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Por Luis Salas

La Oficina de Administración de Precios de… Los Estados Unidos

Venezuela | 10 de agosto de 2017

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Controles de precios los ha habido muchos y con distintas suertes distintas a lo largo de la historia: coyunturales y permanentes, generales y puntuales, regulares, exitosos y calamitosos. Por razones obvias, la historia económica convencional, y por ende, el sentido común mediatizado, solo hablan de los últimos. Sin embargo, existen casos exitosos que desmienten en la práctica la afirmación experta según la cual nunca funcionan.

Así las cosas, contrario a lo que se cree, la economía norteamericana no es necesariamente el reino del “libre mercado”, entendiendo por tal la idea según la cual los mercados se autorregulan y funcionan cuando el Estado los interviene. La primera ley antimonopolio del mundo, por ejemplo, la creó el gobierno norteamericano a finales del sigo XIX. Y ya en los tiempos de Franklin Roosevelt fueron utilizados los controles de precios como mecanismo de regulación.

En efecto, una de las primeras medidas que toma Roosevelt apenas llegado a la presidencia en medio de la gran depresión mundial de los años 30, fue decretar una emergencia económica nacional, y, en el marco de esta, una Ley de Recuperación de la Industria Nacional. Entre otras cosas, esta ley modificaba la ley antimonopolio, con el fin de permitir la fijación de salarios, precios, y normas de condiciones de trabajo, incluyendo la prohibición del trabajo infantil. Luego lo volvería a hacer en 1935, al lanzar el programa de la Administración para la Recuperación Económica.

Sin embargo, una vez comenzada la Segunda Guerra Mundial, buena parte del aparato productivo norteamericano se volcaría a satisfacer las necesidades del esfuerzo bélico. Esto le imprimió a la economía de ese país una sobremarcha productiva que tuvo la virtud de reducir el desempleo y ampliar la demanda agregada, pero que en el marco de un flujo comercial global virtualmente paralizado y de destinar los bienes producidos al frente bélico, trajo como resultado a lo interno escasez de productos, y, por tanto, generación de olas especulativas de precios. Para atacar esto, Roosevelt crea en 1942 la Oficina de Administración de Precios con el fin manifiesto de fijar estos últimos. Coloca a la cabeza de la misma a uno de los más prestigiosos economistas de entonces y de todo el siglo XX: John Kenneth Galbraith.

Los principios bajo los cuales Galbraith diseñó y aplicó el control de precios están recogidos en su obra A Theory of Price Control, de 1951. Para él, simple y llanamente la economía de mercado era un mito. Más que “el libre juego de la oferta y la demanda”, lo que reinaba en la economía era una serie de instancias gracias a las cuales las empresas más concentradas y poderosas (monopolio y oligopolios) planean el proceso de intercambio de mercancías haciéndolo tributar a su favor y reduciendo los “caprichos” de la competencia clásica, imponiendo precios a los consumidores y manipulando la oferta de bienes y servicios.

En función de esta idea, Galbraith diferenció entre un grupo de dos mil o tres mil corporaciones que conformaban “el núcleo institucional de la economía de Estados Unidos” y los restantes 14 millones de empresas menores y comercios que viven en la “periferia” de dicha economía con poco o nulo poder de influir en ella y padeciendo en cambio tanto los “caprichos” del mercado como de las grandes corporaciones.

La estrategia diseñada por Galbraith fue tanto más osada en cuanto significó extender el control a todos los productos, olímpico esfuerzo considerando el tamaño de la economía en cuestión, pero además supuso echarse en contra a toda la ortodoxia y sus pronósticos alarmistas. En un artículo de 2008 del periodista argentino Alfredo Zaiat, reseña la historia del modo siguiente:

“En 1941 Galbraith fue convocado por el presidente Franklin Delano Roosevelt para administrar los precios internos, y aprendió que los libros e ideólogos –en línea con las reacciones de monopolios y oligopolios– harían fracasar la misión si admitía limitar el control a un cierto número de artículos seleccionados” (…) el enfant terrible de Harvard “pronto comprendió que debía transgredir ese axioma liberal –casi una herejía por aquellos tiempos– y no vaciló en extenderlo a todos los bienes comercializables”. Y “contra los pronósticos agoreros, el éxito fue total y ello le generó gran prestigio y respetabilidad. Consiguió mantener así los precios internos en un nivel inferior al 2,0% anual, pese al incesante incremento de la demanda y los altos índices de ocupación que acompañaron al período”. Y concluye que “lo que sus colegas consideraron casi un ‘milagro’ inexplicable; para él era apenas una gran lección que le advirtió sobre la necesidad de someter todo al examen de resultados verificables”.

En 1951, mismo año en que Galbraith publicó su libro, un nuevo control de precios se aplicó en Estados Unidos, en este caso para limitar los efectos especulativos provocados por la guerra de Corea. Ya no fue él el responsable de administrarlo ni Roosevelt era ya presidente (fue bajo el mandato de su sucesor, Henry Truman), pero los principios aplicados fueron los mismos. Cuando comenzó el congelamiento la inflación era de 11,1% y al final del primer año de 2,1%. Luego se mantuvo en torno al 2,6%.

Los controles de precios se mantuvieron con modificaciones en Estados Unidos hasta la década del 70. Un mecanismo interesante establecido fue el de indexar los salarios a las ganancias, obligando a los empresarios y comerciantes a subir aquellos conforme aumentaban estas, lo que desincentivaba la especulación. Nixon fue el último presidente en decretar un congelamiento de precios en el contexto de la guerra de Vietnam. Pero luego se disolvería el anclaje del dólar al oro y la economía norteamericana entraría de nuevo en recesión y especulación, desatando una crisis prolongada que todavía se sostiene entre una burbuja y otra.


Publicado originalmente en 15 y último

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