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Por Luis Salas Rodríguez

La riqueza fugada de las naciones

Venezuela | 10 de mayo de 2016

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Por Luis Salas Rodríguez

Es bastante notorio que en el caso de la corrupción se suele incurrir en una omisión que, a todas luces, es deliberada y limita el horizonte del debate y análisis sobre el tema. Y es que aunque todo acto de corrupción se trata en el fondo de la apropiación indebida de recursos que son de origen público, por lo general se reduce la idea de esto último a dinero o bienes provenientes del Estado manejados por funcionarios del Estado.

Pero ocurre que en una sociedad todos los recursos y la riqueza son de origen y naturaleza pública, no en el sentido en que pertenezcan al Estado en cuanto institución, sino en el sentido en que son producidos socialmente. Esta es de hecho la enseñanza fundamental bajo la cual nace la teoría económica moderna. Y no me estoy refiriendo a la de Marx ni a ninguna otra formulación izquierdista, sino a la fundada por los fisiócratas, los mismos aristócratas que acuñaron la expresión puesta de moda por los neoliberales de laissez faire, laissez passer (dejad hacer, dejad pasar). Fue Quesnay quien en 1758 publicó su célebre Tableau Économique (El cuadro económico), el primer modelo de estudio de una economía nacional y que es algo así como el tataranieto de los actuales PIB y matrices de isumo-productos. Cuando en 1776 Adam Smith publicó La riqueza de las naciones, la idea de economías nacionales con flujos de mercancías, monedas y clases sociales que tenía en mente era la prevista por el francés.

Pero con el tiempo esta idea se fue perdiendo. Y en su lugar fue apareciendo la ahora mundialmente aceptada separación entre lo público y lo privado. Es una separación ficticia que funciona para muchas cosas, pero cuyo grado máximo de maniqueísmo lo observamos a la hora de abordar el mal de la corrupción: ésta escandaliza y molesta cuando se trata de funcionarios públicos, si bien no deja de ser cierto que el alcance de dicho escándalo se relativiza cuando se trata de funcionarios funcionales a ciertos intereses, tal y como ocurrió con el expresidente Piñera de Chile y pasa con los actuales Peña Nieto de México y Macri en Argentina, cuyos casos comprobados de corrupción contrastan enormemente en su tratamiento mediático con el que recibe, por ejemplo, Dilma Rouseff ni qué decir Lula, si bien las pruebas en su contra son bastante endebles, por decir lo menos.

Pero cuando se trata de empresarios, deportistas, estrellas de la farándula, etc., la corrupción no solo no escandaliza, sino que hasta suele estar rodeada de cierta aura fascinante. En la mayoría de los casos ni siquiera importa si estos han hecho sus fortunas a través de delitos terribles, como es el caso del narcotráfico. Pero mucho menos importa si lo han hecho a través de un par de delitos que mundialmente son catalogados como tales en todas las legislaciones, desde la nortamericana hasta la cubana, la china y supongo también que la de Corea del Norte, si el caso fuera que en la tierra de Kim Jong-un cobran impuestos y operan transacciones comerciales entre privados y de estos con el Estado. Estamos hablando de la evasión fiscal y la sobrefacturación.

Es este maniqueísmo, precisamente, lo que valida y permite la existencia de esas zonas de tolerancia delictiva llamada “paraísos fiscales”, cuyo nombre de por sí ya da cuenta del tratamiento benigno que reciben por parte de la gran prensa mundial, pues más que de “paraísos” se trata de verdaderas guaridas donde los con empresarios especuladores y corruptos así como con funcionarios públicos idem, pero también con traficantes de todo tipo (desde drogas y armas hasta personas y órganos, pasando por pederastas), en la innoble tarea de colocar a salvo sus fortunas malhabidas. A esta tarea se suman también los evasores y elusores fiscales, aquellos quienes a través de triquiñuelas contables de todo tipo evitan contribuir con los Estados de los países donde han hechos sus fortunas.

Para que se tenga una idea de lo que estamos hablando, actualmente se estima en unos 32 billones de dólares la cantidad total de dinero que las élites globales han escondido en banca offshore y guaridas fiscales, producto de la evasión, la fuga de capitales, el lavado, la corrupción, etc., alrededor de un 45% de todo el PIB mundial. Y conste que esto no incluye posesiones a través de las cuales también se evade y elude dinero de los países, como son bienes raíces, acciones, vehículos, yates, aviones y cuentas abiertas en banca formal. Todo esto ocurriendo al mismo ritmo y perfectamente acompasado con la realidad de casi el 50% de la población mundial por debajo de la línea de pobreza, la mitad de la cual carece de los servicios más básicos. Y a la vez que, como consecuencia de dicha evasión, muchos países terminan endeudándose o vendiendo sus riquezas para cubrir sus gastos de funcionamiento.

Según la organización no gubernamental OXFAM, las 50 principales organizaciones estadounidenses tienen alrededor de 1,4 billones de dólares ocultos en guaridas fiscales a través de una red opaca de 1.600 subsidiarias. Esta cifra contrasta con el menos de 1 billón que las mismas pagaron en impuestos entre 2008 y 2014.

