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Por Roberto Regalado

La «guerra de posiciones» en América Latina y el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos

América Latina y Caribe | 7 de octubre de 2016

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Me han pedido unas palabras sobre la situación política de América Latina, es decir, sobre el contexto regional en que se encuentra la Revolución Cubana, y en el que se produjo el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los gobiernos de los Estados Unidos y Cuba, que dio inicio al proceso de normalización de las relaciones entre ambos países.

La situación política en América Latina se caracteriza por la intensificación de la «guerra de posiciones» que se libra entre el imperialismo, principalmente el imperialismo norteamericano, y las oligarquías criollas, por una parte, y los movimientos sociales populares y las fuerzas políticas y social‑políticas de izquierda y progresistas, por la otra. Este es un concepto formulado por el pensador y dirigente comunista italiano Antonio Gramsci. Él llamó guerra de movimientos a aquella destinada a conquistar el poder mediante la violencia revolucionaria, estrategia correspondiente a los países donde no existen condiciones para el desarrollo legal de las luchas populares; y llamó guerra de posiciones a las rupturas parciales sucesivas con el sistema social imperante por medio de las luchas populares, estrategia correspondiente a los países donde funciona la democracia burguesa, en los que sea posible acceder al poder mediante un largo, complejo y fluctuante proceso de deconstrucción de la hegemonía burguesa y construcción de hegemonía popular.

En los términos más generales, el primer gran problema planteado es si la humanidad logrará derrotar al sistema capitalista antes que este sistema la destruya a ella. Es bien conocida la disyuntiva esbozada por Rosa Luxemburgo: socialismo o barbarie. Y el segundo gran problema es qué papel le corresponde a la guerra de movimientos y qué papel le corresponde a la guerra de posiciones en la batalla para derrotar a la barbarie. Sobre esto último, Rosa sentenció que:

La reforma legal y la revolución no son [...] diversos métodos del progreso histórico que a placer podemos elegir en la despensa de la Historia, sino momentos distintos del desenvolvimiento de la sociedad de clases, los cuales mutuamente se condicionan o complementan, pero al mismo tiempo se excluyen [...].

La interpretación vulgarizada del marxismo impuesta en la Unión Soviética tras la prematura muerte de Lenin, interpretación que muchos asumimos durante largo tiempo, partía de la premisa de que la derrota del capitalismo por parte del proletariado mundial era una ley histórica que se cumpliría de modo inexorable, por lo que nuestro papel se limitaba a «soplar en la dirección del viento» para acelerarla. Hoy sabemos que no es así, que el destino no está escrito, que la derrota del capitalismo depende de que seamos capaces de alcanzarla, y que esto es una interrogante abierta: no se sabe si lo lograremos o no. Lo que sí sabemos es que los dos grandes paradigmas socialistas del siglo XX fracasaron. Me refiero a la socialdemocracia europea occidental y al comunismo soviético.

La socialdemocracia europea originalmente se propuso transformar al capitalismo, y fue el capitalismo el que la transformó a ella: nació para luchar contra el liberalismo burgués y terminó asumiendo como propio el neoliberalismo imperialista, el peor de los liberalismos; y el comunismo soviético se burocratizó y, de sistema emancipador, pasó a ser sistema opresor, al punto que la propia burocracia lo derrumbó cuando ya no le servía, sin que el pueblo sintiera que su interés y su deber fuesen defenderlo. Esto coloca a la izquierda actual ante la necesidad construir nuevos paradigmas emancipadores para el siglo XXI.

Pero no todo es negativo. En los últimos 25 años, en América Latina se ha desarrollado un proceso sin precedentes en la historia universal. En medio del colapso de los paradigmas socialistas del siglo XX, en nuestra región se produjo un auge de las luchas sociales y políticas de signo popular. Esto es lo opuesto a lo ocurrido en situaciones análogas, como las derrotas de la Revolución Europea de 1848, la Comuna de París de 1871 y la década de las revoluciones frustradas en la propia América Latina de los años treinta, tras las cuales imperó por largo tiempo la represión y desarticulación de las fuerzas populares.

Apenas seis años y diecinueve días después del colapso de la URSS –ese es el tiempo transcurrido entre el 25 de diciembre de 1991 y el 6 de diciembre de 1998– ganaba Hugo Chávez Frías su primera elección presidencial en Venezuela. Le siguió una cadena ininterrumpida de elecciones y reelecciones de gobiernos progresistas y de izquierda en Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Honduras, Paraguay y El Salvador. Con un criterio, en mi opinión demasiado amplio, pero que algunos toman como válido y, por consiguiente, sirve como medida, se podría hablar de triunfos electorales de treinta y seis candidatos y candidatas presidenciales de izquierda y progresistas desde la década de 1990.

