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El curioso triunfo del capitalismo, la inevitable derrota del socialismo:

¿La derrota de la humanidad como idea-fuerza?

Venezuela | 21 de enero de 2016

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“..si no hay una forma más humana de vivir que no sea
 
la crueldad, la tortura y la humillación,
 
que suele ser el pan desgraciado de cada día.
 
Escribí para saber si hay una forma más humana
 
de vivir que no sea la crueldad”.
 
José Saramago, Jose. La Voz de Lanzarote, Lanzarote, 25 de junio de 1996


Por Alejandro Ochoa

Se dirime en Venezuela, del modo como suelen resolverse en las periferias del mundo los problemas más acuciantes, la batalla más reciente entre dos concepciones de concebir a la sociedad para que sea una sociedad ordenada, una sociedad que pueda sobrevivir a esa incontenible potencia que es la voluntad humana. Puede ser una exageración señalar que se trata de una batalla decisiva, porque para que ello ocurra deberíamos estar seguros de que estamos ante el exterminio de la humanidad como idea. Pero, ¿no será que la propia idea de humanidad es lo que está en juego no sólo en Venezuela, sino en toda América Latina?.

En la tormenta mediática desatada por una victoria anhelada desde 17 años y no merecida para una parcialidad que se distingue por no hacer política y resulta premiada con una legitimidad política oscura pero una legalidad envidiable, nos plantea la necesidad de debatir si estamos en presencia del inicio de un ciclo de restauración de un orden que no se devuelve a los años 90 sino que avanza en formas neoliberales más sutiles y sofisticadas propias de un capitalismo más invisible y, en esa misma medida, menos expuesto al escrutinio público. Pero para ello, es menester dibujar lo que es la curiosidad del triunfo del capitalismo y el inevitable fracaso del socialismo.

El capitalismo curiosamente triunfa de manera más destacada cuando los beneficiados son pocos y la diferencia es mucha entre los pocos que ganan casi todo y los muchos que quedan al margen de toda ganancia. En términos de eficiencia, el capitalismo es altamente ineficiente: produce contingentes de pobres para mantener un puñado de acaudalados. Entonces, ¿En qué triunfa el capitalismo? Probablemente parte de la curiosidad en celebrar el éxito del capitalismo radica en que no nos dicen en que juego es que está participando. Resulta difícil que sea el juego de construir una sociedad cuando las mayorías son desplazadas de los bienes materiales básicos e incluso de los bienes intangibles como el reconocimiento y el ejercicio ciudadano. Un rico más es argumento suficiente para mostrar las bondades del capitalismo.

El socialismo, por contraste, anda de fracaso en fracaso porque no logra reducir la pobreza a cero. No logra eliminar la exclusión y entonces es evidentemente ineficiente. Al socialismo siempre le faltarán recursos, tiempo y quizás a esta altura de la historia, hace falta volverse a preguntar por el sentido de la sociedad como construcción humana excelente o, acaso, esto que tenemos reducido a lo más bajo de la condición humana es la única forma de relacionarnos con los otros.

Es evidente que el marxismo se constituyó y constituye aún una explicación que es satisfactoria para comprender el tema como una lucha entre facciones históricamente enfrentadas en un proceso de acumulación del capital y el saqueo y robo al trabajador. Pero resulta que esa explicación comienza a hacerse insuficiente porque parece que la posibilidad de confrontar en el plano de la producción concreta de los bienes, se ha producido una inversión simbólica que nos hace suponer que estamos en presencia de un vacío en la condición del sujeto que hace la historia y la cuenta. Abreviemos nuestra hipótesis para dejar su elaboración para otros espacios. Diremos que el diferencial civilizatorio que supone el proceso de la tecnologización de la vida cotidiana ha contribuido de manera sustancial a una virtualización del modo de estar en el mundo del ser humano que hace empalidecer casi hasta lo invisible, la expresión concreta de la explotación material. Dicho de otra manera, la explotación se oculta simbólica y subjetivamente en un proceso de alienación consentido en el cual la posibilidad del acceso a la vanguardia tecnológica sustituye las condiciones materiales dignas del ser humano. Estamos quizás inaugurando de forma dolorosa y excluyente la post humanidad tan anhelada por aquellos pocos para quienes la idea de la humanidad como una idea trascendental resultaba poco menos que irrisoria.

