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Por César Vázquez

Las entrañas del coltán (I) Viaje hacia la piedra negra

Venezuela | 22 de noviembre de 2017

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Llegando al cerro El Gallito. Foto: César Vázquez.

En este territorio se desparrama uno de los mayores yacimientos de coltán del planeta. Esta es la primera entrega de una serie de crónicas y reportajes realizados en los espacios y linderos de la empresa Parguaza, territorio de los pueblos piaroa, jibi y curripaco, en el extremo oeste del Arco Minero del Orinoco

Hay cierto hermetismo en cada inmersión; que nadie quiere exponerse, eso se sabe. Con un cambio de tono, como si me hubiera visto dudar, me recuerda que su nombre no debe aparecer en esta crónica ni en nada de lo que vaya a escribir, entonces le ofrecí llamarlo “Enrique” como seudónimo. Cuando se lo dije pensó que no era con él, esa fue la mejor respuesta. Faltaba todavía medio camino.

Cuando me preguntaron que si mi teléfono estaba apagado supuse que me harían esa advertencia, pero me equivoqué: se trataba del campo magnético al que estábamos expuestos, que descontrola y daña algunos aparatos electrónicos, como los teléfonos por ejemplo. Un test de calidad bajo estas condiciones no lo hace cualquier fabricante, a menos que se llegue por estos lados o se lo pregunte a alguno de estos mineros.

Ahora, si uno está parado sobre una de las reservas más grandes de coltán del planeta, por supuesto. Lo que allí puede suceder es que te llegue una llamada que no debas atender porque el procesador de tu teléfono va a estar en línea primero con su propio elemento, el coltán, y si eso sucede, ¡cortocircuito! Aún no hay máquinas que hagan la revolución de las máquinas, y muy probablemente deba parir buscando otro teléfono.

“Él fue minero antes que geólogo” me dice el pariente (indígena nativo de la zona) que lo acompaña y remata diciendo: “este no es cualquier minero”; los títulos quedan al aire mientras uno va en la tolva de un camión arriesgando la vida haciendo lo que a uno le gusta. “Estoy aquí porque conozco a la gente indicada” le respondí.

Así fue como Enrique empezó a hablar de un tal Camilo, una leyenda viva:

— Al primero que agarraron por estos lados fue a Camilo, con una piedra de 12 kilos (pudo decir que era una más grande, estaba seguro). Yo solo llevaba una de 2 kilos, así que cuando uno se cae con la Guardia automáticamente a uno se le sale: “mira, pero vamos a hablar”.

Por esa razón se había ganado el respeto entre los mineros de la piedra negra (el coltán), lo había visto en una feria patronal en el puerto hacía más de 6 años.

Nunca le pregunté si Camilo estaba en libertad, pero si fue por extracción Ilegal de material estratégico para la nación, hasta 12 años por el pecho posiblemente podía estar pagando.

En cualquier caso, apagar el teléfono era lo mínimo que podía hacer, y lo más conveniente cuando también debía pasar por evangélico si era necesario, en las alcabalas. Si estoy frente a un guardia que me pregunta qué hago y para dónde voy, en primer lugar debo demostrarme arrepentido y agradecerle a Cristo que ya estaba encaminado; lo más importante era tratar de llegar lo más cerca posible al caño de Orera, donde comienza la trocha.

Del otro lado del río está Colombia con los más buscados compradores de coltán y sus bases militares gringas.

Mientras más lejos de Puerto Ayacucho estábamos, más hostil se ponía el ambiente. La excusa de Enrique siempre fue sincera: íbamos a buscar sus herramientas. La manera de decirlo dejaba claro que todos éramos mineros y contrabandistas, incluyendo al guardia, pero nadie debía saberlo.

Si lleváramos una suruca o una batea nos lleva presos, por eso le digo al guardia que vamos a buscarla, no hay problema.

Todo se lo dejé a su cosmogonía piaroa, aunque me parecía innecesaria tanta honestidad. Igual nos dejaron pasar; haber dejado abierta la posibilidad que de regreso nos podían matraquear parecía ser la formula.

Cerca del cerro El Gallito (el lugar a donde vamos) tres pueblos indígenas se disputan la demarcación y es allí donde el Estado dio la primera concesión para la explotación, producción y distribución de coltán a una empresa mixta.

— El camino puede ser de tres horas o más dependiendo de adónde vamos a llegar. Ese es el cerro donde estamos sacando la piedra negra, siempre buscamos la parte alta para hacer el campamento, primero por la visual que se tiene, y segundo porque si llueve no nos vemos afectados por lo que arrastra el agua.

Los mineros de coltán como Enrique y su compañero pueden permanecer una semana o un mes dependiendo de cuántos son en el equipo y de cómo esté la suerte. La cantidad de material que se puede sacar puede oscilar entre 8 y 20 kilos en una semana, y si son más de 6 personas podrían sacar 120 kilos en una semana. Una suerte instintiva aunque parezca contradictoria, en este caso debíamos seguir apostando a que nada nos desviará de nuestro camino.

