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Por Ana Felicien

Juegos del Hambre y defensa de la alimentación en Venezuela

Venezuela | 15 de noviembre de 2018

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Venezuela en los últimos años se ha convertido en la noticia obligada sobre el hambre para los medios de comunicación internacionales. En los últimos 3 años, cada vez más reportajes, primeras páginas y programas han estado dedicados a presentar la cara del hambre en la llamada “emergencia humanitaria venezolana”. El contexto global de esta campaña es un planeta con cada vez más hambrientos. Así lo dice el último reporte de la FAO: por tercer año consecutivo ha aumentado el hambre en el mundo. Las personas que padecen privación crónica de alimentos (personas subalimentadas) pasó de 804 millones en 2016 a 821 millones en 2017 y esta tendencia sigue avanzando, especialmente en países actualmente en conflicto.

Bajo este panorama la premisa obligada parece ser: el hambre y la guerra van juntas y siempre primero por los más vulnerables.

En el caso de Venezuela, a pesar de la aparente novedad del tema, este mensaje ha estado claro desde hace ya varias décadas. En 1989, las políticas de ajuste estructural de la dupla Carlos Andrés Pérez y el FMI dejaron clara esta premisa, ante la cual miles de personas protestaron en un potente reclamo de derecho a la alimentación como uno de los derechos más fundamentales para la vida.

A partir de allí y con la llegada de Chávez a la presidencia, la bandera de la lucha contra el hambre fue central para la política nacional. Construir un país libre de hambre fue la gran meta para todos, especialmente para quienes años antes expusieron sus cuerpos en la gran revuelta anti-neoliberal del 89. Así, los impresionantes logros alcanzados en la erradicación del hambre fueron reconocidos por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación FAO y con ello, pasaron a ser una cita común en los medios como ejemplo de la defensa de la alimentación. La FAO reconoció los avances de Venezuela en materia de reducción del hambre pasando de 14,1% en 1990 a menos de 5% de la población en 2015[1].

Algunos investigadores del área nutricional señalan[2] que un factor clave de este proceso fue la ruptura de la relación entre el nivel de ingreso y la disponibilidad de energía para el consumo humano. Esa relación expresa la dependencia del consumo de alimentos del ingreso económico y, a partir del 2002, las políticas de acceso a los alimentos a las poblaciones de menores ingresos lograron romper dicha relación que en síntesis dice: ¡come quien pueda pagar los alimentos! Con esta ruptura, emergió el derecho a la alimentación como una práctica concreta y cotidiana de los venezolanos.

Hoy han pasado 3 años del desplome de los precios del petróleo que pasaron de casi 100$ por barril a principios del 2014 a alrededor de 40$ en enero 2015. Han pasado también 3 años de las primeras sanciones en contra de Venezuela decretadas por Obama e intensificadas por el actual gobierno estadounidense. El saldo ha sido una combinación de estos dos factores con una enorme complejidad estructural del sistema alimentario venezolano, dependiente de importaciones, altamente colonizado por los gustos del norte y abultado en su dependencia por la bonanza petrolera de las últimas décadas. Actualmente y a pesar de los esfuerzos, la dinámica del acceso a los alimentos depende del ingreso: ¡come más y mejor quien más dinero tiene!

El último reporte del estado mundial de la seguridad alimentaria y nutrición publicado por la FAO[3] muestra un aumento de la población con desnutrición en el país para el período 2014-2016, igualmente el Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias IFPRI reporta un aumento del índice global del hambre[4] GHI de 9.3 en 2008 a 13 en el 2017. Aunque estos valores se mantienen en la categoría de moderada, este aumento indica un deterioro de la situación alimentaria en el país.

Más allá de estos indicadores, el resultado más visible es el aumento de la población de personas vulnerables alimentariamente. Hoy tenemos más gente con hambre en nuestro país y esto muestra descarnadamente lo que Schiavoni[5] señala como la “naturaleza política de los alimentos en Venezuela”.

Ante esto, las respuestas más escandalosamente posicionadas en los medios son, por un lado los nuevos traficantes de comida, llamados en el país bachaqueros, especialistas en la comercialización de alimentos tan básicos como la harina de maíz precocida a precios especulativos e ilegales, y por otro, las llamadas campañas de ayuda humanitaria que se han especializado en conseguir enormes cantidades de dinero logrando recaudar cifras en dólares que van alrededor de 65.000, 30.000 y 15.000 dólares a través de las diversas páginas de crowdfunding, sumas que dentro del país se multiplican entre 200 y 300 veces en función de la cifra establecida por el mercado cambiario ilegal, pero básicamente institucionalizado a través de las redes sociales[6].