La idea no es nueva, quizás se trata de una ironía, para decirlo con Rorty, tener que decidir hasta donde nos alcanza la humanidad como idea cuando tiene que encarnarse en lo cotidiano. Allí, es revelador que la gente está de acuerdo con un comportamiento ecológicamente responsable siempre y cuando, no cueste tanto. Es de asumir que de manera similar, nos comportamos de forma humanamente responsable siempre cuando no cueste tanto o, siempre y cuando la acumulación de bienes no se detenga. El poder de este argumento no radica en quienes son exitosos en acumular riquezas sino en la enorme capacidad de manipulación que tiene sobre muchos que podrán comprar la sobrevivencia material al módico precio de la dignidad de muchos, incluido la de cada quien que venderse quiera.

Es quizás lo inevitable de la condición de mercancía y el afán de ser mercancía como condición epocal del ser humano lo que marca un punto de inflexión para la explicación marxista. Porque a fin de cuentas, las mercancías no se liberan, no se emancipan. Al contrario, la condición esencial de la mercancía es la de ser útil, estar a la disposición. El ejército de reserva del pasado de donde se extraería la fuerza del trabajo de forma inagotable se ha convertido en un curioso aliado porque ya no sólo espera la fatalidad sino que la misma fatalidad se ha convertido en una extraña oportunidad de saborear aunque sea brevemente la ilusión de estar del lado de quienes detentan la libertad.

Es precisamente esa idea de humanidad la que se encuentra continuamente atacada en estos tiempos. La humanidad como idea se desdibuja y se concentra en la instantaneidad del presente donde la única meta es ganar como sea, incluso perdiendo la humanidad como idea pero sobrevivir al instante. Esta es quizás la soledad que enfrenta el ser humano en el presente: todo se limita al poder de uno como individuo.

Sin embargo, el ser humano ha sabido asumirse como constructor de su destino y de si mismo. El poder de la unidad comienza a replantearse como la precaria posibilidad de asumir una idea mínima de humanidad, es decir contingente al aquí y ahora, a comprender que la ilusión de ser en el mundo virtual lo restringe y condiciona la dependencia material aún cuando no se quieran aceptar las limitaciones de lo físico y la inevitabilidad de ocupar un lugar en el espacio. Esa condición mínima es a la que corresponde apelar ahora para llegar a señalar como corolario que el socialismo en el presente sólo es posible en el encuentro cercano, en la vecindad física que da el compartir un territorio con todas sus ventajas y desventajas. Es decir, el socialismo es comunal o no es. A partir de esta conclusión que resuena por todas partes, veremos entonces que la construcción de la alternativa a la barbarie pasa por lo que siempre hemos sido a pesar de los esfuerzos por negarlo: animales políticos. No por la disputa del poder sino por la sencilla y elemental de que somos dependientes y vulnerables más allá de las capacidades de eso que llamamos familia y que a fin de cuentas, se expande en todo otro que puede ser quien demande de mi no lo que yo quiera dar, sino lo que cada cual necesite. La humanidad como idea-fuerza se transmuta para dejar de ser una abstracción y encarnarse en el cada cual que me pone su humanidad enfrente para probar la solidaridad que me constituye.

A Tiempo: La caída sostenida del precio del petróleo ha demostrado las carencias estructurales de la economía venezolana desde que vivimos del petróleo. Declarar la Emergencia Económica es una medida que llega tarde no sólo por las razones objetivas sino porque se juzgó que este pueblo no estaba maduro para decidir sobre posibilidades sino que debe siempre aceptar las fatalidades. Hay errores históricos, pero es inadmisible que los repitamos.


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