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Por Luis Salas Rodríguez

La nueva gran estafa

Venezuela | 4 de marzo de 2016

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Por Luis Salas Rodríguez

Veamos los siguientes dos cuadros. El primero de ellos muestra un comparativo realizado por la Comisión Económica para América Latina CEPAL (oficina de la ONU responsable de hacer seguimiento y apoyar el desarrollo económico en la región), entre los niveles de inversión pública en los diferentes países del continente. La inversión en este caso corresponde a la Inversión en Formación Bruta de Capital Fijo (IFBKF) medida como porcentaje del PIB.

La IFBKF es un indicador muy importante para medir la productividad de una economía en razón de su composición. Y es que toma en cuenta todas aquellas inversiones realizada en maquinaria, equipos y construcción necesarios para producir. Así las cosas, la IFBKF suele reflejar la voluntad de los agentes económicos de aumentar la producción más allá de la capacidad instalada presente.

Inversión Pública. Formación bruta de capital fijo en porcentaje del PIB. Promedio anual

Como se puede ver claramente en el cuadro, la IFBKF pública en nuestro país siempre ha estado significativamente por encima de la media regional. Anota una pronunciada caída conforme avanzan lo que la propia CEPAL llamó “las décadas perdidas neoliberales” (80 y 90). Pero remonta a más del doble con respecto al último tramo de esa época hasta el 2010, año donde culmina la serie de la CEPAL. Para finales del año 2012, la IFBKF pública llegó a colocarse por sobre el 30% del PIB.

Ahora veamos el siguiente cuadro, que compara lo mismo pero tomando como referencia ya no la inversión pública, sino la privada:

Inversión Privada. Formación bruta de capital fijo en porcentaje del PIB. Promedio anual

Como resulta meridianamente claro también, al contrario del caso anterior, la tendencia de la IFBKF privada en nuestro país ha sido bastante baja comparada regionalmente. De hecho, siempre ha estado por debajo del promedio regional, lo cual quiere decir que los privados venezolanos invierten mucho menos que sus iguales de nuestros países hermanos, que de por sí invierten ya bastante poco en comparación con los estándares globales, dicho sea de paso. Ahora bien, como dato notable véase que contrario a lo que reza el sentido común mediatizado impuesto, es solo a partir de 1999 (el primer año de gobierno del presidente Chávez) que el indicador se recupera, manteniéndose todavía por debajo del promedio regional, pero significativamente por encima de los años de “apertura” económica y experimentos neoliberales durante los 80 y 90.

Llevaría mucho rato explicar en profundidad lo que sin duda no es una accidente sino una característica estructural del capitalismo venezolano, ese que en deshonor a quién deshonor merece, podríamos denominar el modelo fedecamaras de capitalismo dependiente y rentista y que es el verdadero origen de todas las distorsiones no de la economía, sino de la sociedad venezolana. Pero hagamos el intento de resumir:

Como podemos ver en la gráfica anterior, la IFBKF privada (azul) sufrió desde finales de los 70 una estrepitosa caída. Sin embargo, esta caída en realidad es relativa, porque lo cierto del caso es que del 76 hacia atrás se incluía dentro de la misma la realizada por las petroleras transnacionales, por lo que al momento de la nacionalización se produjo un sinceramiento estadístico -para utilizar el lenguaje de los expertos- o lo que es lo mismo: al ya no contabilizarse como privada la inversión en la industria petrolera, se corrigió el adulteramiento del indicador, y por lo tanto, se empieza a notar de manera más clara la propensión crónica a no inversión de los capitalistas venezolanos. De más no está decir que lo de inversión privada en nuestro país es un término bastante relativo, en la medida en que en buena parte se trata de dinero público que, por vía de créditos blandos, exoneraciones fiscales y demás mecanismos de privatización de la riqueza nacional, es el que acaba siendo usado para invertir en lugar de los excedentes generados por las actividades económicas de dichos particulares, los cuales por lo general terminan fugados en el exterior o bien malgastados bajos las diversas modalidades del consumo suntuario. De hecho, los picos de entre 1767 y 1978 se deben fundamentalmente al impulso de la transfusión de dinero público a manos privadas implicada en el proyecto Gran Venezuela de CAP I

Nótese por otra parte que esta desinversión privada antecede por varios años al Viernes Negro de 1983. Y este es un dato importante pues para el sentido común mediatizado el viernes negro es el comienzo de la crisis económica, cuando en realidad es el síntoma más visible de los estragos que el colapso del modelo fedecamaras y el advenimiento del neoliberalismo comenzaban a causar. Y esto no lo digo yo. Y ni siquiera es algo que haya dicho por primera vez alguien de izquierda. Lo dijo Miguel Ignacio Purroy, banquero de vieja data y hasta no hace mucho presidente de BANCARIBE, y en tal virtud, insospechado de chavismo o izquierdismo. En 1985, en un trabajo de la ANCE titulado Pasado, presente y futuro de la deuda para el cual se le entrevistó, Purroy daba su diagnóstico sobre las causas de la crisis venezolana de entonces:

