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Por Pablo Siris Seade

Las provocaciones de Mr. Trump y la realidad de Venezuela

Venezuela | 29 de abril de 2019

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Por Pablo Siris Seade

No descubriré ningún secreto de iniciados si señalo que una de los recursos más habituales en política y en comunicación es reírse del adversario como forma de demeritarlo o desacreditarlo. Del mismo modo, al minimizar los efectos de las propias acciones en el otro, se le quita trascendencia a los reclamos que aquél pudiera realizar. Por otra parte, recurrir a la amenaza matonil incorpora al cóctel un elemento de tensión que ayuda a que el rival se equivoque o que tome sus decisiones sin poder analizar la realidad cabalmente.

La guerra en palabras

Una combinación de todas estas cosas parece estar siendo utilizada como parte del ataque a Venezuela por parte del aparato de inteligencia del gobierno norteamericano, unido a acciones más concretas y mucho más tangibles como los atentados al Sistema Eléctrico Nacional en los meses de marzo y abril, el atentado contra el presidente Nicolás Maduro del 4 de agosto del año pasado, el bloqueo financiero contra Venezuela, la guerra económica y pare usted de contar.

Por ser quienes son los protagonistas de este ataque: el presidente norteamericano Donald Trump, su vicepresidente Mike Pence, el secretario de Estado Mike Pompeo y los embajadores John Bolton y Elliot Abrams, obviamente todo lo que dicen se amplifica hasta el extremo y se analiza cada palabra, cada gesto, incluso cada anotación que se deja ver (fue famosa la imagen de Bolton sosteniendo para los medios una libreta donde se dejaba ver una hoja que decía que 5.000 soldados iban a ser enviados a Colombia).

Si quien dice que “todas las opciones están sobre la mesa” es el presidente del país que más invasiones ha protagonizado a lo largo de la historia de la humanidad, esta afirmación tiene ribetes dramáticos. Los medios de comunicación social lo saben, el gobierno de Venezuela lo sabe, pero además el propio Trump lo sabe.

Sin embargo, quienes más lo saben son los pueblos del mundo que saben perfectamente qué quiere decir, que es lo que se viene, cuando Estados Unidos quiere “exportar” su democracia a los bombazos. Porque el arsenal de palabras es solamente parte del despliegue bélico que afronta Venezuela.

Del mismo modo, cuando dicen que están sancionando a determinados funcionarios, ya los pueblos del mundo -y muy especialmente el venezolano- saben que a quienes se está sancionando es en realidad a los sectores más vulnerables de la sociedad, quienes reciben el castigo de Mr. Trump por elegir a alguien que no es del agrado de los intereses corporativos imperiales.

Estos intereses, los de las grandes empresas, muy particularmente las petroleras, son los que defienden descaradamente estos altos funcionarios que no buscan sino garantizar mercados y el acceso a los recursos estratégicos y/o geopolíticos que poseen Venezuela y los países a los que quieren mantener como productores de materias primas para el desarrollo de su propia economía.

La naturalización de la guerra

Ahora bien, cuando los medios de comunicación se hacen eco del menosprecio, de los insultos y de las amenazas de los gobernantes de Estados Unidos contra el pueblo de Venezuela, sus representantes gubernamentales, legisladores, militares, dirigentes políticos y sociales y activistas, entre otros, cuando atacan el camino hacia el socialismo que ha elegido ese pueblo una y otra vez como propio, lo que hacen en realidad es convertirse en actores fundamentales de un juego tenebroso y para nada divertido que lo que busca es la apropiación de los recursos de los que hablábamos más arriba.

Lo vimos antes con la Unión Soviética, España, China, Corea, Cuba, Vietnam, Nicaragua. Lo vimos dirigido contra todas las causas justas de la humanidad, contra la militancia sindical, feminista, antirracista o pacifista. El consenso que se pretende imponer desde los medios y la cultura y que luego, simplemente hace de cuenta que nada sucedió.

Parece que nunca ningún medio atacó jamás a Mandela, ni a Martin Luther King, parece que nadie tiene nada que ver con las masacres de indígenas, parece que nadie atacó jamás el derecho de huelga o que nunca ningún periódico se manifestó contrario a la negociación colectiva, parece luego que nadie jamás defendió el esclavismo, que nadie ha atacado desde la prensa jamás a los judíos ni a los musulmanes, que nadie ha criminalizado jamás a los dirigentes sociales.

La posverdad, o sea la mentira

Cuando Orwell escribió “1984”, seguramente no imaginó que sería fuente de inspiración para la clase dominante del “mundo libre”, retomando el eufemismo de la Guerra Fría para referirse al mundo controlado por el capital.

Pero de eufemismos estamos llenos.

Trump amenaza sin descaro, se roba una de las principales empresas petroleras del mundo, se quedan con depósitos del Estado venezolano, sus voceros dicen que “cuando salga Maduro” harán que las empresas petroleras norteamericanas hagan buenos negocios con el crudo venezolano y los medios nos hablan de una supuesta preocupación por la situación humanitaria.

Nicolás Maduro es acusado por esa clase dirigente (muy poderosa económicamente) y los medios de comunicación hegemónicos de ser un dictador, pero el propio Maduro y el chavismo vienen ganando elecciones que nadie hasta ahora ha logrado probar que sean fraudulentas desde hace más de veinte años.

Juan Guaidó es denominado por los medios “Presidente legítimo”, cuando no ha recibido un solo voto para tener ese cargo y de hecho, tuvo bastante pocos votos para ser diputado.

El tal Guaidó, quien esta semana cumplió tres meses de autoproclamarse, no ha realizado un solo acto de gobierno y lo único que ha hecho en este período es convocar manifestaciones que dice serán multitudinarias y “esta vez sí” definitivas, cuando son cada vez más esmirriadas. Los medios no mencionan eso.

La OEA dicen que no legitima gobiernos, sino que elige “quién es su interlocutor”, violando absolutamente todos los principios del derecho internacional y los medios alegremente recogen esa barbaridad sin cuestionar en lo más mínimo esa afirmación.

Los medios señalan que la crisis en el Sistema Eléctrico de Venezuela es culpa del gobierno, pero cuando caen presos unos personajes que reconocen ser parte del sabotaje, los mismos medios dicen que son “presos políticos” y los defiende como si fueran opositores pacíficos, que no han castigado a su propio pueblo con semanas de oscuridad.

La caprichosa realidad

La realidad es que el heroico pueblo de Venezuela ha resistido, resiste y resistirá los ataques multidimensionales del imperialismo norteamericano, de sus principales representantes y del coro histérico de los medios de comunicación hegemónicos.

La realidad es que el pueblo venezolano vive sin duda una crisis terrible, pero el responsable no es el Gobierno Bolivariano (que más destina enormes esfuerzos para intentar paliar la situación), sino el bloqueo financiero y la guerra económica que se impuso con algunos empresarios especuladores en Venezuela.

La realidad es que Guaidó no gobierna a nada ni a nadie y Nicolás Maduro es el legítimo Presidente venezolano.

La realidad es que el imperialismo norteamericano es un gigantesco ladrón y asesino y lo ha demostrado una y mil veces.

La realidad es que este sábado, por fin, nos vamos de la OEA, a la que por otra parte ya le queda poco tiempo.

La realidad es que Venezuela no está sola y está más bien rodeada del amor y la solidaridad de los pueblos del continente, y eso no puede ocultarlo el coro nefasto de Mr. Trump, ni sus matones con sangre en las manos, ni quienes alcahuetean su locura belicista y su angurria capitalista.

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