¿Y qué decir del caso venezolano? Hace un par de años nos escandalizamos por estos lados cuando la misma OXFAM detalló que un grupo de venezolanos y venezolanas se encontraban entre los principales depositantes en guaridas fiscales, compitiendo en la misma liga que brasileños y argentinos, solo que con una economía sustancialmente más chica. Con la ligereza que suelen ser tratados casi todos los temas fundamentales en nuestro país, el debate en torno a este tema fue despachado. De parte del chavismo argumentando que se trataba de una emboscada de la derecha internacional para acabar con la revolución. Y de parte de la oposición porque en las listas aparecidas, antes, durante y ahora, entre poco y nada de funcionarios chavistas aparacen, siendo que la pauta se la llevan empresarios y personalidades entre poco y nada vinculables al chavismo, y en elgunos casos, más bien con conocidas conexiones oposicionistas.

Pero como quiera que haya sido y siga siendo, lo cierto es que las estimaciones de OXFAM conciden poco más o menos con las que otros hemos realizado sobre este tema. Para OXFAM, venezolanos y venezolanas suman en guaridas fiscales unos 400 mil millones de dólares. A los cuales habría que agregarle, como mencionamos líneas atrás, lo depositado en cuentas legales, pero también lo desviado hacia la adquisición de propiedades a lo largo y ancho del mundo. También habría que sumarle lo que sacan las transnacionales como P&G, vía precios de transferencia (sobreprecio de importaciones), además de empresas “nacionales” como Polar, una conocida fanática de esta modalidad. En nuestras propias estimaciones, la cifra real podría ascender a 450 mil millones de dólares, 150 mil millones de los cuales se han fugado en la última década (sin contar los últimos tres años) y el resto al menos desde 1958. Para que se tenga una idea de lo dicho, eso es más que nuestro actual PIB.

Así las cosas, ahora que todos y todas –o al menos la gran mayoría– nos toca hacer colas para conseguir –cuando conseguimos– productos de todo tipo, entre otras razones aparentes “porque el Gobierno no le entrega los dólares a los empresarios privados”, piense en toda la cantidad de millones de dólares que buena parte de esos “empresarios” –en conchupancia con funcionarios públicos de todas las épocas– tienen engordando a lo largo y ancho del mundo. Piense en La Polar, que compra cash plantas para hacer cosas tan vitales, como yogures en España, mientras amenaza con cerrar plantas en Venezuela por no tener divisas. O piense en P&G, cuyos jabones, pañales y champús no encuentra, mientras en prácticamente todos los países en las cuales opera es acusada de evasión fiscal y prácticas comerciales fraudulentas a través de empresas ocultas y guaridas fiscales. O piense en toda esa cantidad de venezolanos y venezolanas que se fueron a hacer vida en Panamá, bien para lucrarse directamente de la fuga de capitales y la corrupción o bien indirectamente, cocinándole a los evasores y corruptos, lavándoles la ropa, manejándoles los carros, llevándoles las cuentas o prestándole otros servicios, como la compañía “íntima”.

Antes que la oposición se olvide del tema de los Panamá Papers porque no encuentra a ningún chavista connotado, y por más que los Panamá Papers sean en el fondo solo una cortina de humo, los sectores progresistas de este país y en general todas las personas concientes debemos apropiarnos de este tema para profundizar en torno a un tipo de economía que durante décadas se ha caracterizado por ser excluyente, altamente especulativa y orientada hacia la fuga de la riqueza hacia otros destinos, entre ellos las guaridas fiscales. Pero además estando claros en que no se trata única ni exclusivamente de una enfermedad venezolana causada por nuestro rentismo secular, el tipo de cambio “sobrevaluado” o la no unificación cambiaria. Pues no solo pasa que es una tendencia mundial cada vez más marcada, sino que además se ha desarrollado en nuestro país con o sin control cambiario, con tipos de cambio múltiples o únicos, en tiempos de devaluación o en tiempo de que no.

Asdrúbal Baptista, en un texto denominado La economía política del capitalismo rentístico, comienza diciendo que la distribución de la riqueza es la discusión preminente de la ciencia económica. De hecho, de alguna manera, todos los debates en el seno de la economía a lo largo de su historia no tratan sino de ese tema, incluyendo desde luego lo concerniente a la creación de dicha riqueza y sus destinos. Una riqueza que, como el propio Adam Smith dejó claro en el propio título de su célebre obra, no es de suyo privada sino social, pública, nacional por más que sea apropiada lícita o ilícitamente por privados, siendo que por tanto debe estar bajo escrutinio público. La plata fugada por Lorenzo Mendoza o los gerentes de P&G, no es menos dañina ni menos corrupta para el país ni hace menos falta que la robada por García Plaza o cualquier otro pillo del Estado como en una época fueron Carmelo Lauría, Vinicio Carrera o Pedro Tinoco. Más allá del escándalo, que como todo escándalo mediático dura hasta que llega otro, ese es el debate que tenemos que dar.


Fuente: http://www.15yultimo.com/

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