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Por Yldefonso Finol

José Rafael de las Heras y la Batalla de Juana de Ávila: sangre cubana en la liberación de Maracaibo

Venezuela | 14 de abril de 2020

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Un fondo grande de levedad y de indolencia en el carácter nacional y mucha dosis de ingratitud, hizo que pasados los primeros instantes de alborozo, se olvidaron los triunfos, los triunfadores y los monumentos. Acaso nuestros hijos, más felices y virtuosos, satisfarán la deuda de la patria, honrando las cenizas y la memoria de sus héroes. Rafael María Baralt

A la amistad indestructible de los pueblos de Cuba y Venezuela en los 198 años de la Batalla de Juana de Ávila

Introito

El patriota cubano José Rafael de las Heras, héroe y mártir de la liberación de Maracaibo, fue el comandante del Batallón Tiradores que por instrucciones de Rafael Urdaneta acudió a respaldar el pronunciamiento popular y autónomo de la provincia a favor de la Independencia el 28 de enero de 1821; tanto así, que al amanecer del día 29 está al frente de las tropas republicanas que desembarcan provenientes de Gibraltar, como parte del plan estratégico diseñado por Urdaneta en acuerdo con los revolucionarios maracaiberos que protagonizaron aquella impecable victoria.

Sobre este episodio del alzamiento de Maracaibo, nos dice Vicente Lecuna: “Provocado este movimiento por Urdaneta, el batallón Tiradores enviado por él desde Trujillo, ocupó la plaza el día siguiente”.

Y esto fue así, porque tal era la confianza del Libertador en Rafael Urdaneta, que al momento de acudir al encuentro con Pablo Morillo en Santa Ana de Trujillo para refrendar el armisticio, previendo cualquier escenario en circunstancias de guerra, extendió un nombramiento a Urdaneta designándolo General en Jefe de todos los Ejércitos de la República de Colombia (la original, la grande).

El maestro Federico Brito Figueroa resumió muy brevemente la primera participación protagónica de Las Heras en nuestra gesta maracaibera: “El 28 de enero de 1821 Maracaibo se incorporará a Colombia y José Heras, jefe patriota de un destacamento de Gibraltar, ocupará la ciudad, con lo cual los españoles considerarán roto el armisticio”.

En la autocomplaciente Autobiografía del General José Antonio Páez, dándoselas de escritor el caudillo, nadando entre medias verdades siempre con ventaja para sí mismo, tuvo la delicadeza de anotar: “La ocupación de Maracaibo por las tropas de Urdaneta, al mando del teniente coronel José Rafael Heras, que entró en dicha plaza de acuerdo con su gobernador, el venezolano Francisco Delgado, dio origen a una protesta por parte del jefe de los realistas; y como no le contestase Bolívar de una manera satisfactoria, se señaló el 28 de abril para abrir de nuevo la campaña y comenzar las hostilidades, que se habían suspendido por el armisticio celebrado el año anterior”.

Evidencia de que hasta los mezquinos debieron reconocer el mérito combativo del Comandante Heras.

La reacción del Capitán General español Miguel de La Torre, fue considerar ese acto soberano como una violación del armisticio que Bolívar y Morillo suscribieron en Santa Ana de Trujillo en noviembre de 1820. La posición bolivariana, sustentada por el jefe militar de la región, General Rafael Urdaneta Farías, era que se había acudido a dar protección bajo sus armas al pueblo de Maracaibo según los principios del derecho de gentes, y ante la inminencia de una retaliación por parte del poder colonial que intentaría retomar la plaza con despecho por la osadía de haberse independizado. Los meses siguientes dieron confirmación a esa fundada sospecha.

I

Como se sabe, las hostilidades se reanudaron el 28 de abril de 1821, resultando la derrota del ejército monárquico el 24 de junio en la Batalla de Carabobo. Pero el jefe realista La Torre no capituló ante las fuerzas independientes, sino que optó por replegarse hacia la fortificada plaza de Puerto Cabello, que sirvió de refugio al Estado Mayor del empecinado invasor y su reducto bélico.

