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Por Gustavo Espinoza M.(*)

La Cumbre de las Américas y la insolencia de la derecha #Peruana

América Latina y Caribe | 29 de enero de 2018

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En el próximo mes de abril tendrá lugar en Lima la VII Cumbre de las Américas, cita en la cual se ha previsto el encuentro de todos los jefes de Estado y de Gobierno del continente; y que curiosamente, en la circunstancia, debatirá temas vinculados a la democracia, la gobernabilidad y la corrupción, virus que corroe la base misma de la sociedad en nuestro tiempo.

Es bueno recordar que este evento constituye la continuación de otros, ocurridos a partir de 1994, cuando -en Miami- se produjo por primera vez, bajo la férula del gobierno de los Estados Unidos.

Cuando ella ocurrió, el escenario continental era otro. Básicamente estaba bajo el dominio de las fuerzas tradicionales de poder que al compás de Washington regían, lo que llamara el poeta, “una sociedad sin esperanza”.

Fue precisamente a partir de aquellos años que la situación comenzó a cambiar en la tierra de los libertadores. En Argentina, la crisis tocó fondo, y cayeron –una a una– diversas administraciones corruptas en tanto se afirmaba el fresco y honrado mensaje de don José de San Martín en la conciencia de millones.

En la Patria de Bolívar, entre tanto, también soplaban aires nuevos. El Comandante Hugo Chávez Frías usaba un lenguaje distinto, y buscaba diseñar caminos propios para encarar los problemas de su pueblo.

América comenzaba a moverse nuevamente tomando en sus manos viejas banderas. Los sueños de Pancho Villa y Emiliano Zapata, de Augusto Sandino y Farabundo Martí, asomaban otra vez entre las nubes del cielo americano y brillaban con luz propia, alumbrando nuevos derroteros.

La década de los 90 no parecía la mejor, por cierto. Luego de la caída de la Unión Soviética y de la quiebra del socialismo en Europa del Este, Washington cantaba victoria.

Cuba atravesaba lo que se dio en llamar “el periodo especial” y su pueblo heroico hacia frente con singular estoicismo a retos inéditos en la construcción de una nueva sociedad. En Chile se salía de la dictadura asesina de Pinochet en una discutible “sucesión” que dejara el poder en manos de la derecha reaccionaria. Y en el Perú se afirmaba la dictadura de Alberto Fujimori.

En otros países de la región, y casi sin variantes, una burguesía parasitaria administraba una crisis asegurando con empeño mantener intactos los privilegios de las grandes corporaciones imperiales.

Por eso Washington aceptó instalar la Cumbre de las Américas, convencida como estaba la Casa Blanca que la historia había terminado y que sólo se abría entonces una puerta: el mundo unipolar, bajo la hegemonía yanqui. Fukuyama dixit
Pero la vida de los pueblos cambia. Y poco a poco se fue modificando la correlación de fuerzas en el plano continental.

Surgieron los Kitchner en Argentina; Lula, en Brasil; Ortega, en la Nicaragua Sandinista; Evo Morales, en Bolivia; Correa, en Ecuador; se afirmó el proceso bolivariano en Venezuela; triunfó el Farabundo Martí, en El Salvador; se formaron coaliciones más avanzadas en Chile; asomaron gobiernos progresistas en Honduras y Paraguay, bajo la dirección de Manuel Zelaya y Fernando Lugo, respectivamente. Y en otros países, como México, Perú, o Colombia –con distintos matices y diverso grado- se hicieron presentes segmentos que proclamaron voluntad de enfrentar al dominio yanqui.

Por eso fue que en la VI Cumbre celebrada el 2015 en Panamá, Estados Unidos no pudo oponer resistencia, y Cuba brilló con fuerza propia en ese escenario continental.
Cuando en abril se reúna la VII Cumbre en Lima, sin embargo, habrá nuevos vientos de fronda, y ellos serán azuzados por una oligarquía envilecida y en derrota. Tras ella, la siniestra figura del Imperio digitará los hilos, para agredir a los pueblos.

