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Por Jessica Dos Santos Jardim

La “fuga de cerebros” y algo más

Venezuela | 28 de marzo de 2018

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Foto: Archivo.

Hace unas semanas, iniciamos un nuevo trimestre en la universidad. Yo, como profesora ladilla que soy, siempre le pido a mis estudiantes que me digan: ¿qué hacen ahí? La pregunta busca, básicamente, saber qué los motiva a sumergirse en este fascinante pero ingrato oficio, y en especial, porqué escogen una mención escrita en un mundo donde lo audiovisual va arrasando con todo.

No obstante, esta vez, el contexto hizo que mi cuestionamiento se interpretase de otra manera:

“Bueno, profesora, si le soy sincero, yo estoy aquí porque me falta muy poquito para terminar, pero, la verdad, es que revender unos kilos de harina me saldría mejor”, me respondió un muchacho con la mirada perdida en el cuaderno y un bolígrafo que daba vueltas acrobáticas entre sus manos.

Yo, aún no sabría describirles que fue exactamente lo que sentí. Por un breve instante pensé:

“Yo tampoco sé que mierda hago acá”.

Si de drenar se trata, a mí me pagan 1400 bolívares por cada hora académica impartida, un monto que ni siquiera me alcanza para cubrir mi traslado a la universidad. Pero que, además, no paga, ni de lejos, la cantidad de tiempo que yo dedico a preparar mis clases y revisar minuciosamente cada una de las evaluaciones.

Da igual que los ministros insistan en que se ha mejorado la calidad de vida de los educadores, pues pese a cualquier esfuerzo, al parecer, ser maestro jamás alcanzará para vivir dignamente. Y, además, la crisis económica ha develado esto: En este sistema, la gente, hasta el más enamorado de su oficio, trabaja por plata, y aquel romántico “lo hago por amor” se empieza a tornar imposible. Yo conozco a un sinfín de personas que cambiaron sus pasiones, eso que los hace vibrar, por aquello que simplemente les permite subsistir (sea “bueno” o “malo”).

Pero, a la vez, preferí olvidarme de mi e intenté ser ellos: ¿Qué motivación tiene hoy un chamo para echarse al lomo cinco años de universidad? No, no me miren feo. Yo si creo, profundamente, en la necesidad de educarnos para ser libres. De hecho, creo mucho más en eso que en la academia, que, si a ver vamos, se ha transformado en una simple maquina para fabricar empleados que le sean útiles al modelo imperante.

Pero, aterricemos un poquito: El transporte “público” es un caos y en los recintos universitarios (me atrevería a afirmar que en todos) los autobuses están parados y en el “mejor” de los casos se alquilan camioneticas privadas a costos excesivos y en condiciones paupérrimas; los comedores (donde existen) están parados o a media máquina; fotocopiar un par de guías implica dejar pegada la beca, el pago de pasante, y hasta el salario mínimo; algunos tienen hijos y otros la necesidad de ayudar a sus viejos; y entonces, el tiempo que pudieras destinar a “resolverte” debes estar ahí, sentado, escuchando a profesores que muchas veces están frustrados o no poseen las palabras necesarias, los argumentos lo suficientemente fuertes, para decirte “epa, no te vayas”.

¿No te vayas? Si, no te vayas, porque hoy buena parte de esos chamos están ahí con un único objetivo: terminar la carrera e irse del país “con un título”. En la universidad donde yo trabajo se han cerrado decenas de materias, se han ido docenas de profesores, desertaron igual cantidad de estudiantes, y la mayoría de mis tutoreados parten días después de sus defensas de tesis.

Yo sé que la migración es tan antigua como la humanidad, y de no ser por ella, yo, por ejemplo, no habría nacido en estas tierras. Pero también se, por la misma razón, que no hay nada más chimbo que no sentirse completamente ni de aquí ni de allá. Mis viejos no son venezolanos, nunca quisieron nacionalizarse, ni siquiera se han inscrito en el Registro Electoral, aún hay cosas del Caribe que no comprenden, pero al regresar a su nación tampoco se encuentran (a sí mismos) allí.

Desconozco si lo que hoy ocurre se llama “fuga de cerebros” o hay una manera menos divisoria para calificarlo. Una vez, en noviembre del 2014, yo misma escribí que la migración venezolana era distinta al resto de la región pues, según los datos que poseíamos en aquel entonces, se trataba de personas jóvenes (ubicadas entre los 18 y 35 años), profesionales (36% licenciados, 46% con maestrías, 12% con doctorados, etc.), estratos A y B, tenedores de capital cuya contribución al PIB del Estado es la mayor. Sin embargo, hoy, el panorama parece haberse ampliado muchísimo más. La gente que se fue no son solamente esos muchachos (as) engreídos que se hacen virales en las redes sociales, aunque los incluya a ellos.

Ojo, yo no sé si hay “un éxodo masivo”, una “diáspora”, si son tres millones como afirma, con saña, la oposición, o si eso “es un invento de los laboratorios mediáticos” como dijo el mandatario nacional, pero, en mayor o menor medida, eso está pasando: hablarlo, cuantificarlo y atenderlo debería ser un asunto de Estado, y un tema económico, porque muchos de esos chamos son formados en liceos, universidad públicas, etc., son parte de nuestra inversión social, y hoy se transforman en la mano de obra barata de otras naciones o en los títulos legalizados y aprovechados por otros, y tenemos que hacer algo, no solo con el que se fue, sino con el que se queda:

¿Qué tal si en vez de criticar al que se marchó le metemos el ojo a sus razones, a ver si de repente alguna nos resulta más o menos válida, accionamos para no seguir leyendo que la policía colombiana (las fuerzas de seguridad del Estado que se lleva nuestra gasolina, efectivo, comida, etc.) le lanzo bombas a unos venezolanos en Cúcuta (compartan o no nuestra ideología), y a su vez atendemos a los que andan acá y también tienen cerebro y preocupaciones latentes?

Quedarse, seguir estudiando, trabajando, siendo honesto, echándole bolas, amando, sonriendo, aunque se vaya la luz, aunque me lancen lacrimógenas en el metro, aunque me quiten el agua, aunque los precios suban y suban y suban, aunque formar familia se ponga cada vez más cuesta arriba, merece, mínimamente, que alguien te diga: hermano(a), usted es arrecho(a), y más, mucho más, cuando se es joven. Que casi un millón de muchachos se hayan inscrito en el Plan Chamba Juvenil también es un ejemplo claro de eso, una alerta.

Dejemos los dimes y diretes y pongámonos pa’ la cosa. Una vieja y cursi película argentina que vi en mi adolescencia decía que “sin sueños no somos más que un montón de vísceras y miedos”, hoy lo entiendo, y por eso creo que debemos hacer todo lo que este en nuestras manos para recuperar la capacidad de creer en el mañana.


Tomado de: 15 y último el 21 febrero, 2018

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