Al pasar Pavoni, uno de los últimos caseríos, nos quedaban dos alcabalas más. El pariente insiste con lo del campo magnético y asegura que cualquier drone no puede sobrevolar por allí por las mismas causas que dañan los teléfonos.

— Los que pasan por aquí son tan grandes como esta camioneta, se oyen como libélulas mecánicas y como los pintan de blanco para camuflajearlas entre las nubes ni lo ves, solo los escuchas y te agachas.

El pariente quiere lacearse un drone de esos.

Mientras Enrique intenta vacilar al pariente hablando de los drones, el chofer va esquivando los huecos de la carretera. Las piedras que emergen del follaje y que componen el paisaje tienen unas vetas de cuarzo que se confunden con las caídas de agua, y unas caídas de agua que se confunden con las vetas de cuarzo. Estamos en el lugar más antiguo del planeta, el sitio ideal donde podemos cuestionar casi todo.
Pero hay que recordar lo principal: “La cerca que vamos a bordear es nuestro límite”. Se trataba de los límites de la empresa Parguaza.

La empresa tiene más de tres años formalizando sus convenios, pero desde el año pasado arrancó sus operaciones, siendo esa empresa una de las piedras fundacionales del Arco Minero del Orinoco. Al principio le compraba el coltán a los piaroa. Después de varias reuniones los piaroa autorizaron la explotación del coltán, y le fue otorgada la concesión de las tierras bajo la administración del Estado. El 55% es del Estado y el 45% de la empresa, como en toda empresa mixta.

— Cuando se establecieron montaron una cerca. Pero los indígenas seguíamos trabajando incluso estando la empresa allí, a uno lo llevaban hasta allá y uno les arrimaba el material (“arrimar” es vender o tributar). Hoy en día no se puede. Cuando se establecieron los precios, que el presidente salió hablando, la empresa dejó de comprar.

Había dos razones para ir de ida y vuelta, la primera es que hoy en día nadie se acerca por temor a ir preso, se trata de “extracción ilegal de material estratégico para la nación”, así se lo caletreo después que le encontraron los 2 Kg en las bolas, y en segundo lugar con la entrada del verano en diciembre nadie busca coltán sino oro.

El coltán se vende por kilos, en cambio el oro por gramos o gramas, y con un gramo de oro tú te puedes ganar lo que puedes ganarte con 20 kilos de coltán. Además el oro siempre va a aumentar su valor, mientras que el coltán siempre mantiene su precio.

Por estas sabanas hay familias enteras que viven de la extracción del coltán, desde el más viejo hasta los más chamos, sobre todo los piaroa, con quienes los jivi y los curripaco comparten los territorios. Una cinta trasportadora de material va apareciendo como un elefante verde, pienso que ya estamos más cerca. La empresa ha hecho algunas vías, ha mantenido otras y ha reforestado zonas por las que pasé. Nos había caído la noche ya cuando llegamos a la entrada de la trocha, el camino lo refractaba el cuarzo recargado con toda la claridad de un cielo estrellado.

Enrique decide inesperadamente que debemos parar, nos pide que hagamos silencio y señala unas luces que estaban a un poco menos de un 1 Km; era el comando de la guardia.

— Si yo lo oigo, allá lo deben estar oyendo. Si oímos a los perros ladrar, estamos jodidos.

Era imperceptible el sonido de dos picos, uno después del otro, estaban metiéndole a la piedra, era un imprevisto, algo estresante, el coltán estaba por todos lados. Es decir, habíamos alcanzado el objetivo, llegar lo más cerca de la mina. Sin embargo él era el responsable de esta expedición, si debíamos parar y regresar yo estaba de acuerdo, así que aceleramos el paso. Ellos bajaron hablando en su lengua originaria, houttöja.

— Si nos cae la guardia o los pata ’e goma a esta hora, estamos jodidos. Los pata ’e goma son guerristos. Bueno, guerrilleros.

Pensé que resumía para informarme lo que pasaba. Hasta donde uno sabe, los farianos, es decir, los miembros de la FARC, entregaron las armas y entraron a la “vida democrática” en Colombia, con el apoyo de una gran fuerza popular, pero también se sabe que por esta zona operan otros grupos como el Ejército de Liberación Nacional, (ELN).

Cuando regresamos a la entrada de la trocha la camioneta tenía el capó abierto. El viejo truco, el simulacro del carro accidentado. Habíamos tenido que regresarnos, por eso llegamos 2 horas antes de lo previsto.

El coltán está prácticamente allí sobre la superficie de la tierra, de la pata del cerro hasta la punta. Su extracción depende de un caño y de una técnica artesanal para poder separarlo.

Las herramientas de Enrique que son con las que lo puede hacer seguirán en su caleta, pero lo que ambos aspiran en lo más pronto es que el Estado empiece a comprarles el coltán como mineros artesanales a un precio justo y de esta forma ayudar a erradicar el contrabando y la extracción ilegal.


Fuente: Arco Noticias

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