En el Perú, por ejemplo, la “Prensa Grande” y los sectores más reaccionarios de la vida nacional, han reiniciado una violenta ofensiva contra la administración de Caracas y en particular contra el Presidente Nicolás Maduro. Sin empacho alguno, le han cargado todos los epítetos para denigrar su imagen y afear su rostro.

Como parte de ese operativo de alcance continental, ha arribado al Perú un prófugo de la justicia -Alfredo Ledezma- a quien Pedro Pablo Kuzcynski (PPK) ha recibido en su casa sin importarle, en absoluto, la naturaleza de sus delitos en la Venezuela de hoy. Y como parte también, en los próximos días la flamante “Canciller” peruana, Cayetana Aljovín, visitará la Casa Blanca, en tanto que el Secretario de Estado norteamericano vendrá a Lima.

Nada de eso debiera sorprendernos. No sólo porque PPK es un adulón del Imperio sino porque, además, es amigo cercano de otros ejecutores de horca y cuchillo, como Alberto Fujimori a quien llama –con proverbial servilismo- “expresidente”, y cuyos execrables crímenes “pasa por alto“, considerándolos apenas “errores” y “excesos”.

En el continente, la campaña contra el Presidente Nicolás Maduro, no es sólo contra él. Forma parte de un despliegue mucho más amplio, y se expresa contra Lula, en Brasil, al que se le busca excluir del proceso electoral de su país con aviesas maniobras pseudo-legales; en Bolivia, donde amaga una ofensiva desestabilizadora contra Evo Morales a fin de impedir la renovación de su mandato presidencial; en Ecuador, país en el que busca profundizar las diferencias entre el actual presidente, y Rafael Correa, al que la reacción detesta; en Argentina, donde destila todas sus baterías contra Cristina Fernández; en Nicaragua, contra Ortega y el régimen Sandinista; y en Honduras, país en el que busca perpetuar en el poder, por medios ilícitos, a un “régimen suyo”, el gobierno de Hernández, cuestionado en las ánforas en los recientes comicios en los que legítimamente triunfara la oposición.

La campaña contra Nicolás Maduro busca también distraer la atención del pueblo respecto a la perniciosa presencia de Donald Trump en nuestro suelo andino. Busca preservarlo del masivo repudio ciudadano, que sin duda ocurrirá cuando llegue a estas tierras rebeldes y contestatarias.

Los que dicen que Maduro es “un asesino”, no dirán una palabra contra Trump, quien ahora mismo tiene tropas en Irak matando cotidianamente a centenares de personas; que tiende la mano y proporciona armas a los terroristas que atacan al gobierno legítimo y constitucional de Siria; que golpea a Palestina azuzando a la camarilla sionista de Israel contra los pueblos árabes; que alienta la guerra en Corea enfrentando a dos pueblos hermanos –el del norte y el del sur- para preservar su bases militares instaladas en las cercanía de Seúl, contra los rusos.

Pero Trump, no es solo enemigo de los pueblos del Medio Oriente y el sudeste asiático Es también irreconciliable enemigo de los pueblos de América latina, a los que considera “poblaciones inferiores”. No hace mucho, hizo una alusión procaz contra Haití y algunos pueblos africanos. Y es que ese concepto es el que anida en su espíritu atravesado por el odio y por la guerra.

Si alguien quiere una prueba de ello, debiera leer simplemente las expresiones de Trump contra el pueblo mexicano, al que busca mantener “detrás de un muro”; pero, además, percibir la esencia de lo que constituye hoy la “política migratoria” que impulsa la administración yanqui. Y que se orienta, sin ninguna duda, a discriminar, y aún expulsar, a los latinoamericanos que radican en los Estados Unidos, considerándolos poco menos que “indeseables”.

Si miramos las cosas con objetividad, debiéramos considerar que la Cumbre de las Américas podría -desde el punto de vista de los pueblos- calificarse como la tumba política de Trump y de sus inclinaciones neonazis. (Pensando Américas)

(*) Periodista, historiador, analista político peruano y colaborador de Pensando Américas.


Tomado de: http://www.pensandoamericas.com

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