El Libertador, en su Parte de Guerra de la Batalla de Carabobo, fechado en Valencia el 25 de junio de 1821, dejó para la inmortalidad este acápite: “Ayer se ha confirmado con una espléndida victoria el nacimiento político la República de Colombia…De la segunda división no entró en acción más que una parte del batallón de Tiradores de La Guardia que manda el benemérito comandante Heras”.

Rafael Urdaneta, en sus Memorias (muy ignoradas lamentablemente) refiere con emoción “el eco de las descargas de Tiradores de la Guardia que el bravo Heras condujo al combate”.

En su pionero Resumen de Historia de Venezuela, Rafael María Baralt informa cómo el Batallón de Tiradores (ante el infortunio de Urdaneta que quedó en Barquisimeto enfermo) estuvo en Carabobo en la Segunda División regida por el general Cedeño, y relata que “el fogoso Heras” condujo dos compañías del “Tiradores” al terreno donde resistían con sorprendente firmeza los soldados enemigos; la acción combinada de Heras y la caballería del “Apure”, hizo que cedieran al “ataque simultáneo que a la bayoneta le dieron estos cuerpos”.

Vencida la fuerza realista en Carabobo, ésta no entró a capitulación. Heras persigue hasta San Felipe al reducto del coronel Juan Tello, y queda operando en occidente con movimientos en pos de impedir el reacomodo del enemigo hacia plazas ya liberadas. Desde Puerto Cabello, con apoyo naval, La Torre envió al General Francisco Tomás Morales a invadir las provincias de Coro y Maracaibo, donde además de tenerlas cerca por vía marítima, sabía que contaba aún con algunos apoyos locales que seguían –taimadamente- fieles al poder colonial. Así llegó un enconado ejército realista a la margen oriental del Lago, conquistando a sangre y fuego la muy patriótica población de Los Puertos de Altagracia, donde se ensañó contra toda persona que considerase del bando bolivariano; de igual forma avanzaron sobre La Rita, Cabimas y Lagunillas, tomando represalias y apoderándose de los bienes de los lugareños, sobre todo de las embarcaciones que pronto utilizarían para ir contra Maracaibo.

Morales decide enviar a Maracaibo dos columnas comandadas por el Coronel Lorenzo Morillo y el Capitán Juan Ballesteros, mientras él se queda en Altagracia pendiente de los resultados de la operación para lanzarse con el resto de sus fuerzas sobre la capital.

Es válido un paréntesis para mencionar que posterior a la Batalla de Carabobo, Bolívar visita Maracaibo (30 de agosto al 18 de septiembre) por primera vez, para celebrar con este pueblo las glorias alcanzadas, y estando en plenos preparativos para la Campaña del Sur, quiere que Urdaneta sea el primer Intendente y Comandante General de su tierra natal; así le gira instrucciones a través del Ministro Pedro Briceño Méndez: “continuará Vuestra Excelencia sirviendo el departamento que se le ha confiado, cooperando por su parte a la ejecución de la expedición, haciendo que el Comandante Heras cumpla las instrucciones que se le han comunicado para vestir, equipar y marchar con los batallones Vencedor y Tiradores y con el escuadrón de Lanceros de La Guardia. V. E. tomará todo el interés que acostumbra en hacer que estos cuerpos se muevan oportunamente por la dirección que se les ha señalado, conforme a las instrucciones que tiene el Comandante Heras y que V. E. le pedirá para conocerlas y hacerlas cumplir estrictamente”. (San Carlos de Zulia: septiembre 22 de 1821).

Unos días antes de esa visita, desde Carora, escribió Bolívar el 19 de agosto al Teniente Coronel efectivo José Rafael de las Heras, Comandante del Batallón de Tiradores de la Guardia, para informarle que se “le declaró antigüedad en estos empleos en 13 de agosto de 1819”; vale decir, que su ascenso tiene validez desde el arribo de Bolívar a Bogotá tras el triunfo en Boyacá.