“Se llegó a la crisis porque el sector privado entró en huelga de inversiones desde 1979. El Estado quiso romper esa huelga aumentando los créditos para la inversión del sector privado con la esperanza de que se tradujera en creación de riquezas para recuperar los créditos e incrementar el empleo, pero no ocurrió así. Simplemente gran parte de esos créditos se transfirieron al exterior (…) La Corporación Venezolana de Fomento, por ejemplo, prestó quince mil millones (de Bs.) y solo recuperó mil quinientos”

El caso es que dicha desinversión fue la respuesta deliberada que el capital que opera en Venezuela (nacional y transnacional) practicó ante la situación de sobreacumulación que vivió hacia finales de los 70. No fue sin embargo la única: la complementó con la fuga de capitales, es decir, la transferencia masiva de capital hacia el exterior de manera legal, ilegal y paralegal, así como con el consumo suntuario, es decir, la adquisición creciente de propiedades vacacionales, vehículos, yates, en fin, de todo aquello que está por fuera del alcance del ciudadano promedio tanto en el exterior como en el interior del país por ser de lujo. En resumen: al acumular más de lo que el mercado interno era capaz de absorber (o sea, la reinversión ya no les garantizaba los mismos márgenes de ganancia) no tanto por ser pequeño sino por ser radicalmente desigual, concentrado y cartelizado, nuestros capitalistas sacaron su plata al exterior, procedieron a gastarla de la manera más improductiva posible al tiempo que impusieron condiciones draconianas a la economía nacional para seguir operando en ella.

La desinversión implicó una intensificación del modelo de acumulación rentística tanto radicalizando la apropiación de la renta petrolera como llevando al máximo la especulación en materia de precios. La intensificación fue del tal grado que incluso modificó los esquemas clásicos de competencia capitalistas. Por ello en nuestro país se da el caso que la competencia entre capitalistas es ficticia o se da de manera secundaria y focalizada. Aquí la competencia realmente existente y determinante es la que opera entre los capitales cartelizados contra los consumidores asalariados. De manera concertada o no, consciente o inconsciente, premeditada o simplemente por costumbre, el mercado venezolano ha devenido en un mercado de carteles que se reparten las cuotas, impiden por cualquier vía –incluso las gansteriles- la llegada de potenciales competidores y donde la consigna es sacar la mayor ganancia los más rápido invirtiendo menos, lo cual se hace especulando el precio por unidad de cualquier producto ofertado. A ciertos niveles –los de mayor concentración- la cartelización es premeditada y consciente –como pasa con los alimentos (Cargill “vs.” Polar) y con los vehículos (el famoso modelo de negocios bajo el cual los concesionarios y ensambladoras prefieren vender un vehículo a un precio que le permita obtener ganancias que en condiciones normales le reportarían diez, antes de fabricar dichos diez con las inversiones que implica). Ahora bien, esta cartelización premeditada termina arrastrando al resto de la economía, los demás de productores y comerciantes se ven espoleados por los más grandes (la especulación con los insumos, el cobro de rentas abusivas –por caso: los alquileres de locales) o simplemente se ven animados a hacer lo mismo buscando las migajas que los más grandes dejan o exprimiendo al consumidor lo que le han exprimido a ellos.

En este sentido, llevan la razón los expertos de todos los colores que afirman que la inflación en nuestro país tiene origen en la no inversión privada. Pero en lo que no tienen razón es que en dicha no inversión se deba a que Chávez y ahora Maduro les hablaran feo a los “empresarios” y no crearan “condiciones” para invertir. La misma, de origen, fue una decisión consciente y premeditada de los grandes capitales que terminó, como decíamos, arrastrando al resto, decisión que antecede por mucho a la llegada del chavismo. De hecho, el drama económico del chavismo es que ha tenido que luchar contra dicha inercia, transformada en los últimos años en una feroz guerra económica. Es por esto que la problemática de precios en nuestro país no responde a esquemas de inflación monetaria (o monetarista) sino de especulación en cuanto patrón de acumulación y últimamente como práctica de sabotaje. En la siguiente gráfica, tomada de un texto del tampoco sospechoso de chavismo economista Asdrúbal Baptista, se observa claramente esta correlación histórica entre desinversión privada e inflación especulativa de precios:

Claro que no faltará quien diga que todas estas son excusas para disfrazar la incapacidad del Estado o mentiras para perseguir a los nobles empresarios venezolanos. Ahora bien, a este respecto nada puede resultar tan ilustrativo como citar a los propios “expertos” de derecha no cuando escriben para el gran público sino cuando se escriben entre ellos, cuando se recomiendan cómo operar en esta coyuntura. En lo que sigue y a manera de ejemplo de como la guerra económica se monta sobre esta tara capitalista, veamos esta “recomendación” que la firma Econométrica (una de las más conspicuas propagandistas de los males de la economía venezolana y cuyo director, Ángel García Banch, no solo fue uno de los “ideólogos” del capitalismo popular de María Corina Machado, sino también, junto al hoy notables diputado de la MUD José Guerra asesor del actual des-gobernador de Miranda Capriles en sus recurrentemente frustradas aspiraciones presidenciales) emite en uno de sus boletines para clientes en abril de 2012 (lamentablemente ya no disponible en la web de la firma pero que con todo gusto podemos enviar vía mail a quién lo requiera):

