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¡Jamás defraudaremos a nuestro pueblo!

Cuba | 4 de enero de 2010

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En el informe al Primer Congreso del Partido, en 1975, Fidel explicaba: Sabíamos que se iniciaba una etapa enteramente nueva en la historia de la patria, que el camino sería largo y duro, pero que unidos estrechamente al pueblo, marcharíamos adelante. Llegaba el momento de cumplir las promesas del Moncada.

Una de las primeras medidas de la Revolución fue castigar ejemplarmente a los principales responsables de los crímenes cometidos por la tiranía batistiana. Los torturadores y asesinos, victimarios de incontables patriotas a lo largo de nuestra historia, jamás habían tenido que rendir cuenta de sus hechos. Este elemental acto de justicia, que reclamaba unánimemente nuestro pueblo, dio lugar a una feroz campaña de la prensa imperialista contra la Revolución. En Estados Unidos, sin embargo, decenas de criminales lograron refugiarse y recibieron protección y asilo llevando sobre sus conciencias el asesinato de miles de cubanos.

De igual modo se procedió a la confiscación inmediata de todos los bienes mal habidos por los funcionarios del sangriento régimen. Esto también ocurría por primera vez en nuestra historia.

El viejo ejército que había reprimido cruelmente al pueblo fue totalmente disuelto, asumiendo la función correspondiente a las Fuerzas Armadas el glorioso Ejército Rebelde, que como dijo Camilo: "era el pueblo uniformado".

La administración pública fue saneada de elementos que habían sido cómplices de la tiranía.

La malversación de fondos públicos, las prebendas y la funesta práctica del cobro de sueldos sin desempeñar el cargo, fueron erradicadas de inmediato.

Los partidos políticos que habían servido a la opresión quedaron disueltos.

La dirección corrompida y entreguista de los sindicatos fue barrida restableciéndose los derechos a los trabajadores.

Los obreros despedidos de su centro de trabajo bajo la tiranía, fueron reintegrados a sus cargos. Cesaron en el acto los desalojos campesinos.

El 3 de marzo de 1959 se dispone la intervención de la Compañía Cubana de Teléfonos, monopolio yanki implicado en turbios negocios con la tiranía contra los intereses del pueblo.

El 6 de marzo se dictó una ley que rebajaba hasta el 50 por ciento los onerosos alquileres que pagaba el pueblo, medida que despertó gran entusiasmo en la población urbana y suscitó verdadera conmoción en los medios burgueses.

El 21 de abril se declaran de uso público todas las playas del país, suprimiendo el exclusivismo y la odiosa discriminación establecidos por la burguesía en muchos de estos centros.

El 17 de mayo se dictó la primera Ley de Reforma Agraria. Este paso resuelto, necesario y justo nos enfrentó directamente no solo a la oligarquía nacional, sino también al imperialismo, pues muchas empresas norteamericanas poseían considerables extensiones de las tierras más fértiles del país dedicadas, sobre todo, a plantaciones cañeras. Aunque el límite máximo establecido de 30 caballerías, equivalente a 402 hectáreas, era todavía relativamente amplio, había empresas norteamericanas que poseían hasta 17 mil caballerías, es decir, 227 mil hectáreas, con relación a las cuales la ley era profundamente radical.

El 20 de agosto de 1959 son rebajadas las tarifas eléctricas, poniendo fin a los abusos de otro poderoso monopolio imperialista.

Aparte de las medidas señaladas que se aplicaron en el corto espacio de unos meses, la Revolución desde los primeros instantes dio pasos para enfrentar el terrible azote del desempleo, y prestó especial atención a la lucha por mejorar las pésimas condiciones de la educación y la salud pública. Miles de maestros fueron enviados a las zonas rurales y numerosos hospitales comenzaron a ser construidos en los más apartados rincones de nuestros campos.

El juego, el tráfico de drogas y el contrabando fueron suprimidos radicalmente, a lo que más tarde seguirían los pasos necesarios para eliminar la prostitución, que tan humillante destino imponía a tantas mujeres humildes del pueblo, mediante medidas humanas y justas que incluían educación y empleo para sus decenas de miles de víctimas.

En relativamente poco tiempo se comenzó a trabajar con éxito en la erradicación de los barrios de indigentes, que tanto abundan en las grandes ciudades de América Latina.

Poco a poco desapareció la mendicidad y no fue visto más el espectáculo de niños abandonados y descalzos pidiendo limosnas por las calles.

El país, sin embargo, se encontraba en apretadas condiciones económicas: el precio del azúcar estaba deprimido y las reservas de divisas del país habían sido saqueadas por la tiranía.

Como este programa de realizaciones era seguido con hostilidad creciente por el imperialismo yanki, los créditos comerciales de Estados Unidos fueron suprimidos y las importaciones necesarias al país se vieron considerablemente afectadas. Esto obligó a la Revolución a adoptar severas medidas de austeridad. Pero no lo hizo a costa de los sectores humildes del pueblo, como suele ocurrir en el mundo capitalista. Se suprimieron las importaciones de bienes superfluos y se estableció una distribución igualitaria de los productos esenciales que, sin lugar a dudas, fue una de las medidas más justas, radicales y necesarias implantada por la Revolución, que habría de enfrentar en los años futuros una lucha desesperada por la supervivencia.

Pero el imperialismo no estaba dispuesto a permitir tranquilamente el desarrollo de una revolución en Cuba. Fracasados sus planes de impedir el triunfo con un golpe de Estado militar al final de la guerra, victorioso y armado el pueblo, ensayó fórmulas diplomáticas; reconoció al Gobierno Revolucionario y envió a su embajador, quien recibido con extraordinario despliegue de publicidad por la prensa burguesa, asumió de inmediato las habituales actitudes de procónsul, que caracterizaban a estos funcionarios yankis en Cuba, a fin de presionar, frenar y domesticar la Revolución.

El esfuerzo era, sin embargo, inútil. Por primera vez se encontraban en Cuba con un pueblo sobre las armas y un gobierno revolucionario en el poder.

Fuente: Granma

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