Urdaneta, por su parte, habiendo acudido sin éxito a verse con El Libertador en su patria chica, navegó en reversa y presuroso a darle alcance en Cúcuta. Los planes expuestos en la misiva surlaguense cambiaron y el maracaibero tuvo nuevo destino en Cundinamarca.

Dadas las escasas reseñas biográficas disponibles, este dato es muy importante para conocer más de José de las Heras, ya que parece errónea la versión según la cual había llegado a Venezuela en 1808, incorporándose desde 1810 a la lucha por la Independencia de Venezuela. Las fuentes consultadas para este ensayo permiten identificar con mayor verosimilitud que este Las Heras (hubo otro cubano de nombre José Agustín de las Heras que luchó en la Campaña del Sur junto a Sucre y Bolívar) nacido en La Habana en 1785, estuvo en España durante la guerra contra la invasión francesa de 1808 hasta 1814, y de allí –luego de sortear una sanción por sus ideas liberales- pasó a Estados Unidos hacia 1816-1817 donde entró en contacto con revolucionarios venezolanos que cumplían misiones diplomáticas y logísticas en apoyo a la campaña de Guayana que permitió al Libertador instalar la Primera República Bolivariana en Angostura.

Es por entonces cuando el cubano viaja a enrolarse definitivamente en el Ejército Libertador en el año de 1818, seguramente entrando por el rosario de islas del Caribe oriental que conducían a la Guayana liberada; momento en el cual estaba Rafael Urdaneta ejerciendo de General en Jefe del ejército formado en Margarita, de la Legión Británica, la columna alemana y demás tropas isleñas, para obrar sobre las costas de Cumaná, Barcelona y Caracas. Como se puede ver, la cercanía de Heras a Urdaneta fue el camino que condujo al patriota habanero a ligarse tan estrechamente a la gesta libertadora en Maracaibo.

II

La derrota de los realistas en Carabobo, si bien consolidó la independencia, no significó la aniquilación del ejército enemigo ni mermó el empeño imperial por retomar el control del país. El reducto de las fuerzas españolas se replegó a Puerto Cabello y giró movimientos tácticos hacia occidente, donde su clásica condición marítima le brindaba ciertas posibilidades de maniobra.

En la Maracaibo independiente desde el 28 de enero de 1821, que eufórica de victorias y glorias recibió al Libertador por primera vez en agosto de ese año, se comienzan a escuchar noticias agoreras sobre las acechanzas de La Torre y Morales que continúan su estúpido afán de dominar Venezuela.

“El General Clemente se apresura a tomar providencias. El 16 de marzo un Bando anuncia las medidas a tomar y las causas que le dan origen. La ciudad se pone en estado de alerta…el jefe realista Francisco Tomás Morales es enviado por el General La Torre desde Coro para tomar Maracaibo. Marcha sobre Los Puertos de Altagracia sembrando el terror por donde pasa”, escribe Adolfo Romero Luengo en su obra Bolívar en el Zulia.

En los pueblos desde Coro a la costa oriental del lago, la tropa realista dejó una estela de atrocidades, asesinando a mansalva, saqueando, destruyendo. No escaparon a sus ruindades las valerosas mujeres que osaron repudiarlos: las fusiladas Mercedes Alaña en San Félix y Domitila Flores en Los Puertos, y la torturada Ana María Campos, por nombrar las más conocidas. ¡Qué merecido homenaje se le ha negado a la mujer revolucionaria que ha dado su vida y su sangre por la redención de la Patria! (Este Cronista exige que tal deuda sea honrada).

