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Por Claudia Korol

La Revolución en un abrazo

Venezuela | 7 de octubre de 2015

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Aprendizajes en la Escuela de Feminismo Popular, Identidades y Sexualidades Revolucionarias.

“Toda la revolución cabe en un abrazo”, pienso mientras siento todavía en la piel y en los muchos sentidos (seguro más de cinco) los abrazos en los que nos enredamos, compañeras de viajes y de vidas.

“Toda la revolución cabe en un abrazo”, pienso -siento todavía-, y me río de mí misma ante la certeza de que seré sospechada de sufrir de “romanticismo revolucionario”, una de las peores variantes (dicen las brujas amigas), del descalificado “amor romántico”.

Pienso, siento, río, en ese mar de abrazos que nos sostienen, aguantando la emoción del encuentro y de los desencuentros, que nuestro continente sigue siendo más mágico que real. Las veo compañeras, desde este sur al que vuelvo siempre, desde este fin del mundo, con las sonrisas desafiando tempestades. Las veo haciendo feminismo en las comunas, la más linda creación bolivariana. Porque a ustedes no les alcanza con proclamar a los vientos (seguro más de cuatro), que están “luchando, creando, poder popular”. No les alcanza con gritarlo, porque lo están haciendo. Y no les alcanza, porque quieren hacer poder popular desde las comunas por partida doble: socialistas y feministas.

“Toda la revolución cabe en un abrazo” pienso siento y me río, pero ya sin burlarme de mí. Porque aprendí junto a ustedes, que nuestras revoluciones feministas y socialistas nacen y viven en ese horno de pasiones y contradicciones en el que amasamos el pan nuestro de cada día. Y son precisamente sus brazos y sus manos de comuneras, de campesinas, de obreras, de pobladoras, de indígenas, de negras, de fugitivas del héteropatriarcado, de “laburantes” decimos en nuestro sur, las que amasan el pan, las que siembran el maíz, las que levantan la cosecha, las que todavía son prácticamente las únicas que cuidan a los hijos e hijas, las que sostienen, las que reinventan la alegría, las que pintan en las paredes que “sin feminismo no hay socialismo”.

En la Escuela de Feminismo Popular, identidades y sexualidades revolucionarias, reunida a la vuelta de Macondo, en La Azulita, aprendo entre nubes que pintan de azul las montañas que nos rodean y las caídas de agua, que la esperanza (esa esperanza que no es espera, que es una necesidad ontológica de los pueblos, nos enseñó Paulo Freire)... que la esperanza, decía, somos nosotras, mujeres, lesbianas, travestis, trans, identidades y sexualidades revolucionarias, disidentes del patriarcado, en revolución, revolucionadas. La esperanza somos nosotras, compañeras.

Aprendo con ustedes que “nada de lo humano nos es ajeno”, pero nada, nada. Aprendo que lo humano son las cosas de los hombres, claro, pero también son las cosas de las mujeres postergadas por ciertos marxismos hechos a la medida del patriarcado... Y porque nada de lo humano nos es ajeno, nos diferenciamos también de algunas feministas que sólo piensan en agendas de género dictadas por los organismos mundiales de reordenamiento y control de las relaciones sociales. Nuestras agendas las escribimos en el andar de nuestros pueblos y de nuestras revoluciones. Y porque nada de lo humano nos es ajeno, nos dedicamos en estos encuentros a cosas tan variadas como hacer análisis de coyuntura desde una perspectiva feminista, debatir las condiciones y las acciones para ganar esta guerra que nos están haciendo, buscar caminos concretos para defender nuestra revolución, y crear espacios para pensar nuestras sexualidades, nuestras maneras de amar, el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, cómo hacer economía feminista que fortaleza la revolución, cómo enfrentar la violencia machista, cómo lograr el derecho al aborto legal, y nos preguntamos incómodas que cómo nos está yendo con la división sexual del trabajo, y nos cuestionamos críticamente cómo nos acompañamos cuando sentimos dolores o tristezas o felicidad, y nos contamos cómo queremos que crezcan nuestros hijos e hijas y lo que estamos pudiendo y lo que no.

Somos en un mismo tiempo comuneras, milicianas, feministas, socialistas, bolivarianas, y nos dedicamos a joder al patriarcado, bailando, cantando, celebrando los encuentros. Tenemos derecho a ser felices y lo somos. No nos olvidamos sin embargo todo lo que nos falta para cambiarnos a nosotras mismas, y para cambiar a nuestras organizaciones. Porque somos feministas que caminamos el camino de nuestros pueblos, creamos movimientos, los criticamos, los fortalecemos con nuestro activismo y con nuestros debates, porque no aceptamos movimientos con líderes que actúan como patrones, como patriarcas, como mandones que se creen con derecho a decidir por nosotras. Nos criticamos también entre nosotras cuando copiamos esos modos de actuar, cuando reproducimos el autoritarismo y las jerarquías, los malos tratos. Nos proponemos cambiarnos a nosotras y a nuestros movimientos, fortaleciendo su hacer colectivo, solidario. Y les decimos a los varones que no tengan miedo, que nuestra lucha no es contra ellos sino contra los machistas que ellos cargan y de los que les conviene deshacerse pronto. Nos cambiamos, y cambiamos a nuestras organizaciones, para que crezcan más sólidas, más socialistas, más antipatriarcales, descolonizando sus modos de ser, y aportando al pueblo nuevas formas de encuentro.

“Toda la revolución cabe en nuestro abrazo” compañeras, y les pido permiso para reconocerme en el “nosotras”, porque como muchas feministas de Nuestra América, cavamos trincheras a su lado, para cuidar y defender a esta agredida revolución, la que volvió a encender la estrella del socialismo en el siglo XXI, y la que tuvo al frente a un hombre del pueblo, tal vez el único -seguro el primer- milico feminista que conoció la historia contemporánea.

“Toda la revolución cabe en nuestro abrazo”, compañeras. Y en nuestro abrazo reafirmamos en voz baja a veces, otras gritando, que tenemos derecho a vivir sin miedo, sin violencia, sin las garras del imperio encima, ni los chantajes de la oligarquía especuladora como amenaza constante, ni con la torpeza y estupidez de los cómodos y jodidos burócratas que despintan nuestras coloridas revoluciones caribeñas.

“Toda la revolución cabe en nuestro abrazo”, y susurramos el legado de Chávez: comuna socialista ¡o nada! Y nosotras decimos: comuna socialista, feminista ¡o nada! enredadas en este abrazo que nos hace sentirnos fuertes, libres, lindas, locas, tan sabias como las brujas de todos los tiempos. Solo que esta vez, no seremos nosotras las que arderemos en las hogueras. Será el patriarcado, sus violencias, sus leyes, sus tribunales, sus normas. Y si ardemos nosotras, será de pasión comunera, feminista, socialista, revolucionaria. Cantaremos y bailaremos felices, cómplices, conspirando juntas, en el aquelarre de las brujas rebeldes, que vivimos en revolución, que hacemos las muchas revoluciones en las plazas, en las casas, en las camas, y que en las revoluciones nos hacemos y rehacemos, hasta el abrazo...

¡Siempre!

*Clauida Korol. Militante del Feminismo Popular e Internacional, Miembro de Pañuelos en Rebeldía.- Argentina
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