Ambas respuestas refuerzan macabramente la noción de alimentos como mercancía, para la caridad o para la especulación pero finalmente mercancías.

Sin embargo, y con un silencio escandaloso, un programa creado en el 2003 vuelve al ruedo en la lucha contra el hambre y desde el barrio: Las casas de alimentación. Hoy con una importancia sin precedentes, son espacios donde la batalla cuerpo a cuerpo contra la guerra del hambre está ocurriendo día a día y en un silencio ocupado por el estruendo de la propaganda hambreadora de la ayuda humanitaria.

Las casas por dentro, las madres bregando

¿Cómo te sientes y qué día es hoy?, eso es lo primero que preguntan los trabajadores del Comedor Mamá Rosa de Chacaíto en Caracas, a las decenas de niños y niñas que desde hace 4 años viven en las calles y llegan a este comedor para desayunar, almorzar y merendar. El monitoreo de peso y talla se realiza mensualmente y se sirven caraotas, lentejas, sardinas e incluso huevos como fuente proteica; arroz, pasta y arepa y, de merienda el fororo.

El compromiso de los chamos que llegan voluntariamente es quedarse todo el día recibiendo la atención especializada de los terapeutas recreadores y cocineras que trabajan en este espacio para arrancarle al hambre a estas bandas de niños. La mayoría proviene de familias grandes con más de 4 hijos, principalmente originarias de los Valles del Tuy una populosa localidad del estado Miranda cercana a Caracas, e inclusos de otros estados como Apure.

Este espacio es parte del programa de las casas de alimentación, pero se diferencia de otras porque aquí se atiende especialmente a los niños en condición de calle. El primer día muchos ni siquiera sabían para se usaba un tenedor, hoy muchos de los hábitos básicos están restituidos: como lavarse las manos, comer sentados y respetar la comida del otro, eso comenta durante la entrevista Orianna, la terapeuta ocupacional.

En abril de este año se abrió este comedor, y en 8 meses se han atendido cerca de 200 niños y se han logrado reunir con su familia a algunos de estos muchachos, muchos hijos de migrantes venezolanos, todos víctimas de la guerra.

En El Valle, Yasmila dirige una panadería artesanal que maneja junto a su familia y coordina el comedor Mama Rosa. Aquí atienden una población de 279 adultos mayores, mujeres embarazadas, adolescentes y niñas y niños en situación de calle, los beneficiarios son mayoritariamente hombres adultos mayores que las compañeras madres elaboradoras llaman abuelos en situación de abandono.

Al mediodía se sirve la comida y la gente se organiza en fila para pasar al área de comedor. Cada día las madres elaboradoras, mujeres que preparan estas comidas con el compromiso de ganar la batalla contra el hambre utilizan para la preparación de todos los platos: 24 kilos de pasta, 15 kilos de caraota, 7 harinas de maíz precocida, 20 kilos de fororo, 2 kilos de leche, 2 kilos de azúcar, 5 cajas de sardina, y 24 kilos de arroz. Estos alimentos son provistos por FUNDAPROAL[7], institución responsable de las casas de alimentación pero sin duda, sin el apoyo de la comunidad no lograría avanzar en esta batalla, como lo reconoce su responsable, una madre también. Para mapear la población de personas con necesidades alimentarias FUNDAPROAL junto a las organizaciones comunitarias locales como el consejo comunal y el CLAP (consejo local de abastecimiento y producción) hacen un censo de personas que se encuentran en condiciones de necesidad que son asignadas a estos comedores para recibir el apoyo.

Las raciones son aproximadamente de 3 cucharones (de 80-90 gramos) de pasta o arroz, 2 cucharones de caraota, 1 arepa pequeña y 1 vaso de fororo (maíz tostado y molido). Cada 2 meses se hace monitoreo de peso y talla y con una sonrisa en la cara Yasmila cuenta: “los abuelos han ganado peso”. Algunos pasos se han dado para activar un huerto atendido por los abuelos, donde ellos mismos han cultivado pepino, lechuga, cilantro, caraota, blanca, y siguen ensayando la agricultura.

En Caricuao, justo en la calle Los Mangos está la Casa de alimentación que funciona desde hace 2 meses. Este comedor piloto que provee a otras casas de alimentación de la localidad y atiende entre 170 a 200 personas, principalmente niñas y niños al igual que en Chacaito, muchos hijos de migrantes, también adultos mayores y personas con discapacidad.