La inminencia de la confrontación hace que el 1º de abril se llame a las armas a la población. La noche del 23 es sabido que el enemigo ha llegado a la orilla occidental, en el sector denominada La Hoyada. El Batallón Maracaibo acude a darles frente pero ya los invasores se habían guarecido en predios enmontados aprovechando la oscuridad. Al amanecer ambos contendores se desplazan por puntos estratégicos. Los patriotas dirigidos por el General Lino de Clemente reconocen las ubicaciones del adversario y despliegan sus unidades: piquete de caballería conducido por el Capitán Rudesindo Oberto, guerrillas al mando de Ramón Farías, y el Batallón de Tiradores del Coronel José Rafael de las Heras.

La fuerza invasora sabe moverse en el terreno, ya que su jefe es el maracaibero Juan Ballesteros, quien además posee relaciones amistosas y ejerce alguna influencia política en sectores descontentos con la elite que asumió el poder local en Maracaibo tras su incorporación a la República; entre ellos, el pueblo de Lagunillas, que apoyó momentáneamente a los realistas. De Clemente (tal vez haciendo honor de su apellido) ofreció la paz a Ballesteros para evitar derramamiento de sangre, pero fue en vano, ya éste venía severamente instruido por sus superiores de actuar con determinación militar.

En la tarde el combate fue inevitable. Más de una hora de férrea lucha dejó caídos en el campo de batalla cerca de un centenar de guerreros de ambas tropas, entre los cuales se contaban nuestros héroes José Rafael de Las Heras, el capitán Silvestre Ochoa y el teniente José María Guevara, y del enemigo el jefe realista Ballesteros. Este fue el resultado trágico generado por la arrogancia de los invasores que no supieron valorar el gesto humanista del Intendente Lino de Clemente al ofrecerles la paz con un retiro digno y oportuno.

La columna española desembarcada al sur de Maracaibo, en La Cañada, al mando del teniente coronel Lorenzo Morillo, marchó sobre Perijá asolando los pueblos que se hallaban en el camino, particularmente la Villa que fue terriblemente saqueada. Sin embargo, al enterarse de la derrota de sus pares en los hechos de Juana de Ávila, Morillo aceptó capitular ante De Clemente, siendo enviados los rendidos a Cuba.

III

Siguiendo la línea narrativa del eximio erudito zuliano Vinicio Nava Urribarrí, maestro con quien tuvimos el honor de compartir dos décadas de conversación bolivariana, el General Lino de Clemente, a la sazón intendente del recién creado Departamento Zulia, movilizó sus tropas hacia la Cañada del Manglar; “empero, cuando comienza el desembarco de Morillo, recibe la noticia de una invasión semejante por Bellavista. Entonces, ordena al Coronel José Rafael de las Heras, ir con el batallón Maracaibo a hacerle frente”.

Se entabla la refriega en la desembocadura del río Manglar (hoy día conocida como Cañada Morillo), pero los realistas logran desembarcar en la orilla sur y retirarse hacia Perijá. Mientras tanto, “la otra columna española saltó a tierra por el hato de La Hoyada. Su comandante, Ballesteros, busca el lugar propicio para plantear el combate; y en este afán, penetra en el hato de Juana de Ávila, haciendo ubicar sus efectivos en ventajosas posiciones, detrás de cercas de curarire a pique, y de enormes piedras de ojo, usadas como escudos y mampuestos”.

El talentoso historiador nos relata cómo el comandante de Las Heras buscó con afán al invasor, empezando la batalla con “un formidable asalto. Las tropas del imperio español, se comportan con la mayor bravura sin poder disparar sus cañones, y a cambio, hacen cerradas descargas de fusilería. Las detonaciones en medio de una densa nube de humo y polvo, dan paso a los golpes secos y chirridos de bayonetas, sables y cuchillos. Ballesteros se crece en audacia y resiste temerariamente el masivo y certero ataque de los independientes. Se trata de un sangriento combate en que infantería y caballería pelean en muy poco espacio, levantando demasiada arena y creando terrible confusión. Esta batalla había comenzado a las tres de la tarde, y transcurrida media hora, sus contrincantes no cedían campo. En una segunda etapa de la contienda, Heras, espada en mano se aparta, toma distancia y se lanza montado sobre su brioso equino, señalando hacia donde se halla el comandante realista. Quiere concentrar la actividad en el punto de más poder de fuego, con la mala fortuna, de que su caballo enreda sus extremidades en una trinchera, causa de que el bizarro prócer saliera proyectado contra una gigantesca piedra, inmolando allí mismo su vida”.

