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Por Luis Britto García

Inimputabilidad senil

Venezuela | 12 de febrero de 2017

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Por Luis Britto García

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Muchacho no es gente, dice un proverbio oriental. A nadie se le ocurriría enjuiciar y sancionar con todo el peso de la ley a un niño que cometa un disparate. Para eso inventaron los juristas la inimputabilidad por razón de la edad. Por debajo de cierto límite se juzga que el raciocinio, el juicio moral y la cordura misma son todavía imperfectas, y en vez de castigar se corrige.

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Lo mismo que acontece con la primera infancia debería ser aplicable a la segunda. Así como hay primera adolescencia también hay segunda pubertad, con similares ridiculeces, presunciones y falsas expectativas. Luego viene la segunda niñez, con todas sus puerilidades, con la diferencia de que en lugar de causar gracia dan lástima. Cordura, raciocinio y juicio moral van cayendo al mismo ritmo que dientes, cabellos y libido. Conscientes de este desastre, los sabios legisladores han inventado la figura de la inimputabilidad por razón de la edad, en virtud de la cual, el Aníbal Lecter venezolano pasó sus últimos agradables años en su mansión en lugar de temperar en El Rodeo por el desliz de violar menores anestesiadas y luego ultimarlas.

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Si tales consideraciones se aplican con delincuentes comunes, también un manto de piedad debería extenderse a los valetudinarios que al mismo tiempo que dientes pierden verguenza, conciencia e ideología. Dejemos de escandalizarnos ante el fiero comecandela que a raíz del primer ataque de reuma nos regaña porque no adoramos al Fondo Monetario Internacional. No nos inmutemos ante el irreductible ultra que en cuanto le dan un ministerio lo usa para quitarle sus prestaciones sociales a los trabajadores. Menos debe asombrarnos el inflexible que de repente cambia de sexo o de ideología y además se disgusta porque los demás no cambiamos con él. Tampoco el camarada que trueca Patria o Muerte por Quince y Último. Así como ningún juez mandaría a presidio a un carcamal por robarse una bacinilla o salir a la calle sin pantalones, nadie en su sano juicio los condenaría por refocilarse en su chochera y sus manías lúgubres en lugar de sentir vergüenza por ellas. Recordemos sus años felices, cuando crearon obras importantes de las cuales después abjuraron, o militaron por una utopía que después aborrecieron. La esterilidad es su castigo. Los conversos pasan, la utopía permanece.

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Me gusta citar esta anécdota de la escritora argentina Luisa Valenzuela. Un adolescente le lanza un piropo. “¿Y vos qué vas a ser cuando seas grande?” lo descarga la dama. “¿Y? Viejo verde”, retruca el imberbe. Picasso decidió no tener más de 35 años, aunque su aspiración era pintar como los niños. Toda segunda infancia o segunda adolescencia redime cuando apunta al origen. Todo lo que es pequeño y joven crecerá, apunta Lao Tsé, pero lo que es duro ya ha comenzado a morir.

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Este artículo alborotará a quienes hayan logrado el milagro de cumplir veinte años ya convertidos en ancianos. En vano pedirán que se me fusile: ya he alcanzado la edad de la inimputabilidad. Sólo escapa de la degradación por el camino de la dicha el viejo verde, que sin que lo intimiden sensatez ni sentido del ridículo continúa haciendo lo mismo que hacía de muchacho.

Más de Luis Britto García: http://luisbrittogarcia.blogspot.com

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