El menú es el mismo caballo de batalla de las casas ya relatadas pero con toques propios de las manos de estas 4 madres que cocinan desde las 4am para distribuir los alimentos al medio día, todos en una sola entrega: desayuno, almuerzo y merienda en envases para llevar. Se preparan arepas y arepas dulces, pasta o arroz con caraotas y ocasionalmente se sustituye la caraota por sardina, chicha o fororo.

Aquí, se utilizan diariamente, alrededor de 7 a 8 kilos de harina de maíz, 18 kilos de arroz, 11 kilos de caraota, 1- 1 ½ kilo de leche y 20 kilos de pasta y se lleva un registro diario de las entregas de comida y periódicamente se realizan jornadas de medición de peso y talla a los beneficiarios.

Las casas en el mapa: el despliegue de un pueblo en batalla contra el hambre

A la fecha existen en todo el país 3.103 casas de alimentación. Este programa fue creado por Chávez en el 2003, pero es relanzado en el marco de la guerra y a la fecha atienden a 649.254 personas gracias al trabajo de 15.115 trabajadores y trabajadoras, principalmente madres elaboradoras que se han movilizado en su comunidad para ayudar al que lo necesita, como dijo una de las madres que además es curandera, conocedora de plantas medicinales que aprovecha de recetar mientras distribuye los platos.

Otras iniciativas productivas se han impulsado como panaderías, huertos comunitarios, actividades culturales y en el mes de octubre se planteó el redimensionamiento de este programa. Bajo el lema de nutriendo patria, se propone una política para la prevención, protección y contención nutricional mediante un método que combina la nutrición, atención integral y medicina natural. Esto se orienta hacia lo amplio y masivo, se habla de convocar a Consejos Comunales, Comunas y los Hogares de la Patria, a esta campaña que en el fondo lo que busca es descolonizar los platos y los cuerpos.

Humanización de la nutrición en contra de la bestialización

Bestializar, parece ser un plan que se muestra más allá de indicadores macroeconómicos y decretos sancionatorios. ¿Bestializar a los más pobres? Bestializar a través del hambre a los más movilizados en las últimas 2 décadas venezolanas. Décadas que parecieron siglos pero que apenas están llegando a ser una generación. Este parece ser un plan finamente diseñado que arrebata el horizonte de una generación de niños a los que el hambre le quita la noción del tiempo y de humanidad. Ante eso este despliegue popular, desde abajo y desde el barrio está dando la pelea duramente y gramo a gramo para ganarle a la guerra del hambre.

Mostrar muchas de sus contradicciones seguro faltará aquí, pero lo que mueve estas líneas es la lección que da cada caldero prendido en estas casas de alimentación. Podemos luchar esta contienda hambreadora desde la dignidad y autonomía, no desde la falsa pose de la ayuda humanitaria que hasta la fecha no ha ganado una pelea y eso, eso es finalmente lo que importa: Ganar la pelea.

Para ello la solidaridad se convoca sola y esta experiencia de las casas de alimentación en la Venezuela de hoy, indudablemente convoca con fuerza al activismo por la soberanía alimentaria a poner el cuerpo en esta guerra, una guerra en la cual las madres que cocinan día a día la conocen de frente y tienen claves para ganarla.







Notas:

[1] http://www.fao.org/americas/noticias/ver/es/c/230150/ y http://www.fao.org/venezuela/noticias/detail-events/es/c/346201/
[2] Ablan, E. y Abreu, E. (1999). The cereal flour enrichment program in Venezuela: Some results during a decreasing food purchasing power stage. Food policy, 24(4), 443-458.
[3] http://www.fao.org/3/a-I7695e.pdf
[4] http://www.ifpri.org/publication/2017-global-hunger-index-inequalities-hunger. El índice global del hambre GHI, un índice basado en un conjunto de indicadores de la población total en situación de desnutrición, la mortalidad, además del retraso en el crecimiento y desnutrición de la población infantil.
[5] Schiavoni. M., C. (2016): The contested terrain of food sovereignty construction: toward a historical, relational and interactive approach, The Journal of Peasant Studies.
[6] Para ver algunos ejemplos: https://www.gofundme.com/manosalaobraporvenezuela
https://www.gofundme.com/GOTICASDEESPERANZA
https://www.gofundme.com/j4aa8help-the-children-of-venezuela
https://www.gofundme.com/Venezuela-Muere-de-Hambre-AYUDANOS-A-AYUDAR
[7] Fundación Programa de Alimentos Estratégicos (Fundaproal) es creada el 23 de junio del año 2003. Esta institución se encarga de atender a personas en condición de vulnerabilidad.

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