Los nombres de Manuel León, héroes casi anónimos Paredes y Ochoa, los hermanos Carlos, Bruno y Fermín Mas y Rubí, que siguieron comandando con valentía tras la caída de su jefe ejemplar Las Heras, deberían adornar los podios escolares para que nuestra infancia se nutra de la savia de aquellos que “convertidos en titanes” derrotaron las pretensiones de los que osaron venir a reconquistarnos para ser entregados a intereses extranjeros.

IV

El enfurecido Francisco Tomás Morales, enterado de la derrota realista en Maracaibo, se regresó a Puerto Cabello a informar a La Torre, quien no pudo reprenderlo por tan aplastante revés, puesto que ya tenía instrucciones de entregarle el cargo de Capitán General de España en Venezuela.

Embestido de mayores poderes, Morales se plantea volver sobre su apetecida plaza: Maracaibo. Desea vengarse del pueblo que lo acaba de poner en fuga. Navega con su ejército hacia la península Guajira, desembarcando en las arenas gualdas de Cojoro. Habrá combates en Sinamaica, y aunque triunfan los patriotas, los invasores continúan su paso hasta la entrada norte de Maracaibo, dándose otra lucha en Salina Rica, que permite a Morales retomar la ciudad.

Los patriotas rescatarán al Zulia en la Batalla Naval del Lago, y el mismo Morales firmará su Capitulación el 3 de Agosto de 1823, quedando la Patria libre para siempre.

Como recuerdo de esta gloriosa Batalla de Juana de Ávila, ganada por el heroísmo del Comandante José de las Heras y sus soldados el 24 de abril de 1822, permanece en terrenos de La Universidad del Zulia la piedra de ojo que fue testigo de este capítulo de la Independencia de Venezuela y Suramérica.

V

Bolívar y Cuba

La ola bolivariana no dejó orilla del Mar Caribe sin bañar con sus espumas libertarias. La isla de Cuba fue de las primeras regiones americanas que supo de los esfuerzos independentistas. “Dos venezolanos, Juan Jorge Peoli y su esposa Socorro Mancebo, laboraron arduamente en propagar las ideas bolivarianas en Cuba. Tanto el comerciante Peoli como Socorro Mancebo sostuvieron correspondencia con el Libertador y sufragaron con su dinero las compras de armamentos para la insurrección que se preparaba (en Cuba) en 1823. Socorro Mancebo estaba unida por lazos familiares a la cubana Inés Mancebo, radicada en Venezuela. La antillana había alimentado con su leche materna a Bolívar durante su infancia”. (Francisco Pérez Guzmán, 1988)

En esa Cuba a la que se aferró el colonialismo español hasta sus agónicos epílogos, se debatían los extremos de dos bandos en irreconciliable contienda: el bloque de poder constituido por el ejército realista derrotado en las plazas continentales pero campante en la isla junto a la oligarquía colonial que sojuzgaba al pueblo cubano, versus los sectores patrióticos nacionales unidos a personalidades de otros países latinoamericanos allí radicados. Ya desde finales de 1819, la armada venezolana formada en el primer gobierno de Simón Bolívar en Angostura, pasó por costas cubanas en el puerto de Manzanillo. El ecuatoriano Vicente Rocafuerte (que luego fue Presidente de Ecuador), el argentino José Antonio Miralla, el cartagenero José Fernández Madrid, entre otros, difundieron las informaciones que traían de tierra firme sobre la lucha emancipadora, y ayudaron a gestar el movimiento independentista cubano.