La elección de gobiernos de izquierda y progresistas es novedosa en una región históricamente sometida a la dominación colonialista, neocolonialista e imperialista, donde en los casos excepcionales en que ello ocurrió con anterioridad, esos gobiernos fueron derrocados. Son los casos de Jacobo Arbenz en Guatemala, en 1954, Juan Bosch en República Dominicana, en 1963, y Salvador Allende en Chile, en 1973.

¿Cómo se explica la apertura de espacios democráticos y la elección de gobiernos progresistas en América Latina en medio del mundo unipolar y la avalancha universal del neoliberalismo? ¿Cómo se explica esa apertura en un momento en que la Revolución Cubana estaba sometida a lo que Fidel llamó doble bloqueo? Se explica, entre otros, por tres factores fundamentales: el acumulado histórico de las luchas populares; el rechazo universal a la opresión y represión imperante; y el error de cálculo del imperialismo norteamericano, cuya reestructuración de su sistema de dominación continental combinó dos elementos incompatibles: la democracia y el neoliberalismo, es decir, se creyó la tesis del fin de la historia, y favoreció que por primera vez en América Latina funcionara la democracia burguesa. Su idea era que la alternancia en el gobierno estuviese restringida a fuerzas políticas neoliberales, y no calculó que los pueblos aprovecharían los nuevos espacios de lucha social y política legal para construir y llevar al gobierno a sus propias fuerzas políticas. Con otras palabras, no calculó que América Latina, que había sido históricamente terreno de la guerra de movimientos pasaría a ser terreno de la guerra de posiciones.

En los casi veinticinco años transcurridos desde el derrumbe de la URSS hasta hoy, la guerra de posiciones en América Latina ha atravesado por cinco etapas:

De 1989 a 1994, fue favorable al imperialismo y las oligarquías criollas. En ella primaron la reestructuración del sistema de dominación continental, y el desconcierto de los movimientos populares y las fuerzas políticas de izquierda

De 1994 a 1998, fue desfavorable al imperialismo norteamericano y las oligarquías criollas. En ella predominaron la crisis del Estado neoliberal recién impuesto y auge de los movimientos y las protestas sociales, capaces de derrocar gobiernos oligárquicos pero aún incapaces de hacer elegir gobiernos propios

De 1998 a 2009, fue favorable a los movimientos populares y las fuerzas de izquierda y progresistas, con la elección y reelección de gobiernos de ese espectro en Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Honduras, Paraguay y El Salvador

En 2009-2014, hubo una agudización de la disputa derecha-izquierda debido a la escalada de la estrategia del imperialismo y la derecha para reconquistar los espacios institucionales que escaparon de su control, incluidos los golpes de Estado de nuevo tipo en Honduras (2009) y Paraguay (2012), y los triunfos electorales por muy estrecho margen en Venezuela (2012 y 2013) y El Salvador (2014)

En 2015‑2016, se han producido reveses costosos: la elección de Mauricio Macri en Argentina, la elección de una mayoría de derecha en la Asamblea Nacional de Venezuela, la derrota en el referendo que buscaba abrir la posibilidad de una nueva reelección del presidente Evo Morales en Bolivia y el golpe de Estado legislativo contra la presidenta Dilma Rousseff en Brasil

Acosados por la creciente dificultad de cumplir la ley de hierro del capitalismo, que es la siempre creciente acumulación de riquezas, el imperialismo y las oligarquías latinoamericanas a él subordinadas, desataron una ofensiva destinada a expulsar a las fuerzas de izquierda y progresistas de los espacios por ellas conquistados en los poderes del Estado, en especial, a expulsarlas del órgano ejecutivo del Estado, y a desacreditarlas y desarticularlas para que nunca más vuelvan a ocupar esos espacios. La razón es obvia: necesitan que América sea gobernada por neoliberales como Mauricio Macri y Michel Temer, que promuevan activamente el saqueo y la depredación de los países de la región por parte de los monopolios transnacionales. Con ese propósito desarrollan una estrategia desestabilizadora diseñada para, o bien derrotar o bien derrocar, lo que sea más rápido y factible, a los gobiernos que, según ellos, desperdician la riqueza en políticas y programas de beneficio social.

La batalla de las fuerzas de izquierda y progresistas para derrotar la actual ofensiva imperial y oligárquica se libra en dos espacios y en dos frentes. Los espacios son el nacional y el internacional, en este último caso me refiero a la solidaridad. Por ejemplo, en oposición a los golpes de Estado en Honduras y Paraguay, la solidaridad internacional fue combativa pero la correlación de fuerzas nacional resultó adversa. Y los frentes son el externo y el interno, el primero entendido como enfrentamiento eficaz a la estrategia desestabilizadora, y el segundo como erradicación de las deficiencias y los errores propios que las alejan del pueblo y las hacen vulnerables a la estrategia desestabilizadora enemiga.