“Econométrica recomienda a sus clientes postergar sus inversiones en capital fijo (ampliaciones de planta, compra de maquinarias, equipos y oficina) hasta el año 2013 en los casos en que se posible y se tenga acceso a las divisas (cuando la postergación de la inversión no le coloque en riesgo, en términos de una pérdida de participación de mercado de su empresa que fortalezca a la competencia). Las razones básicas de la recomendación son dos. La primera, porque durante los próximos doce meses no habrá una mejor inversión que la compra de divisas (el tipo de cambio oficial y paralelo aumentará más que la tasa nominal de rendimiento de capital). Y, la segunda, porque postergar la decisión de invertir en capital fijo hasta 2013 o, al menos, hasta que se tenga conocimiento de los resultados electorales (los del 07 de octubre de 2012, la última elección ganada por el comandante Chávez), tiene sentido, desde el punto de vista de la incertidumbre, la planificación de su negocio y anticipación de precios claves como los de bienes raíces, el mercado bursátil en moneda nacional, etc.

La ley de “producción” “nacional” o como apropiarse para unos pocos lo que por hecho y derecho nos pertenece a todos y todas.

La característica de la inversión pública dada por el presidente Chávez fue la de invertir en la áreas vitales de la economía donde el sector privado no lo hacía. Y en el caso de las expropiaciones, resulta público, notorio y comunicacional, que en la gran mayoría de los casos por no decir la totalidad, fueron hechas sobre activos que cumplían algunos de estos tres requisitos o los tres a la vez: estaban quebradas, fueron abandonados por sus propietarios, o se encontraban inmersos dichos propietarios en algún tipo de delito (laboral, comercial, ambiental, etc.). Excepciones del caso por razones estratégicas fueron, por ejemplo, la CANTV y el Banco de Venezuela. Y por más que puedan tenerse críticas de su funcionamiento actual, nadie sensato duda que son hoy empresas más grandes y mejores de lo que eran cuando estaban en manos privadas.

A este respecto, la consabida ley de “producción” “nacional” promovida por la actual AN de mayoría oposicionista, además de todo lo que se ha dicho, lo que busca nada menos es poner en manos de los capitalistas que no han invertido entre muy poco y nada durante años, optando más bien por fugar y especular contra el país, los bienes y activos que el Estado como parte de una política económica inclusiva y de avanzada el presidente Chávez logró consolidar para la Nación. Es decir: esos mismos que roban y especulan con las divisas, que expolian a más no poder el bolsillo de los consumidores, que se han negado a dar todos los beneficios laborales de los que hoy gozan los trabajadores y trabajadoras de este país y solo los dan porque el Estado los obliga, que reniegan de la estabilidad laboral, que no pagan impuestos, que promueven y son protagonistas del contrabando de extracción, la especulación y el acaparamiento en nombre de los “incentivos”, exactamente esos mismos, escamoteando su responsabilidad histórica como saqueadores y vividores del país tras una AN cómplice, no conformes, intentan ponerle mano a todas esa inversiones para seguir llenando sus bolsillos.

Lo anterior desde luego no quita que haya empresas del Estado que sean ineficientes o atraviesen miles de problemas. Pero concluir de ello que la gestión pública es un fracaso, o peor aún, que para hacerlas eficientes hay que dárselas a los privados, solo tiene sentido en el mundo de la dogmática, alcahuetería e indolencia de criterio típica de la prédica neoliberal criolla. Entre otras cosas, de lo que se requiere para mejorarlas es de un marco de control y participación ciudadana-popular transparente que piense en el bien común, ninguna de las cuales son características de la actual AN llena de intereses más que de principios.

Como dice David Harvey, el famoso geógrafo norteamericano, la historia del capitalismo es la historia de una continua desposesión, la historia de una continua extracción de aquello producido colectivamente. Sin esa continua acumulación por desposesión, sin los decretos, rumbos institucionales y tácticas capitalistas para cercar y extraer renta de la producción social, el régimen de acumulación capitalista no podría mantenerse. Esa es la esencia de un modelo injusto en su origen e injusto en su desarrollo histórico. Y eso es exactamente lo que pretende hacer la AN, solo que de una manera infinitamente vulgar al igual que pasa con las viviendas de la GMVV. Se nota que el diputado José Guerra en sus tiempos de izquierdista de la UCV y el PRV también leyó -como Harvey- al Marx de la acumulación originaria.

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