En su obra Bolívar y la Independencia de Cuba (1988), Pérez Guzmán demuestra el interés permanente del Libertador por la liberación de Cuba y Puerto Rico, y la inspiración que despertó en el pueblo cubano el ejemplo bolivariano: “La labor realizada en La Habana por los revolucionarios del continente fue muy meritoria. Desde el prisma histórico, trajeron a Cuba la solidaridad hispanoamericana y contribuyeron a formar la conciencia de la nacionalidad en un sector de la población. Difundieron la verdadera imagen y el pensamiento de Simón Bolívar cuando el Gobierno colonial de Cuba se esforzaba por detractarlo. Y sobre la levadura bolivariana construyeron los cimientos de la gigantesca conspiración que, conocida después como Soles y Rayos de Bolívar, pasó a ser la organización política más temida por el poder colonial durante el primer cuarto del siglo XIX cubano”.

A este movimiento bolivariano cubano lo calificó el fiscal acusador Francisco Hernández de La Hoya, en el juicio que se les siguió una vez capturados, como “jóvenes irreflexivos e incautos y candorosos campesinos”. Uno de esos “jóvenes irreflexivos” fue el poeta José María Heredia, autor de estos magníficos versos que hablan de la irreversible determinación cubana de alcanzar la independencia: “Cuba al fin te verás libre y pura/ como el aire de luz que respiras/ cual las hondas hirvientes que miras/ de tus playas la arena besar/. Aunque viles traidores le sirvan/ del tirano es inútil la saña/ que no en vano entre Cuba y España/ tiende inmenso sus olas el mar”. (Historia de Cuba por Torres-Cuevas y Loyola Vega)

Uno de los líderes fundacionales de Soles y Rayos de Bolívar, el rico habanero José Francisco Lemus, se había entrevistado con Pedro Gual y Lino de Clemente en Estados Unidos en 1817, habiéndole sido otorgado por estos emisarios de Bolívar el grado de Coronel del Ejército Libertador. Una vez más aparece Maracaibo como punto de intersección de la causa emancipadora de Cuba, por la relación de Lemus con Clemente, quien sería el primer Intendente oficial del Departamento Zulia con sede en la ciudad lacustre. Y no son casuales ni el año ni el lugar de ese encuentro, puesto que los dos venezolanos se hallaban en plena ejecución del plan bolivariano para liberar la isla Amelia en las Floridas españolas, muy cerca de Cuba, punto clave en el control de la navegación por el Caribe. Allí fue donde se fundó la efímera República de Las Floridas, luego anexada por el engendro imperialista en los umbrales de la gestión Monroe. Es que los intereses de Estados Unidos siempre han sido contrarios a los de Venezuela, Cuba y los pueblos soberanos de Nuestra América.

El historiador Sergio Guerra Vilaboy, autor de interesantes temas de historia cubana, destaca que “la conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar, preparada para sublevar la Isla el 17 de agosto de 1823, se nutrió con elementos de las medias y trabajadores humildes, así como de algunos emigrados latinoamericanos residentes en la isla, entre ellos…Miralla, Vidaurre, Fernández Madrid y el comerciante venezolano Juan Jorge Peoli –quien se dice financiaba la conspiración con letras giradas por Bolívar, con quien además se carteaba-, el guayaquileño Vicente Rocafuerte y el joven granadino Manuel Ancízar que actuaba de Secretario”.

Esos días Rocafuerte está en Filadelfia reunido con el Embajador José María Salazar y el Cónsul General del gobierno bolivariano Leandro Palacios, primo del Libertador, quienes llevan la misión de motivarlo a retomar la causa de Cuba participando en una expedición libertadora por iniciativa del Gobierno de Colombia. En algunos testimonios Rocafuerte comenta que los diplomáticos venían muy entusiasmados por la victoria del “joven General Manrique” que “ha expedido de Maracaibo al Coronel Morales (se refiere al Capitán General que ha capitulado) y a todas las tropas españolas”.