En el frente externo, debemos tener en cuenta que, conscientes del rechazo universal a sus antiguos medios y métodos de dominación y represión violenta, el imperialismo y las oligarquías criollas en la actualidad apelan a otros medios, entre ellos, a la guerra económica, la guerra mediática, la dictadura de los jueces y la imputación a la izquierda de los vicios que les caracterizan, como la corrupción. Así fomentan el voto de castigo de los sectores sociales que antes lo emitieron contra ellos, y la abstención de castigo de nuestras propias bases sociales.

En el frente interno, a partir de la premisa de que nuestro acumulado histórico de luchas es el principal factor que abrió los espacios democráticos hoy cuestionados y atacados, cada fuerza de izquierda y progresista debe preguntarse cuánta fuerza social y política acumuló en los 25 años transcurridos desde el derrumbe de la URSS, cuánto se estancó en la acumulación de fuerza social y política, y cuánta fuerza social y política desacumuló. En esencia, debe preguntarse cuánto prestigio, credibilidad y mística conserva en las generaciones que las vieron luchar contra las dictaduras de las décadas de 1960 a 1980, y contra los gobiernos neoliberales de la década de 1990, y cuánto prestigio, credibilidad y mística cultivó o dejó de cultivar en las jóvenes generaciones que no conocieron sus luchas del pasado.

En resumen, la derecha está haciendo todo lo que está a su alcance, sea legal o ilegal, para revertir a su favor la correlación regional de fuerzas sociales y políticas que se mantuvo inclinada hacia la izquierda de 1999 a 2009. ¿Qué implicaciones tiene esto para la Revolución Cubana, y qué incidencia puede el afianzamiento de un cambio de esta correlación de fuerzas en el proceso de normalización de relaciones entre Cuba y los Estados Unidos?

La correlación de fuerzas entre izquierda y derecha y, en virtud de ella, la configuración del mapa político de América Latina y el Caribe, tienen una influencia directa en el fortalecimiento o debilitamiento de la política de bloqueo y aislamiento ejecutada por el imperialismo norteamericano contra Cuba desde hace más de medio siglo.

En la década de 1960, rodeada de gobiernos proimperialistas, Cuba sufrió un cerco casi total: fue expulsada de la OEA y ese organismo ordenó a sus miembros romper relaciones diplomáticas, consulares, comerciales y de cualquier otro tipo con ella. Solo México se negó a hacerlo por apego a la Doctrina Estrada

En la década de 1970, con la elección de Salvador Allende a la Presidencia de Chile, los gobiernos militares progresistas de Juan Velasco Alvarado en Perú y Omar Torrijos en Panamá, y la descolonización de Jamaica, Guyana y Trinidad y Tobago en el Caribe, todos los cuales restablecieron relaciones diplomáticas con Cuba, se inició la ruptura del bloqueo y el aislamiento. Incluso se abrió un primer proceso de normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, que abarcó los últimos años de la administración de Gerald Ford y los primeros de la de James Carter. Ese proceso fue interrumpido, junto a otras políticas externas e internas de Carter, a raíz del auge que por aquellos años experimentó la llamada nueva derecha, liderada por Ronald Reagan

En la década de 1980, pese a la elección de Reagan a la presidencia estadounidense y su recrudecimiento de la política de hostilidad, boqueo y aislamiento contra Cuba, en virtud de la agudización de las contradicciones entre los Estados Unidos y América Latina y el Caribe (en torno al conflicto centroamericano, la crisis de la deuda externa, la guerra de las Malvinas y la invasión militar a Granada) continuaron estrechándose las relaciones de Cuba con los gobiernos del subcontinente, una parte de los cuales abogaba por el reingreso de Cuba a la OEA y otros por la creación de una organización latinoamericana y caribeña, con Cuba y sin Estados Unidos

En la década de 1990, con el derrumbe de la URSS y el bloque socialista europeo, el inicio de lo que Fidel llamó el doble bloqueo y la elección de gobiernos neoliberales en toda América Latina, vino una nueva etapa de recrudecimiento de la política de bloqueo y aislamiento contra Cuba

Y en la década de 2000, con la elección y reelección de gobiernos de izquierda y progresistas, se consolidó la derrota del bloqueo y el aislamiento: Cuba ingresa al Grupo de Río; es fundadora de CELAC, cuya presidencia pro-tempore ejerce por un año el presidente Raúl Castro; la OEA levanta las sanciones contra Cuba impuestas en 1962; los gobiernos de Cuba y Estados Unidos restablecen relaciones diplomáticas, se inicia un nuevo proceso de normalización de relaciones, y el presidente Obama realiza una visita oficial a La Habana

Hay compañeras y compañeros amigos de Cuba que se preguntan si el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos implica que cesó el diferendo entre ambos países. Hay quienes, al escuchar las denuncias de nuestro gobierno de que el bloqueo y la intromisión en nuestros asuntos internos siguen en pie, se preguntan por qué y para qué restablecimos relaciones diplomáticas, si no previmos que esto sucedería y si no habremos cometido un error al hacerlo.

