que ha sido el objetivo de guerra de los últimos tres años” asegura Ana.

Fortalecer las experiencias transformadoras

Se trata de un desafío muy complejo, admite Ana Felicien, “pero hay un montón de experiencias que vienen haciendo esfuerzos para trabajar cada uno de estos pasos, desde distintas organizaciones e iniciativas populares así como también desde el Estado. Aunque las políticas en esta dirección hayan sido muy intermitentes. Hay que recuperar esa articulación entre movimientos populares y políticas públicas”.

“Por ejemplo, en el ámbito de las semillas hay esfuerzos importantes en la recuperación, creación y mejoramiento de las variedades de semillas, en aras de recuperar nuestro patrimonio genético y disminuir la dependencia de la importación. Es el caso de las semillas de papa, de maíz y de algunas hortalizas” alega.

“En el tema de los insumos, Venezuela cuenta con una red de laboratorios para la producción de insumos biológicos, que no tiene comparación. Algunos inclusos son manejados por organizaciones campesinas”. El objetivo de estos laboratorios, dice Ana Felicien, “además de reconstruir la diversidad biológica” es también “generar un repertorio tecnológico para el manejo de los cultivos que no dependa de las transnacionales: evitando así no sólo la fuga de dólares que eso implica, sino también el proceso de envenenamiento de la tierra y de los alimentos.”

Con respecto al tema del consumo, al otro lado de la cadena, Ana Felicien advierte: “hay que entender que, a través del modelo rentista e importador, ha habido una colonización del gusto. Hemos dejado de percibir sabores, de consumir alimentos y nutrientes que son parte de nuestra diversidad. Probablemente seamos el país con la erosión en la oferta alimentaria más grande de la región, a pesar de que seamos un país muy diverso: todos nuestros vecinos consumen muchísimos más alimentos de su propia geografía. Esta «operación supermercado» aquí en Venezuela fue muy exitosa y nos hace depender muchísimo más de los procesamientos agroindustriales”.

“Sin embargo, sobretodo en los últimos cuatro años, en respuesta a la guerra económica, ha habido el florecimiento de muchas iniciativas de articulación campo-ciudad, de organización de consumidoras y consumidores, de espacios que buscan garantizar el acceso a los alimentos sin intermediarios y con precios más justos. Una de ellas es por ejemplo la Red Pueblo a Pueblo, organizada desde las Comunas, o también la Feria Conuquera, entre otras. Estas experiencias, además de enfrentar la guerra económica, nos convocan a hacer la transformación del consumo: se han reintroducido variedades, otros alimentos e incluso plantas medicinales. La gente las ha recibido con muchas más apertura” cuenta.

“Lo que hay que hacer es tejer articulaciones mucho más fuertes entre la multiplicidad y diversidad de experiencias que están apuntando hacia esa transformación, y que puedan tener incidencia en las políticas públicas. Llamamos a la voluntad necesaria para eso, porque sabemos que hay suficientes experiencias, esfuerzos y recursos en ese sentido” acota.

Con respecto a los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), dice que “han sido una respuesta importante frente a la coyuntura”, porque además de reducir las colas están generando organización a partir de la alimentación. Sin embargo, observa, por ahora eso “sigue dependiendo de toda la trama del agronegocio internacional”.

El mito del agronegocio

“El agronegocio no alimenta al pueblo en la ciudad. En Venezuela el agronegocio produce solamente 4 o 5 rubros. La mayoría de los alimentos que llegan a la ciudad para su consumo fresco, son producto de la agricultura familiar: algunos son sistemas con manejo campesino, otros con manejo más convencional, basado en el uso de maquinarias e insumos químicos; pero la base es la agricultura familiar. Todas las hortalizas, las frutas y las verduras que se consumen en la ciudad – que no son poca cosa – son producidas por un modelo de agricultura familiar que ha sido invisibilizada: una agricultura diversa, que es familiar, campesina, indígena, afro” y que ha garantizado el acceso a los alimentos frente al acaparamiento y a al bachaqueo de los productos industriales.

“La coyuntura actual ha demostrado que el agronegocio no es capaz de garantizarle la seguridad alimentaria a la ciudad, porque es una línea fácilmente acaparable y «bachaqueable». Además, hay que entender que el agronegocio no es solamente «la planta»: es un sistema, del cual son parte también las tecnologías y las patentes, que realmente han sido lo que ha limitado el escalamiento agroindustrial del proceso bolivariano” dice Ana Felicien. “El modelo del agronegocio es en sí mismo vulnerable, y está diseñado para concentrar, para mantener la división campo-ciudad” agrega.

“Venezuela es un país megadiverso, no sólo en términos biológicos, sino organizativos: el chavismo ha permitido que se cree y florezca todo tipo de organización. El sistema alimentario tiene que responder a esa realidad, porque si se va a concentrar va a ser acaparado, como ha sido siempre en la historia de este país: desde la colonia hasta el presente la élite se ha adueñado de los recursos más indispensables para sobrevivir. No hay ninguna evidencia de que eso vaya a cambiar en el tiempo: eso más bien se va a reforzar en la medida en que los recursos estén más limitados. En cambio, mientras tengamos un sistema productivo diverso y decentralizado, es más difícil que se pueda acaparar”.


IA/AlbaTv/2018

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