Y a esa triunfante Maracaibo de Manrique la emprendió Rocafuerte a buscar la fuerza combativa para liberar Cuba, tarea en la cual ya trabajaba el general puertorriqueño Antonio Valero, y para la cual estaba muy ganado el “joven General Manrique”, quien, en el esplendor de su brillante carrera, enfermó súbitamente y murió en Maracaibo el 30 de noviembre de 1823, a la edad de 30 años.

Sin duda, la terrible animadversión de la elite colonial cubana contra el ideal bolivariano que iluminaba a los patriotas de la isla, tenía un aliciente muy fuerte en el compromiso antiesclavista del proyecto de sociedad encarnado por El Libertador, y más aún, a la simpatía que cosechara por la Revolución Haitiana y por su amigo y protector el Presidente Petion. Este significativo detalle causaba pavor en la clase terrateniente y traficantes de esclavos que dominaban la sociedad cubana.

Hay que precisar dos aspectos claves en el papel jugado por Cuba bajo control del gobierno colonial: uno, que la isla iba quedando como residuo militar de aquel Imperio, sirviendo de bisagra marítima en la estrategia de guerra como puerto de abastecimiento y traslado de tropas; dos, que la elite económica isleña fue adquiriendo privilegios de la Corona en razón de mantenerla adicta a la monarquía, logrando prebendas antes inconcebibles como la propiedad de la tierra, la exoneración de aranceles, la libertad de negociar con otros mercados, y el sostenimiento del lucrativo negocio esclavista.

Por eso desde Cuba se aplicó con rigor el bloqueo temprano decretado por España primero contra Venezuela y luego contra Colombia toda, se aportaron ingentes recursos para las sucesivas invasiones bélicas organizadas contra las fuerzas independentistas, se desplegó un aparato de espionaje en toda la región caribeña, y se propagó toda clase de campañas difamadoras contra Bolívar y sus compañeros.

José Agustín Arango siguió a Bolívar hasta Lima y allí hablaron de la liberación de Cuba. En dicha plática recordaron al héroe caído en Maracaibo, Coronel José Rafael Heras, a quien Bolívar elogió en la Batalla de Carabobo, donde el cubano aprovechó la ocasión de requerirle al Libertador no olvidar hacer esfuerzos para liberar a su oprimida patria insular.

José Aniceto Iznaga se entrevista con Bolívar en Caracas en febrero de 1827 y mantienen contacto directo hasta marzo intentando generar alguna posibilidad de incursión patriótica hacia Cuba. No se logra, pero queda latente el compromiso.

Pérez Guzmán cita un testimonio de José Aniceto Iznaga, publicado en la capital cubana en julio de 1900 con el llamativo título “Peregrinación de un insurrecto de antaño”, donde se señala que “el teniente coronel José Rafael Heras nació en La Habana. Durante la invasión napoleónica prestó servicios militares al lado del pueblo español. En 1821, en Venezuela, era jefe del batallón de Tiradores en la provincia de Trujillo. En la batalla decisiva de Carabobo en 1821, tuvo una destacada participación. Condujo a dos compañías de Tiradores cuando el batallón de Apure comenzó a arremolinarse y los ingleses fueron en su ayuda. Simón Bolívar le profesaba admiración y entre el habanero y el Libertador siempre existió una excelente amistad, nacida en medio de los combates por la Independencia”.

Junto al nombre de Simón Bolívar y Rafael Urdaneta, Lino de Clemente y Manuel Manrique, al lado de Francisco Javier Yánez, camagüeyano de nacimiento que llegó a jugar papeles fundamentales de nuestra Independencia desde 1810, deben brillar los nombres de José Rafael de las Heras y demás patriotas cubanos que ofrendaron sus vidas por la liberación del continente, que son y serán, como lo fueron para Martí, musa de inspiración raigal de la inmarcesible causa bolivariana.

Yldefonso Finol
Economista e Historiador Bolivariano
Cronista de Maracaibo

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