Conocer el nexo existente entre las diferentes configuraciones que ha tenido el mapa político latinoamericano y caribeño y el recrudecimiento o distensión relativa de la política de hostilidad, bloqueo y aislamiento de los Estados Unidos contra Cuba, en particular, el elemento de que ya hubo un primer proceso –frustrado– de normalización de relaciones entre ambos países, ayuda a comprender mejor la situación actual.

Aquel primer proceso comenzó tratando de encontrar soluciones negociadas a cada uno de los temas del diferendo bilateral, y el restablecimiento de relaciones diplomáticas fue concebido como el colofón, el coronamiento, de la normalización de relaciones. Pero ese enfoque escalonado dio pie a que las fuerzas opuestas al proceso lo atacaran hasta interrumpirlo. Por eso en esta oportunidad se hizo a la inversa: se acordó en privado y se anunció «de golpe» el restablecimiento de relaciones diplomáticas, y con la oficialización de estas es que se comienza a negociar los temas del diferendo bilateral, cuyo desenlace será la normalización plena de los nexos entre ambos Estados. Las fuerzas ultra reaccionarias de los Estados Unidos pueden atacar el proceso, dificultarlo y retrasarlo, pero les resultará difícil imponer una nueva ruptura, y Obama está apostando a eso. Esa es una de las razones de su visita oficial a Cuba: sentar un precedente. De esto se deriva que el restablecimiento de relaciones diplomáticas acordado el 17 de diciembre de 2014, no implica que los temas del diferendo bilateral ya hayan sido negociados, y mucho menos resueltos, sino que este difícil proceso recién acaba de comenzar.

Siempre hemos sabido que, dentro de los círculos de poder de los Estados Unidos, incluso quienes están a favor de la normalización de relaciones con Cuba, se proponen derrotar o extinguir a la Revolución. Ellos lo dicen. Su argumento es: fracasó la política que pretendía destruir a la Revolución Cubana mediante las agresiones, la hostilidad, el bloqueo y el aislamiento; intentemos ahora destruirla mediante el acercamiento y la penetración. Estamos conscientes de que quienes en los círculos de poder estadounidenses impulsan la normalización de relaciones piensan que así nos van a reblandecer, debilitar y destruir. Pero nosotros estamos convencidos de que ellos no podrán reblandecernos, debilitarnos ni destruirnos, sino que, por el contrario, nosotros seremos capaces sacarle provecho a las oportunidades económicas, comerciales, financieras, científicas, técnicas, culturales y otras que se deriven de ese proceso con el fin de avanzar en la construcción socialista.

Dentro del contexto del enfrentamiento entre los sectores aferrados a la vieja política de agresiones, bloqueo y aislamiento, y los sectores que le apuestan a reblandecer, debilitar y destruir a la Revolución mediante una estrategia de poder inteligente, hay que entender que el presidente Obama no está facultado para levantar el bloqueo. Originalmente, el bloqueo se impuso mediante órdenes ejecutivas de los sucesivos presidentes, que un presidente podía derogar. Sin embargo, a partir de la adopción de la Ley Helms‑Burton, el levantamiento del bloqueo tiene que ser aprobado por el Congreso de los Estados Unidos. El presidente Barack Obama le ha pedido al Congreso que lo levante y, mientras ello no suceda, lo que él puede hacer es manejarse dentro de los márgenes discrecionales que la ley le otorga. La crítica que nuestro gobierno le hace a Obama es que hay cosas que, dentro de los márgenes discrecionales existentes, él podría hacer pero no las ha hecho. Y, por supuesto, mientras se mantenga el bloqueo, sea por culpa de quien sea, Cuba lo va a denunciar y lo va a combatir, y espera que sus amigas y amigos en todo el mundo también lo denuncien y lo combatan. Esta es la posición de principios que mantenemos en el proceso de normalización de relaciones.

En conclusión, el proceso de normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, incluido el levantamiento del bloqueo, la devolución de la Base de Guantánamo y el fin de la injerencia en nuestros asuntos internos, avanzará mejor y más rápido en la medida en que la correlación regional de fuerzas siga siendo favorable a la izquierda, y en que se mantenga y fortalezca el movimiento de solidaridad con Cuba del que todas y todos ustedes son parte importante.

Nota:

- Roberto Regalado es Politólogo, Doctor en Ciencias Filosóficas y Licenciado en Periodismo, miembro de la Sección de Literatura Socio Histórica de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, consultor del Instituto Schafik Hándal y el Centro de Estudios de El Salvador.

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